Las abuelas vienesas son guerreras

De toda la vida
Diga usté que sí, caballero (A.V.D.)

25 de Junio.-Sitúense mis lectores: Viena, once de la noche de uno de los últimos días del mes de junio. Ola de calor sahariano que, incluso cuando el sol se ha ido, amenaza con convertir cualquier vivienda en la sucursal de un baño turco.

El bloguero, en gayumbos, sentado delante del ordenador, se dedica a pergeñar el post del día siguiente. A esto que suena el timbre de la puerta. El bloguero da un respingo. A mis lectores españoles quizá convenga aclararles que, en Viena (bueno, quizá en ningún sitio) las once de la noche no son horas para llamar a ninguna casa, a no ser que el que está del otro lado de la puerta venga a traerte la noticia de que los mayas tenían razón y al mundo le quedan dos telediarios.

El bloguero, temiéndose que la tercera guerra mundial ha estallado y que vienen a comunicárselo (novelero que es él) se levanta de la silla y se aproxima a la puerta de su casa con cierta prevención para, acto seguido, pegar el ojo derecho a la mirilla (es el que tiene menos maltratado por el astigmatismo). La visión, le hace levantar la ceja: en el descansillo, una señora octogenaria que lleva por único atuendo unas bragas y una camiseta, corre de su puerta hacia la de enfrente y vuelta como un pollo decapitado.

En la cabeza del bloguero se suceden a toda velocidad los pensamientos. Imagina que la anciana es sin duda víctima de un Alzheimer atroz que le impide acordarse de que ir en bragas no es el atuendo adecuado para visitar a un vecino (cuantimás mocito, como es el bloguero). La mujer no puede estar en sus cabales. O eso, o tiene un problema con sus estilismos de no te menees. Corre el bloguero a remediar su propia semidesnudez y a ponerse unos pantalones cortos. Mientras se aprieta el cinturón, abre la puerta.

La señora, en torrencial dialecto vienés, se pone a explicar sus cuitas (de lo cual deduce el bloguero con alivio que no está demente, porque, aunque incomprensible para él, su discurso parece estar hilado), el bloguero entresaca las palabras “puerta”, “cerrado”, “ventana” y elige su propia aventura: esto es, a la señora se le ha cerrado la puerta  en un descuido con las llaves dentro.

El bloguero, español al fin y al cabo, con el alma acorazada en el terror judeocristiano a la desnudez (aunque él vaya a playas y piscinas nudistas y se quede en bolas siempre que haya por lo menos otra persona que le secunde) procura mirar para otro lado al objeto de quitarse de delante de los ojos la visión de las carnes fláccidas de su vecina y del canalillo, que conoció días más heróicos, que se puede entrever en el escote de la camiseta de algodón blanco que lleva. En cuanto puede, se siente en la obligación de meter baza galantemente en el discurso de la señora:

¿Le dejo algo para vestirse? ¿Un albornoz? ¿Una bata o alg…?

¡Yo qué leche voy a querer algo para vestirme! –dice la señora, como si andar en bragas a las once de la noche, en casa de un vecino al que apenas ha saludado dos veces en el ascensor, fuera lo más normal del mundo. Al cabo, cambia de tono, baja la voz dos octavas y, más educadamente, solicita: lo que me pasa es que estoy intentando cerrar la ventana de mi terraza, se me ha atascado y no hay manera, y como va a haber tormenta…

El bloguero, sin quitarse del todo de la cabeza la idea de echarle a la mujer algo por encima –no lo hace por el qué dirá el Kronen Zeitung- se calza, baja, y en un pispás, arregla el desaguisado.

Un comentario en «Las abuelas vienesas son guerreras»

  • el junio 26, 2012 a las 11:40 pm
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    Ahora que la Real Academia de la lengua española la ha admitido, ya puedes usar “gayumbos” con toda tranquilidad. La palabra, digo. Y la prenda también. A los 80 años ya se ha perdido la vergüenza y todo, cuando tengas esa edad irás en gayumbos a pedirle azúcar a la vecina del quinto y, tan campante. 😀

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