La vida después de Kiev

Niño con bandera
A.V.D.

1 de Julio.- En una noche como la de hoy, es imposible no escribir sobre el partido de fútbol que enfrenta a España contra la selección italiana. En el momento en que empiezo este post, también está empezando el segundo tiempo y, si la cosa sigue como va (toquemos madera) es bastante probable que el equipo español esté escribiendo historia.

La pregunta, desde el punto de vista del bloguero (de este bloguero) es siempre la misma ¿Cómo escribir sobre un tema del que todo el mundo va a escribir, pero ofreciéndole a los pacientes lectores de uno un punto de vista que nadie más pueda ofrecer? Esta, queridos amigos, is the mother of the lamb.

Si llega el minuto noventa y el resultado se mantiene “inalterable” como dicen los locutores analfabetos (lo correcto sería decir “inalterado”) mañana, muy justificadamente, no se hablará de otra cosa.

El boqueante Gobierno español recibirá el árnica que supone que, en la piel de toro, esté más de media hora sin hablarse de la prima de riesgo; y estallará, como otras veces, la unanimidad que siempre concitan los triunfos (las victorias son de todos, la autoría de los descalabros pertenece siempre a los pobres sobre los que, por carambola, se fija el dedo acusador de la multitud).

Si España gana, parecerá como si la crisis se esfumase (¡Pluf!) como por arte de magia (igual que desaparece durante unas horas un dolor de muelas cuando uno se atiza un potente analgésico). Los políticos de las comunidades con lengua vernácula se morderán los nudillos al ver cómo las turbas aclaman a los héroes del cuero y vitorean el nombre de la odiada España centralista por calles y plazas, bañándose en las fuentes y subiéndose a las estatuas del ornato público.

 En Viena, en Austria en general, los periodicos dirán que somos “toreros”, que somos “conquistadores”, com si fuéramos (todos los que hemos nacido entre la Línea de la Concepción y La Junquera) Pizarros y Hernán Corteses redivivos. Aseverarán que “Die Selección” está (o es)furiosa, que somos feurig (fogosos), se harán lenguas de la gallardía de nuestros jugadores, dirán que el estadio era una Fiesta (en español), saldrá a colación la sangría, el flamenco y todo lo demás del lote.

En fin, la victoria (está más cerca, minuto setenta y dos en estos momentos y dos a cero) no nos arreglará el tema de los bancos, pero los periódicos, mañana,  se van a forrar a publicar fotos de aficionadas monas con la cara pintada de escarlata y amarillo (eso que los cursis llaman rojigualda). De pronto, ganaremos en cotización social, y los austriacos, cuya industria futbolística es raquítica y un poquito vergonzante, nos palmearán en las espaldas vigorosamente como si nosotros fuéramos también un poco artífices de la página gloriosa que se está escribiendo en Kiev, o como si llevásemos en los genes una capacidad que, por razones desconocidas, no nos hubiéramos decidido aún a utilizar.

Luego, los ecos se irán apagando poquito a poco (hasta la próxima Copa de la Vida) pero el fútbol seguirá siendo ese orgullo modesto que nos confirmará ante nosotros mismos que los españoles somos otra cosa, que no somos alemanes, que no nos sujetamos a ninguna regla, que las demás naciones pueden ocuparse en inventar, en fabricar, en educar a sus niños. Nosotros tenemos balones. Para qué más.

(Por cierto, felicidades a los ganadores). Poniendo el punto final, se ha terminado el partido.

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