Atentados y lecturas callejeras

Leyendo el periódico
Un hombre leyendo en Gran Canaria (Archivo VD)

 

(Publicado originalmente el 12 de Enero de 2011)

Querida Ainara: ayer, iba yo en el tranvía leyendo “El canalla sentimental” (vamos, leyéndolo no: devorándolo) cuando de pronto, mala pata, llegué a la estación en la que me tenía que bajar. Sin dejar el libro, recorrí hasta la puerta el camino que podría hacer con los ojos vendados, apreté el pulsador, bajé la escalerilla cuando el convoy se detuvo, caminé lentamente por el andén esquivando al resto de viajeros (no muchos) con mi mundialmente conocida visión periférica y, dispuesto a no perderme una palabra de lo que leía, me subí (sí) al ascensor para minusválidos. Llegado a la calle, justo en lo más interesante del capítulo que estaba leyendo, salí del ascensor y ¡zaca! Me quedé a oscuras.

Maldije al invierno vienés con todas mis fuerzas y me acerqué al punto luminoso más cercano, que resultó ser el escaparate de una tienda de fontanería que está a tres pasos de la boca de la estación de tranvías. Forzando la vista, de escaparate en escaparate (una pastelería semidesierta en la que una pareja silenciosa de japoneses sorbía un batido con una pajita, un locutorio telefónico) llegué por fin a la esquina de la calle, empapada de una penumbra que impedía leer. Me resigné a mi mala suerte, deseé con toda mi rabia que llegase pronto la primavera y me dirigí andando a casa con el libro marcado con el dedo índice a la espera de llegar a mi portal lo más rápido posible.
Uno de mis vicios más inveterados –y me temo que más peligroso- es leer por la calle. Lo he hecho bajo diferentes disfraces: como niño que va descifrando las primeras letras cuando le mandan a comprar el pan, como adolescente delgaducho y patoso que se abisma en los libros para olvidarse de sus propias miserias, como joven universitario preso en una burbuja de inocencia, y ahora como adulto que echa la vista hacia atrás y recuerda con cariño al chavalín que estuvo mil veces a punto de morir atropellado en la vía pública.
Ayer, mientras caminaba hacia casa, me acordé de un incidente que mi padre cuenta siempre cuando quiere demostrar, aunque no haga mucha falta, que soy un despistado crónico. Cierto día de mediados de los noventa (marzo o abril debía de ser) bajaba yo de la estación de Chamartín por la calle Agustín de Foxá leyendo, como de costumbre, mis dos periódicos. Iba tan sumergido en lo que ponía El Mundo de aquel día que no noté, incauto de mí, el profundo silencio que se había adueñado de aquella calle normalmente muy transitada. Mi visión periférica, que entonces aún no era mundialmente conocida por su eficacia, no registró nada raro. A la izquierda de la imagen, una valla contínua de cemento llena de carteles amarillentos de conciertos pasados; a la derecha, un establecimiento con las puertas pintadas de naranja. Un poco antes de que la valla se acabase, escuché una voz a mi espalda.
-¡Eh! ¡Oiga! ¡Usted! Dónde va.
Como de costumbre, no hice caso. La voz siguió gritándo tratando de llamar mi atención ¡Eh! ¡Oiga! ¡ El del periódico! Al escuchar la palabra “periódico” me tuve que volver, claro. Quien me hablaba era un GEO (para mis lectores de fuera de España un miembro de las fuerzas especiales que, en Austria, se llaman Cobra). Lentamente, levanté los ojos de lo impreso y hete aquí que me di cuenta de que me había metido sin darme cuenta en un cordón policial. Me quedé muerto. La calle Agustín de Foxá estaba cortada en un tramo de casi trescientos metros: ETA había puesto un coche bomba ante la delegación de Hacienda sita a pocos pasos y los artificieros estaban tratando de hacerlo explotar sin que causara mayores daños.
El GEO, ceñudo, claro, me conminó a utilizar una ruta alternativa para llegar a la plaza de Castilla (bueno, andando, llegué a La Paz). Un susto así debería haberme quitado el vicio de leer por la calle sin ver lo que se me viene encima. No fue así. Hay hábitos que se adquieren en la infancia y, gracias a Dios, no se pierden nunca.
Besos de tu tío.

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