El diablo, sus pompas y sus obras

Ajena
El entierro de Otto von Habsburg estuvo a punto de convertirs en la olimpiada de la mantilla (Archivo Viena Directo)

 

20 de Septiembre.- En los últimos años, los españoles hemos dado que hablar en Austria, sobre todo, por lo avanzado de la política del Gobierno en el aspecto social. Por ejemplo, a raíz de la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Con ocasión de la entrada en vigor de esta ley, los locutores de radio y televisión transalpinos y, por qué no, todos los ciudadanos algo leidos, expresaron su sorpresa de que “en la católica España” (sic) fuera posible algo semejante.

Naturalmente, cuando los aborígenes decían lo de “la católica España”, acudían a la cabeza toda una serie de visiones sacadas de la mejor literatura del siglo XIX. Reos de la Inquisición en la mazmorra fría, nazarenos con hachones encendidos, el rostro del cardenal Torquemada animado por los reflejos de una hoguera en la que se churruscaban herejes, hebreas desnudas de cintura para arriba siendo azotadas para que consintiesen comerse un bocadillo de panceta...

En fin: ya se hacen mis lectores una idea.

Y así, como todo emigrante es, al fin y al cabo, un embajador de la cultura de su país, llegaba inexorable el momento en que te preguntaban, como pidiéndote cuentas,qué había pasado con el monolítico catolicismo hispánico, con las señoras de rosario y mantilla, con los caballeros que se batían hasta la muerte por el honor de su dama y, en fin, con ese Tibet europeo que fuimos bajo los Austrias (y, desgraciadamente, aún después).

Y entonces tú tenías que explicarles que España ya no es tan católica como era a mediados del siglo pasado (en cierta medida gracias a la indesmayable labor de la jerarquía eclesiástica) y que, en amplísimas capas de la sociedad, los valores dominantes han dejado de ser los que defiende el papa Benedicto XVI.

Los austriacos, muchos de ellos, aún, de misa dominical, se quedaban ojipláticos y tú te encogías de hombros hasta la aprobación de la siguiente ley avanzada y, con ella, del siguiente turno de preguntas sobre “la católica España”.

En Austria, la tendencia general es también al progresivo arrumbamiento de aquellos aspectos del catolicismo menos emparentados con el lado consolador de la religión.

En general, la Iglesia católica austriaca enfoca su labor de relaciones públicas menos hacia los tormentos del infierno y más (gracias a Dios) a aquellos aspectos de la religión que pueden endulzar un poco esta vida que, de por sí, es tan perra.

Claro que hay gente que no se ha enterado todavía de que los tiempos están cambiando, como el párroco del pueblo de Kopfing, en la Alta Austria, al que sus feligreses han conseguido, tras arduos esfuerzos, mandar a descansar a algún lugar lejano.

Sobre el clérigo, natural de Polonia, pesan unos cargos que se pueden achacar a la influencia de las especiales características del catolicismo de su tierra. A saber, esa insistencia en el martirio, el sufrimiento, y el rechinar de dientes que llevó al papa Wojtila a morir con las sandalias del pescador puestas.

Los feligreses de Kopfing no le perdonan a su ya excura que lleve la parroquia “como si fuera una secta” (wie eine Sekte), de una manera fundamentalista (ultra-fundamental) o su afición por gestos vehementes como el de encajarle a un pobre chaval, durante una misa, un micrófono en el jetamen mientras le preguntaba con voz tonante si estaba “preparado para morir por Cristo” (léase con acento eslavo: “Bist du bereit, für Jesus zu sterben?”).

Aunque, sin duda, lo que más ha molestado a los morigerados fieles de Kopfing es que el sacerdote le dedicase algún que otro dicterio a la directora de la escuela de la localidad, a la que acusó de estar en tratos con el Príncipe de las Tinieblas (von Satan besessen) para después añadir que la escuela misma era “obra del diablo” (Teuffelswerk). Haciendo amigos, vaya.

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