Papi papi, Papichulo

Años treinta
Típico ejemplar de callo malayo (cuelga en el MUMOK de Viena). Foto: Archivo Viena Directo

22 de Agosto.- Querida Ainara: tu tío se ha tenido, de toda la vida, por un hombre más bien del montón (¡Cuántas noches de discoteca sin comerme un rosco!). Sin embargo, hablando con mis amigos, he llegado a la conclusión de que, a pesar de mis modestas prendas físicas, me han acosado bastante. Gente, por supuesto, que a mí no me interesaba lo más mínimo y que, a pesar de mis esfuerzos, no se daba por aludida. En esto, supongo, radica la diferencia entre el acoso y la seducción. Si me hubiera tirado los trastos gente que a mí me hubiera ido, supongo que no me hubiera importado nada acompañar al huerto a quien fuera, y esta carta no hubiera existido nunca.

Te contaré dos de los casos más increibles para que te eches unas risas.

La primera vez que yo descubrí este magnetismo mío para los callos malayos fue cuando hacía la prestación social en un hospital infantil madrileño. Los críos tenían diálisis lunes, miércoles y viernes; martes y jueves yo me dedicaba a ordenar unas historias clínicas que nunca necesitaron que nadie las ordenase, y a darle palique a las madres de los niños que iban a consulta.

En una de estas, estando yo solo en una habitación, para más inri, llena de camas, entró la hermana de un paciente, sudamericana ella y, sin más preámbulos, me atizó un viaje donde la espalda pierde su digno nombre. Yo di un respingo, me volví y entonces ella, como en trance, empezó a avanzar lentamente hacia mí susurrando que yo estaba “tremendamente papasito” (sic) y que había que ver lo bien que me sentaba la bata (te aclaro, Ainara, que no era lo único que llevaba puesto). La cosa empezó a ponerse peliaguda cuando, en mi lento retroceso, huyendo de aquella mujer que, por lo visto, se abrasaba de pasión por mis huesos (o por mi nacionalidad, que todo puede ser), topé con una cama. Tanteé, me acordé mentalmente de los muertos más frescos de aquella enajenada y, justo cuando ella estaba a punto de violarme sobre una sábana en la que ponía INSALUD, entró la supervisora y yo aproveché para fugarme.

La segunda fue poco después (debí de tener una época con el guapo subido). Yo empecé a trabajar pronto, a los veintidós años. Mi primer empleo fue como  vendedor de pisos, el más ineficaz que haya conocido la burbuja inmobiliaria. Me sobraba honradez, supongo.

El día mismo en que, cosas de la vida, le iba a decir a mi jefa que me iba de la empresa, ella me citó en una esquina rara en mitad de la zona que teníamos asignada y, después de decirme que los pantalones del traje “me hacían un culo muy bonito” (otro sic) y, lo que es peor ¡Sin que yo, pardillo de mí, me diera cuenta de sus intenciones! Me invitó a su casa para discutir no sé qué asuntos ( y yo, Ainara, aunque te parezca mentira, empanado perdido, sin saber aún qué se proponía ella, santa inocencia). Subimos, ella abrió la puerta blindada y empezó a enseñarme su domicilio.

Paco, esta es la cocina.

Y yo

Pues qué hermosa.

Y ella:

Paco, este es el baño.

Y yo:

Pues qué coqueto lo tienes.

Y ella:

Paco, este es el dormitorio…

Aquí yo, Ainara, no pude por menos que darme cuenta de que aquella mujer (divorciada, cuarenta y cinco, entradita en carnes) estaba planeando algo contra mi virtud (a buenas horas) así que, para salvarme, decidí hacerme el tonto (más, o sea). Así que me acerqué a los visillos y, le dije: oye, pues qué bonitos. La miré y, sonriendo com Michael Landon en Autopista hacia el cielo, rematé la faena.

-¿Dónde los has comprado?

Ella debió de confirmar su primera impresión (en la que debía de figurar de forma promintente el término “pánfilo”) renunció a asaltar mi cuna y, al cuarto de hora, me dijo que estaba cansadísima y me mandó con mi madre.

Yo, esta vez no me hice el difícil y salí por pies.

Con razón dice el refrán que Dios pone su mano para proteger a los inocentes y a los borrachos.

Yo soy la prueba viviente.

Besos de tu tío.

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