Tirándose al aborígen (esto no es lo que parece)

Deseo! Peligro!
A.V.D.

 

Quizá sea verdad que, lo que llamamos inteligencia, sea en realidad una suma de capacidades a las que no siempre prestamos la atención que deberíamos.

16 de Enero.- Querida Ainara (*): la semana pasada, no digo el día para no dar pistas, estuve hablando por teléfono con un conocido  que me llama de pascuas a ramos y siempre para pedirme consejos que luego no sigue.

Antes de que mis lectores se alarmen, diré que yo encuentro esta costumbre suya más entretenida que fastidiosa, porque a mí me encanta que me cuenten problemas siempre que no sean míos.

Esta persona, nada más empezar nuestra conversación, me dijo “Ay, Paquito, mi vida es un desastre”. Yo, como soy igual que Misis Jiúgs, la de Daunton Abi (solo que no me parezco a Don Pimpón) le dije que ya sería menos y que en esta vida Dios aprieta pero no ahoga (ese refrán que hemos inventado los que no queremos ver la realidad del mundo, que es que cuando a Dios le da por apretar ahoga que no veas, pero en fin).

Este conocido mío, que sólo se acuerda de mí cuando pintan bastos, entonces, me estuvo explicando sus cuitas, las cuales se resumían en una cadena de despropósitos amorosos que, sospecho, se remonta a su adolescencia, ya que este hombre tiene la habilidad de ir a liarse con la gente menos conveniente.

Y cuando digo liarse, utilizo este verbo tan agreste totalmente a propósito. Porque mi amigo, no sólo es que se encame con bichas de esas que, cuanto más las conoces, más quieres a tu perro es que, además, deja que las bichas en cuestión le revuelvan la vida hasta decir basta. Y después, claro, pues él me llama y me lo cuenta.

Paradójicamente, sin embargo, este chico, a primera vista, tendría todas las cartas para salir de portada en la revista Sueños de Suegra.

Como fue muy buen estudiante (es constante, resolutivo y tiene buena memoria) tiene un trabajo que le permite ganarse la vida más que bien. Es culto, educadísimo, tiene una conversación amena que muchas veces resulta instructiva y se le dan bien los idiomas. A pesar de todo eso, por hache o por bé, su vida está siempre más revuelta que el piso de un desgraciado con síndrome de Diógenes. Una revolución que no sólo es incapaz de atajar, sino que él mismo no deja de complicar tomando las decisiones más estúpidas y metiendo la pata a troche y moche.

Después de haber terminado mi telefonata con este conocido, volviendo a casa del gimnasio, me dio por pensar que lo que llamamos inteligencia, es en realidad la suma de varias inteligencias a las que no siempre prestamos la atención que se merecen.

Y es que, por mi experiencia, creo que los tipos como mi amigo abundan bastante. Personas a las que el sistema considera aptas para hacer la declaración de la renta, coger el tranvía, comprarse un Seat Ibiza o votar, pero que, sin embargo, son auténticos ineptos a la hora de dirigir su propia vida de una manera mínimamente razonable.

Son personas que, aunque nunca cruzarían una autopista en hora punta, tienen sin embargo una capacidad pasmosa para olvidarse de la cautelas más elementales. O sea, que carecen de un grado sano de miedo. El que una vez has tocado de pequeño la superficie ardiente de una plancha, te protege para siempre de volver a hacerlo.

Porque si hay un rasgo típico de este tipo de personas es que no aprenden con la experiencia, ni son capaces tampoco de hacer caso de las advertencias porque, a pesar de lo que les pueda decir su archivo mental, ellos piensan que las cosas siempre les pasan a los otros. Son ellos los que, a pesar de las campañas de la dirección general de tráfico, siguen arreándose tres copazos antes de ponerse al volante.

Suele pasar también, por otra parte, que estas personas son también más interesantes que las que ven siempre los toros desde la barrera porque son también las que, como decía un jefe que yo tuve, no se lo piensan dos veces antes de “tirarse al aborígen” (él quería decir “tirarse a la vorágine”, y su drama era que pensaba que se decía “aborígen”).

En fin…

Besos de tu tío.

(*)Ainara es la sobrina del autor

3 comentarios en «Tirándose al aborígen (esto no es lo que parece)»

  • el enero 19, 2013 a las 1:35 am
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    Hola Paco,

    Muy curioso lo que comentas acerca de tu conocido. Me llama la atención saber si el personaje en cuestión es un austríaco, de serlo, me soprendería sobremanera, pues los germánicos han de ser muy cerrados a la hora de hablar de sus vidas.

    Un saludo!
    Agartha

    Respuesta
    • el enero 22, 2013 a las 8:11 am
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      Hola Agartha:
      En este caso, la persona era española, pero los austriacos, cuando se crean las condiciones necesarias de confianza, te cuentan también sus vidas como el que más.
      Saludos 🙂

      Respuesta
  • el enero 20, 2013 a las 1:41 am
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    La perfección no existe. Las personas a las que Dios (o la genética) dotó de una inteligencia por encima de la media suelen tener déficits en otras cosas, como la suspicacia, o quizá es que si además de inteligentes son buenos, generosos e inocentes, por desgracia piensan que los demás son como ellos, y eso casi nunca es así. Habría que reflexionar entonces sobre qué es lo que buscamos en nuestra pareja, si alguien totalmente opuesto que nos complemente, o alguien con nuestras mismas cualidades o defectos, y por qué es así. Quizá sea cierto eso de que los opuestos se atraen pero eso no quiere decir que puedan soportarse para siempre. Habría que reflexionar sobre qué hace que las personas con un gran cociente intelectual carezcan de inteligencia emocional, y en las relaciones con los demás, sobre todo, cometan siempre los mismos errores reiterativos y el mismo patrón, como si fueran incapaces de aprender de la experiencia anterior. Quizá porque como alguien dijo una vez, “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”.

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