Comer bien (y barato) en Viena

Cafe Landtmann
Un café vienés (Archivo Viena Directo)

 

18 de Septiembre.- Una amable lectora española me escribe un correo pidiéndome recomendaciones sobre sitios para comer bien, barato y, como no podía ser de otra forma tratándose de este blog, a la vienesa.

Voy a tratar pues de hacer un recorrido personal por lugares con sabor al alcance de todos los bolsillos.

Es muy probable que, si usted es un turista, visite en algún momento el primer distrito. Si es así, le recomiendo que vaya al Reinthaler, en el número cinco de la Gluckgasse, a muy pocos metros de la Kapuzinergruft. Comerá sin lujos, pero auténtica cocina vienesa. A mí, personalmente, el plato que más me gusta es el Zwiebelrostbraten que es una carne asada con patatas a la panadera y cebollita que está de muerte. Yo la pido cada vez que voy. El Reinthaler es un local de rancio abolengo, pero cuidado: sólo abre de lunes a viernes.

Le sugiero, eso sí, que no se tome el café en el Reinthaler después de comer. No porque tenga nada contra la manera de hacer el melange de este restaurante, sino porque, quizá, le apetezca tomarse una tacita en uno de los cafés con más solera de Viena. Es el café Sperl. Está un poquito alejado del centro, pero el viaje merece la pena. El café Sperl está en el número 11 de la Gumpendorferstrasse, en el distrito seis, y es un ejemplo típico del café vienés de la época imperial. Fue abierto en 1880 y entre sus clientes –aunque supongo que los dueños no estarán muy orgullosos de que se sepa- estuvo el mismísimo Adolf Hitler, que vivía a pocas manzanas. En el Sperl, podrá usted disfrutar de la prensa internacional y, si se anima, jugar unas partiditas de billar.

Volviendo al distrito uno, yo no dejaría de ir a cenar al Zwölf-Apostelkeller, en el distrito 1. Es un restaurante que confirma la afición nacional austriaca a los sótanos (en este heuriger hay hasta tres pisos por debajo del nivel de la calle). De los sitios que llevamos dichos, este es el más turístico. Pero si no le importa compartir mesa y mantel con otros viajeros procedentes de todo lo ancho del mundo, el sitio le impresionará. No lo dude.

Capítulo Heuriger: en mi modesta opinión, uno de las mejores es Schübel-Auer (300 años de experiencia les avalan). Los heuriger están en las afueras, pero este en particular no es de los que están más lejos. Si va en transporte público, lo mejor es coger el tranvía D, que para en Schwarzenbergplatz (aproveche mientras espera para darle un saludito a la bandera rojigualda, porque el Instituto Cervantes se encuentra también en esta plaza). Una vez en el heuriger, y aprovechando que no tiene usted que preocuparse de los controles de alcoholemia, pida usted “ein liter und ein liter”. O sea, un litro de soda y un litro de vino y mezclelos como hacen los aborígenes. Si hace frío, ponga más vino que agua. Si no, hágase un spritzer de verano poniendo más soda que blanco. Luego, acuda al mostrador en donde se venden las comidas o pídale al camarero las especialidades de la cocina. El pollo frito rebozado está para chuparse las yemas.

Y ya, si le apetece liarse la manta a la cabeza y olvidarse de los triglicéridos por unas horas, no deje, repito, no deje de probar las Käsekrainer. Son unas salchichas rellenas de queso que se venden en los puestos callejeros (el que tiene más glamour es el del Museo Albertina). Si se la toma con una cerveza Ottakringer de medio litro (y sobrevive) ya podrá usted considerarse igualado con los aborígenes.

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