Águilas y gallinas

El salto histórico
Berlín, monumento a las víctimas del holocausto

 

17 de Agosto.- Querida Ainara: escribirte sobre asuntos de actualidad me produce una gran calma.

Verás por qué:

Calculo que, si alguna vez lees estas cartas, tendrás por lo menos veinte años. Eso significa más de quince años de distancia entre el momento en que yo escribo y el minuto en que tú leerás. Dime, Ainara: al ritmo que va la vida ¿Qué asunto puede seguir teniendo importancia dentro de quince años?

El escribir con esa idea siempre presente te da una gran perspectiva de la futilidad de casi todo. De alguna forma, es como observar por el visor de un microscopio las idas y venidas de unas amebas.

Entrando en materia: para cuando leas esto, Ainara, el decimosexto papa de nombre Benedicto habrá muerto hace tiempo. Si todo sigue así, habrá conseguido que la Iglesia se convierta (más todavía) en una cosa para viejos  y El Vaticano, el barrio de Roma sobre el que gobierna al estilo de un sátrapa oriental, en un suntuoso museo al que el estado italiano tendrá que dotar de vigilantes debido al imparable envejecimiento de los efectivos que lo custodian.

Probablemente, el decimosexto de los Benedictos sea para ti (si es que es) un nombre más en esa muchedumbre de nombres que uno hereda de sus padres y que terminan siendo una figurita semitranspartente en un paisaje que se vuelve borroso con la perspectiva del tiempo. En una palabra: las discusiones sobre sus éxitos y sus fracasos, sus idas y venidas, te chuparán un pie. Como a mí ahora.

Lo cual no quita lo siguiente:

Conforme me voy haciendo viejo, una de las cosas que más me fastidia de mis contemporáneos  es lo que, para mí, yo llamo el kit”.

Es un concepto facil de entender pero difícil de explicar.

El Kit son ese conjunto de opiniones que la gente tiene porque se supone que, dada su postura ante la vida y la gente con la que se relaciona, tiene que tenerlos. El kit se transforma entonces en otra religión que ofrece al creyente la seguridad de pertenecer a un grupo pero sobre cuyos fundamentos nadie se pregunta. Resultado: a ratos, “el kit” convierte a muchas personas en un auténtico coñazo.

El Papa (este, el otro, o maroto el de la moto) es, indefectiblemente, una de las figuras que forman parte del Kit de mucha gente.

Para mucha gente, cae por su peso que, si te consideras de izquierdas, deberás sostener que el Papa es un viejo chocho y que cualquier gasto de saliva o dinero en decir o hacer algo bueno por él es un atentado contra el sentido común.

Si te consideras conservador, el papa deberá parecerte, sin discusión posible, un Santa Claus vestido de blanco, amigo de las monjitas, un justo atormentado por los casos de pedofilia (que él ignora y, por supuesto, a cuyos culpables no protege). Un hombre, pues, de moral intachable y su palabra, salvo que toque tus hábitos sexuales (región del cuerpo de donde hace ya varias décadas que nos hemos emancipado de la opinión de la Iglesia, gracias a Dios) será ley.

Puesto ante las dos alternativas, tu tío, Ainara, no sabe cuál de las dos considerar más burda, más boba, más propia de meapilas dispuestos a creer lo que les echen; pero, sobre todo, cuál de las dos es más mafiosa puesto que de la aceptación de una o de otra se deriva automáticamente la exclusión de la otra.

 La mente de la mayoría de la gente, utilizando una metáfora clásica, es como las gallinas. Capaz de caminar, pero no de volar.

Quizá el propósito de estas cartas, Ainara, es impulsarte a que no te conformes con lo que te digan. Que tu mente vuele, Ainara, y sea como las águilas y no como las gallinas.

Besos de tu tío

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