Dos buenas noticias que, desde Viena, quizá no lo son tanto

El escenario preparado para la representación
El escenario está preparado para la siguiente representación (Archivo VD)

 

21 de Octubre.- Abro los ojos a la habitación a oscuras. Me ha despertado un ruido de la calle. Alguien está arrastrando un contenedor de basuras. Cojo el móvil de la mesilla de noche. Son las seis y veintinueve minutos de la mañana. Desbloqueo el aparato para quitar la alarma y que no suene, como dejé programado anoche, cuando el tiempo rebase la curva de las seis treinta.

Mientras me termino de despertar, veo que tengo un mensaje de mi amigo L., lo recibí anoche a las 00:56 y dice “ETA acaba de anunciar su fin!”.

Desde hace días se esperaba que el grupo terrorista hiciera un movimiento en este sentido.

Me levanto, enciendo la pequeña lámpara que tengo junto al portátil y abro los periódicos. La foto, la mesa, la bandera vasca. La iconografía habitual, las capuchas y todo lo demás. Grandes titulares.

Por curiosidad, abro los periódicos austriacos para comprobar lo que ya me imaginaba: no tratan el asunto, sino de manera marginal. Las portadas están copadas por la muerte del dictador Muhammar El Gadaffi. Apenas un artículo en el Standard y ni siquiera en una posición prominente.

No es extraño. El pomposo anuncio de ETA del “abandono definitivo de la lucha armada” oculta en realidad una salida a lo Paco Martínez Soria. Uno puede imaginarse al grupo terrorista, transfigurado en el viejo cómico, gritando:

¡No me echan, me voy yo!

Naturalmente, el anuncio ha venido preparado por un último empujón, recibido hace días; una llamada “Conferencia de Paz” que terminó en otro acto, escenificado esta vez porprestigiosas estrellas invitadas de la política internacional de las últimas décadas, en el que también se leyó un comunicado críptico y suficientemente superficial como para que sus autores pudieran irse a casa con la barriga llena de productos de la estupenda cocina vasca y la conciencia vacía de remordimientos.

En el resto del país, en el resto del mundo, Austria incluida, la Conferencia levantó un interés moderadísimo. Se notaba que todo el mundo la percibía como lo que era: la última operación de imagen del personaje malhumorado interpretado por Paco Martínez Soria para intentar salir de un atolladero lo más dignamente posible.

Tras esta salida, se abren todos los interrogantes. Sobre todo, semánticos.

El comunicado de ETA está lleno de combinaciones alfabéticas caliginosas que, en realidad, provocan más escepticismo que esperanza.

Son las siete y diez.

La máquina del café ya se ha calentado. Me bebo la primera taza del día leyendo los relatos de la muerte de Gadaffi.

No tardo en sentirme extraño.

¿Por qué no puedo alegrarme de que el dictador Libio haya sido rematado como un perro? ¿Sólo yo veo el desequilibrio de la situación? ¿Sólo yo me doy cuenta de que, por muy malo que fuera Gadaffi, su muerte ha sido un acto bárbaro en el que ha triunfado la crueldad consustancial al ser humano? En el momento de su ejecución, Gadaffi era, obviamente, un enfermo mental. Los periódicos austriacos que leo, se recrean en sus últimas palabras (“!No disparéis! ¡No disparéis!”) muestran las fotos del cadáver de Gadaffi, tan parecidas a las que han trascendido de los restos mortales de una persona con la que el libio tenía muchísimo en común: el cantante americano Michael Jackson.

Mientras doy sorbos a mi taza de café imagino que, en muchos despachos europeos y americanos (del norte) ha debido de cundir un gran alivio. Gadaffi se ha llevado a su tumba muchos secretos, entre ellos, el de sus extrañas relaciones con el político austriaco Jörg Haider o el del extraño viaje a Libia de un grupo de políticos ultraderechistas austriacos para intentar mediar en lo que entonces era aún un problema de traspaso de poderes.

Ha amanecido. Me voy a trabajar.

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