Seis millones de firmas para echar a Rajoy

Tio Pepe
A.V.D.

 

O los peligros de la democracia instantánea y del progresismo de los chinos.

20 de Febrero.- Querida Ainara (*): uno de los argumentos favoritos de la ultraderecha austriaca es que ellos “representan al pueblo” cuya voz auténtica está secuestrada por “el stablishment político”.

De este discurso, machaconamente repetido, se desprende, naturalmente, que el orden existente es un orden bastardo, al servicio de unos burócratas que trabajan solo en su propio beneficio; se desprende también que todo podría hacerse de manera más eficiente si nos dejáramos de esas tonterías de reglas que tenemos (anticuadas, que no responden a las necesidades del mundo actual) y que abordásemos los problemas librándonos de todo el aparataje teórico con el que los burócratas pretenden confundir al Pueblo, el cual se guía, según este concepto, por su sano sentido común. Sentido común que según esta manera de pensar, obviamente, siempre está en lo cierto.

El discurso, obviamente, no es nuevo. Ya el nazismo, por ejemplo, hizo uso de él con mucha profusión y, cuando Hitler llegó al poder, trasladó al Estado alemán su propia manera de actuar, anárquica y totalmente caótica, enemiga de cualquier procedimiento reglado. Se hizo famosa la expresión “pensar en la dirección del Führer” por la cual cada funcionario interpretaba a su manera las instrucciones recibidas y obraba como Dios le daba a entender en bien del Reich. Era, naturalmente, una manera de paliar las deficiencias de un sistema en el que todos los días cambiaban las reglas y las lagunas se cubrían mediante la improvisación.

Una de las características de la Historia es que siempre se repite aunque no se parezca a sí misma.

Así, fragmentos de este discurso, mezclados con la propensión a actuar siempre en caliente, han aparecido de nuevo en sitios de lo más inesperados. En el movimiento 15-M, por ejemplo. El espinazo ideológico que aglutina a este movimiento ciudadano es exactamente el que te decía más arriba: vivimos en una realidad corrupta, las instituciones están al servicio de unos pocos, pero nosotros el pueblo (we, the people) sabemos lo que hay que hacer y podemos hacerlo al margen del sistema.

Un punto de partida idealista pero, en mi opinión, de lo más peligroso.

Y no porque yo no piense que, efectivamente, vivimos en un mundo que está fatal repartido, en el que las oportunidades de acceder a los bienes (no solo materiales sino intelectuales) están al alcance de muy poca gente en comparación con los millones de personas que habitan el planeta. Sino porque, entre otras cosas, representa lo que yo llamo “la democracia instantánea”.

Me explicaré con un ejemplo.

Existe en internet una plataforma en la que se pone una idea y la gente firma si está a favor. A mí, estas cosas me llegan por Facebook, porque alguno de mis amigos son muy partidarios (y oye, que me parece muy bien: cada uno tiene los hobbys que puede o le dejan).

Uno puede firmar para las cosas más variadas “que España deje de vender armas a países del tercer mundo”. Venga, va. Esto mola. Firmo. Pues bien: hace días me llegó una cosa como “¿A que no reunimos seis millones de firmas para echar a Rajoy?”. Naturalmente, a la petición, le acompaña un pequeño texto cuya eficacia, naturalmente, depende del salero del redactor. En este caso, la argumentación podía resumirse solamente en el primer párrafo que te he puesto en esta carta. O sea, nada. Contenido cero. Potencial destructivo en nombre de un progresismo de los chinos, todo, o sea.

Porque a mí me parece que la respuesta de una persona normal, o sea, con sentido crítico, a una pregunta como esta, sería: vale, echamos a Rajoy (qué fea expresión, pero bueno: dada la opinión que mucha gente tiene de la actuación que está teniendo el Sr. Presidente del Gobierno, es disculpable) pero luego ¿Qué? ¿A quién ponemos? ¿Bajo qué premisas? ¿Y si no se deja, qué hacemos? También se decía: Si no se escuchan seis millones de firmas es que no hay democracia. Un momento, un momento: la democracia se demuestra en las urnas. Usted va, y vota. Y tiene que votar con la suficiente responsabilidad para saber que, lo que vote, bueno, malo o regular, le va a durarle cuatro años –o lo que aguante-. Que usted le da cuatro años al político al que usted vota para que desarrolle su programa. Y si a usted no le gusta lo que sale no se puede barajar de nuevo y repartir hasta que salgan las cartas que a usted le gusten.

A mí me da la sensación de que la gente vota sin reflexionar y que luego, claro, pasa lo que pasa. En ese patio de vecinas que para mucha gente es internet (aunque llamarle patio de vecinas es hacerle un favor: para mucha gente internet es la puerta de un baño de caballeros en donde escribir lo primero que se le ocurre) parece que que todo hace más ruido pero, al mismo tiempo, todo es mucho más epidérmico (por no decir totalmente epidérmico). O sea, vacío de contenido, ruido, voces, viento. Nada.

Y termino con una pregunta ¿Por qué, si nos quejamos de que los discursos de los políticos tienen tan poco contenido, nosotros respondemos también con propuestas tan hechas de madera de balsa como las suyas?

No sé.

Besos de tu tío

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