Guantes para pies (o luchando contra los horarios comerciales de Viena)

Bicicletas bajo la nieve
Hay situaciones en que unos calcetines son algo imprescindible (A.V.D.)

 

A una persona tan despistada como yo le suceden contínuamente percances que, desde fuera, parecen divertidos, pero que no son tan fáciles de arreglar.

11 de Diciembre.- Viena. Doce menos cuarto de la noche. Espero en la parada del tranvía que ha de llevarme a casa. Está situada bajo la enorme silueta de una de mis iglesias favoritas, la de Maria von Siege. Una maravilla neogótica de ladrillo color burdeos que, lamentablemente, y si nadie lo remedia, terminará cayéndose más pronto que tarde.

Mientras he estado con mis alumnos, ha nevado y, sobre las aceras, hay una ligera capa blanca. No haría mucho frío, sin embargo, si no fuese por el gélido viento que barre el Gürtel, esa avenida de circunvalación que distribuye el tráfico a través de la almendra central de la ciudad y, con él, las corrientes de aire que barren el valle del Danubio en esta época del año.

Faltan seis minutos para que pase el tranvía. A estas temperaturas, una eternidad. Como siempre (y como en los tangos) acuden a mi mente recuerdos de otros tiempos. Del verano, mayormente. El cielo estrellado sobre la ciudad, la gente en manga corta, la multitud bulliciosa que, a altas horas de la madrugada, baja procedente de los conciertos de la Statdthalle cercana. Aquella marcha de antiabortistas perdidos que me encontré en una ocasión a las diez de la noche, algo perdidos, cantando cosas de su incumbencia, con sus velas, siguiendo a un hombre alto, de luengas barbas blancas que parecía Moisés.

Otra racha de viento. Busco el cobijo del apeadero. Cuatro minutos.

Dejo la bolsa del gimnasio en un asiento y me acuerdo de un estrés mucho más reciente. Esta mañana, al preparar las cosas, he abierto el cajón del armario en donde tengo los calcetines, y me he fijado en un par que, perfectamente doblado, gordito, sedoso, abrigadito, estaba entre los demás. Lo he cogido con la alegría anticipada del servicio que me darían en este día gélido. En el gimnasio, después de ducharme, sin embargo, me he llevado una sorpresa. Al desplegar el par de calcetines me he dado cuenta (horror) ¡De que eran un par de guantes! La escena hubiera sido divertida para cualquier observador que hubiera conocido toda la historia. Como en una película. Mirada mía a la ventana del vestuario (nevada densa). Mirada mía a los guantes en mis manos. Naturalmente, no me iba a poner los calcetines sucios (por otra parte, iba a casa de mis alumnos, y en las casas austriacas uno se quita los zapatos al entrar, y no es plan de atufar al personal).

“Vale, Paco. No pasa nada. Pues ahora, te compras unos calcetines y arreglado”. Ya. Parece fácil, pero no. En Viena todo está cerrado a partir de las siete de la tarde. Con los botorros sin calcetines, he vagado por la Mariahilferstrasse, imaginándome la escena en que tendría que pedir unos calcetines a mis alumnos para que, a la vuelta, no se me congelaran los pies. Ay Dios mío, Paco, qué despistado que eres. Pero, de verdad, en este país…¿Cómo puede estar todo cerrado a las siete de la tarde? (bueno, a las siete y diez que era cuando yo pensaba todo esto).

Por suerte, he tenido una idea luminosa ¡La Westbahnhof! Las estaciones de tren, en Austria, gozan de ciertos privilegios comerciales. Las tiendas que están en ellas, pueden abrir los fines de semana, y más tiempo que las otras. En un DM –cadena de droguerías- me he comprado unos calcetines marrones. Prueba superada.

Por cierto, no hay nada, pero nada de nada, que pueda compararse a la sensación de haber estado esperando el tranvía a varios grados bajo cero, subirse a él y pillar el asiendo bajo el cual va la calefacción. Maravilloso.


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