
8 de Marzo.- Hoy se celebra el Día de la Mujer Trabajadora o Frauentag en alemán. Tengo que confesar que, como con todos los demás Días De, el de la Mujer me provoca sentimientos ambivalentes.
Por un lado, reconozco que su existencia es necesaria.
Por las razones que todos conocemos.
O sea: Un, dos, tres, responda otra vez: las mujeres cobran menos, las mujeres no acceden a puestos de dirección en las grandes empresas, las mujeres son tratadas de manera paternalista en sus puestos de trabajo, el papel de las mujeres a lo largo de la Historia Universal apenas se enseña en las escuelas o está presente en los museos (también es cierto que, como durante una gran parte de la historia, desgraciadamente, a las mujeres no se les permitía estudiar ni ejercer una profesión, hay que buscar con lupa a aquellas valientes que, no sólo consiguieron echarle ovarios a la vida y pintar, escribir o investigar, sino que, además, lo hicieron mejor que sus compañeros varones). Un desperdicio de talento, en resumen.
No hablemos de la situación de la mujer fuera de ese reducto que es Europa.
En el llamado Tercer Mundo (y en el cuarto) se puede decir que, si la situación del ser humano en general es angustiosa, la situación de las mujeres en particular es absolutamente catastrófica.
Postergadas por sociedades frecuentemente teocráticas (y nosotros, porque, a Dios gracias, hemos metido en cintura a la Iglesia, que si no, también). Reducidas al mero papel de hembras paridoras o bestias de carga, sin posibilidad de acceder a la educación más elemental, explotadas sexualmente y sin poder beneficiarse de las medidas más sencillas de control de natalidad; y, para colmo, llevando, en muchas ocasiones, el peso económico de sus hogares. Consiguiendo comida donde no la hay, cocinándola, ocupándose del bienestar de su familia. En fin.
Y sin embargo, me parece también que, en aquellas partes del mundo en donde la realidad no es, ni mucho menos, tan dramática, los Días De (y el de la mujer no es una excepción) también sirven a) de excusa para que la beatería de lo políticamente correcto siga extendiendo su dominio –qué pereza, gensanta- y b) derivada de lo anterior, para que muchas personas que, llamemos a las cosas por su nombre, son de una mediocridad que pone los pelos de punta, utilicen determinadas características que les atañen (su feminidad en este caso, pero hay otras) para alegar una conspiración cósmica que no les deja progresar.
Por no hablar de lo socorrido que resulta en una discusión el argumento de autoridad de “usted me ataca no porque no esté de acuerdo conmigo, sino porque soy X” -que cada uno de mis lectores ponga aquí lo que más le sulivelle-
Tampoco merece mucho la pena abundar en este punto, porque todos conocemos casos.
Este repelús por las fechas reivindicativas y la distancia con la que veo estos saraos, quizá se deba a que creo que no he tenido una educación machista.
En mi casa, mi madre y mi padre han sido (y son) absolutamente iguales.
Siempre.
En todo.
Se han ocupado por igual de nosotros cuando éramos niños (un equipo, como debe ser) y nunca hemos visto, ni mi hermano ni yo, que se comportaran según los roles estereotipados. De hecho, por ejemplo, mi madre es la que, desde siempre, lleva en la cabeza toda la administración de la familia (papeles, médicos, burocracias varias, bancos, impuestos) y puedo decir, y digo con orgullo, que mi padre es un amo de casa al que no le falta un perejil y que hace una tortilla de patata simplemente imbatible.
Soy consciente de que no es la situación general (sobre todo entre la gente de la generación de mis padres) pero, posibilidades económicas aparte, sí que es el caso de la mayoría de mis amigos.
Por no hablar de que muchas de mis amigas (nada sospechosas de ser unas machistas irredentas) piensan que determinadas reivindicaciones feministas, que sonarán tanto hoy, como el establecimiento de cuotas, son directamente insultantes (aspiran a que se las valore por sus logros). Por no hablar del absurdo lenguaje ortosexual que pretende forzarnos a todos y a todas a decir tonterías y tonteríos en frases y frasas pronunciadas por miembros y miembras del sexo o la sexa que corresponda.
Soy consciente de que puede haber lectores míos que “se raspen las vestiduras” y que vean en las reservas anteriormente expuestas indicios de un machismo mucho más perverso que el evidente, por ser sutil. Qué le vamos a hacer.
Para terminar con este post que no me hará más popular quisiera decir que, en mi opinión, la cual mantengo desde que era estudiante, las reivindicaciones de la mujer son una fuerza imparable aunque sólo sea por lo siguiente: de mi promoción, de cien personas, sólo catorce éramos varones.
En fin: ya se sabe: los hombres no damos para más.
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