Los austriacos y los siete pecados capitales (1)

Reinterpretación
A.V.D.

Hoy: la envidia

 7 de Septiembre.- Los lectores de Viena Directo tienen la suerte (que mi trabajo me cuesta) de estar informadísimos sobre todo lo que hay que saber de Viena, de los vieneses, de Austria y de los austriacos. Sin embargo, si tomamos en cualquier lugar de España a un viandante y le preguntamos qué es lo que sabe sobre Esta Pequeña República, probablemente nombre una de estas cuatro cosas (o las cuatro):

A)   Sonrisas y Lágrimas (The Sound of Music, una película que, por cierto, muy pocos austriacos han visto y de la que pasan bastante).

B)   Las películas de Sissi (nombre que, por cierto, acentuarán a la francesa y no como su dueña lo hacía, en la primera sílaba)

C)   El perro Rex  o

D)   Mozart

Llegados a este punto, aquellos peatones que se las den de cultos, incluso le contarán al entrevistador que Mozart cascó debido a que Salieri, un rival, lo mató de varios sopitipandos en cadena, al ofrecerle a nuestro compositor Salzburgués una pasta de la que estaba muy necesitado (la crisis no es nueva) a cambio de componer una misa de Requiem.

Misa de Requiem que, al final, por cierto, terminó un discípulo de Mozart, un pobre diablo llamado Süssmayr a quien los libros de historia niegan todo el crédito, pero gracias al cual la buena de Constanze Mozart pudo vivir hasta que pescó en Salzburgo un segundo esposo.

Y hete aquí que una de las cosas por las que Austria está en el imaginario colectivo mundial es por un caso (falso, por cierto) de envidia. Y no esa que muchos aligeran llamándola “sana” (caca de la vaca, qué va a ser sana la envidia) sino una que produce la muerte a quien padece sus consecuencias.

Ahora bien ¿Son los austriacos envidiosos?

Si hubiera algún científico que inventase un aparato que midiese los niveles de envidia presentes en el aire, muy probablemente, no registraría en Austria mayores niveles que en otras partes de la Tierra (en España, por ejemplo, se dice que la envidia es el deporte nacional). Ahora bien, aún siendo los niveles bajos, en mi opinión se podría decir que la envidia austriaca se concentraría en dos partes muy concretas de la estructura psicológica de su sociedad.

El campo sería una: hay que tener en cuenta que la austriaca es una civilización aún muy campesina. Y ya se sabe lo que hizo Caín con su hermano por un quítame allá esos nabos que sacrificarle a Yahvé.

Por otra parte, la envidia, ese sentimiento extraño, nace de la combinación de dos sentimientos: uno de inferioridad, el del envidioso que se ve en una situación desfavorable que, quizá, sólo está en su cabeza; y otro sentimiento de superioridad, también del envidioso, que se pregunta constantemente cómo él, siendo mucho mejor que el objeto de sus celos, no disfruta de lo que el otro tiene.

Si esto es así, entonces, se podría decir que los austriacos tienen una relación muy, pero que muy ambivalente, con sus vecinos alemanes. Y sí, me voy a mojar: yo diría que les envidian.

En general, los austriacos reconocen los méritos de los alemanes. Es más, es común entre los adeptos de la ultraderecha el pensar que los austriacos son en realidad unos “hermanos separados” de la nación alemana. Y que esta separación es una anomalía que debería ser corregida más pronto que tarde.

Entre las personas que no tienen ningún prurito totalitario ocurre también que, en el fondo de su alma, muchos piensan que, si el mundo y la historia fuesen justos, una lista comparativa de los méritos de las dos naciones daría como resultado que los papeles deberían estar cambiados. O sea, que la influencia y ese prestigio del que disfruta Alemania –prestigio del que siempre goza quien tiene la sartén por el mango- debería de estar marcada con tres bandas en rojo, blanco y rojo (colores de la bandera austriaca).

Austria es una nación con un milenio de historia a sus espaldas, en tanto que Alemania, tal como la conocemos hoy, existe desde ayer por la tarde. Austria es un río que corre despacio, morosamente, como el Danubio a su paso por Viena. Alemania es torrente que, seguro de sí mismo, va horadando los terrenos.

Quizá, lo que suceda solamente sea que, el vecino del sur sea como un anciano al que los jóvenes, siempre le parecen mucho más tontos de lo que eran en su juventud. Lo cual suele ser siempre el camuflaje de la envidia por aquello que no podremos volver a ser.

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