Atlántida sumergida

La bola de cristal 4 (azul)
Archivo Viena Directo

13 de Enero.-  Es posible que mis lectores pongan en duda lo que voy a decir a continuación pero yo tengo la convicción firme de que las cadenas de televisión tienen inteligencia y alma.

Comprendo que es una afirmación bastante arriesgada teniendo en cuenta el estado harapiento en el que actualmente se encuentra el medio –y que no es más que el chisporroteo final de un estado de cosas que tiene los días contados- pero yo, que he sido feliz en los platós polvorientos, que no conozco vertigo más exquisito que el de una redacción cuando llega una noticia de última hora, que he disfrutado como sólo se disfruta en la infancia con la cháchara tan entrañable como insustancial de los redactores, sé lo que me digo.
Una vez, al final de nuestra estancia en Mundo Perdido –la cadena de televisión para la que trabajé y que mis lectores perdonarán que no mencione por su nombre-, una compañera que siempre había currado en la administración me confesó que nunca había sentido la curiosidad de ver las entrañas del negocio que le daba de comer todos los meses.
Yo que, desde siempre, había soñado con pisar aquel paraíso del que me iban a expulsar, sentí que era una lástima que aquella chica no supiese lo que en realidad suponía moverse todos los días por el lugar en donde se cocinan los sueños de medio país (ahórrese el lector los calificativos que le merecen los sueños que actualmente se le proporcionan a esa mitad de la población y sigamos).
Al día siguiente, mi compañera y yo quedamos en comer rápido la aceitosa menestra de verduras y el escurrido lenguado Menier que era parte consustancial del menú de aquella Casa y, tras los postres, le enseñé mi colección.
Durante los años en los que trabajé en aquel sitio me di el humilde lujo de reunir anécdotas que le fui contando mientras caminábamos por aquellos pasillos.
En medio del almacén de vestuario, le expliqué la historia del despliegue de talento que, no solo había salvado la carrera de una presentadora cazada en un caso de flagrante plagio, sino que había reflotado los (algo marchitos) índices de audiencia de su programa. El mismo con el que trataba de alegrarle a su público la hora de la siesta.
O la divertidísima (y algo cruel) anécdota de los intentos desesperados de medio equipo de aguerridas redactoras (siempre contratadas en precario) para poner en forma a una de nuestras viejas glorias, a la que acometió de forma imprevista un acceso de llanto. El motivo: el tener que grabar un infame programa con niños a las siete de la mañana.
Tuvimos que llegar a uno de los decorados vacíos, pintado de colores, cubierto por esa espesa capa de polvo que no se ve desde casa, para que me atreviese a relatarle el picante triángulo amoroso en el que, según se rumoreaba, se vio atrapado un locutor que, sin notar la contradicción, defendía todos los días desde las ondas los valores más acrisoladamente conservadores.


Ya al final, cuando nos sentamos en dos butacas vacías del auditorio que se utilizaba para grabar los programas especiales, le dije que guardase silencio un momento y se diese el lujo de sentir la paz, favorecida por la estricta insonorización de los platós, que sólo se siente en un estudio de televisión.
Pasado un rato, juraría que extraña y genuinamente conmovida, mi compañera dijo:
Ahora me da mucha pena irme. Nunca me habían contado la tele así.
Yo, aún con todos sus defectos, sigo echando de menos aquellos platós todos los días.
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