Los austriacos y la monarquía (la nuestra, sobre todo)

Franz Joseph habla con sus súbditos
Una súbdita contándole al emperador sus cosas (A.V.D.)

 

13 de Diciembre.- Una de las primeras imágenes que guardo de cuando llegué es la de una cocina que luego he frecuentado muchísimo, con la familia sentada alrededor de una mesa, preguntándome por los reyes (los nuestros) ¿Cómo son? ¿Se les quiere en España o son todo trolas del Kronen Zeitung? ¿No es raro vivir en una monarquía? (Aclaro que ellos piensan que la Monarquía Hispánica actual es como la de Felipe II, con su corte, sus nobles, sus Grandes, su palacio, su monasterio de El Escorial, sus monjes confesores, sus cortinones de terciopelo oscureciendo las estancias, etcétera, etcéra, etcétera).

A los austriacos, en general, el hecho de que los españoles hayamos decidido solucionar la Jefatura del Estado de manera dinástica y por la gracia de Dios les resulta enormemente curioso.

Cosquilleante. Atractivo.

Con los años, yo he llegado a la conclusión de que la monarquía, en Austria, es como ese miembro fantasma que los amputados sienten cuando va a cambiar el tiempo. Una presencia constante, muy real, pero sobre la que mostrar interés, al mismo tiempo, resulta vergonzante. Los austriacos, a pesar de haberse reconciliado con el bueno de Franz Joseph y con gran parte de sus antecesores, a pesar de reciclar los uniformes del abuelete para hacer desfilines y jugar a los soldaditos,  no quieren ni oir hablar de una institución que hundió al país en la miseria de la primera guerra mundial.

El amor por las coronas y los títulos es, pues, un vicio inconfesable de este pueblo, hasta el punto de que, cuando se prohibió el uso de los títulos nobiliarios después de la primera guerra mundial (por ejemplo, la utilización del “von” antes del apellido, a la que tuvo que renunciar incluso el bueno de Don Otto, el de “¿Todos votados?”, ese) bueno, pues cuando se prohibió esto, los austriacos, tan amantes de las segregaciones, los escalafones y los cajoncitos, tuvieron que buscar otra manera de discriminar, y entonces encontraron los títulos universitarios.

(Qué alivio, chiquilla, y qué alegría más grande)

Dichos títulos los utilizan hasta un punto que a nosotros, los españoles, educados en el tuteo y en el llamar a nuestros gobernantes por el nombre de pila, nos parece digno de un mal disimulado choteo.

Por ejemplo, en intercambios comunicacionales de la forma siguiente.

Interior.Día. Una oficina cualquiera de Viena. Suena el teléfono.

¿Empresa XX, Beckembauer digame?

-Buenos días, soy la Señora Magister Fulanita ¿Está el Señor Ingeniero Citranito?

No, está reunido con el Señor Hofrat –consejero de Palacio- Merenganito.

¿Se imaginan mis lectores que alguien llamase por teléfono en España y se presentase así (en mi caso): “Buenos días, soy el Señor Diplomado Francisco Javier Bernal”? El cachondeo se oiría hasta en la Línea de la Concepción.

Dicho lo cual, hay que aclarar que, para los austriacos, nuestros reyes (su Majestad y su Majestada, la nuera real, hijas, hijo real, nietecitos reales y demás) tienen muchísimo interés por tres razones: porque, como queda dicho, ocupan la cumbre de un escalafón (minipunto para la monarquía); porque son españoles (a los españoles, aquí, se nos quiere) y por el mismo hecho de ser reyes con todo el prestigio inmarcesible que eso implica.

Por eso no es extraño que las revistas y periódicos se ocupen tanto de nuestra realeza, se escandalicen de la delgadez de Doña Letizia, se hagan eco de la mala salud de nuestro simpático y sencillo Monarca y, últimamente (ay) de la conducta poco ejemplar del yerno que le queda a dicho monarca (el otro, como saben mis lectores, pasea su lánguida tristeza por las calles del barrio de Salamanca, del brazo de Nati Abascal, que ya son ganas).

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