Los austriacos y el sexo (1): Los padres de ella

La casa de Julieta
El amor cansa (A.V.D.)

Lo que para un español es inconcebible (vamos, que incluso puede darle bajón) puede ser cosa de todos los días para un austriaco. O viceversa. El contenido de este post es la prueba.

Para quienes ellos saben, sin cuyas experiencias este post no hubiera podido escribirse. Con afecto fraternal.

28 de Febrero.- Entre lo básico que un español tiene que tener presente cuando viene a vivir a Austria está el hecho de que los Alpes no sólo son una barrera física, sino también una barrera cultural.

Las diferencias son evidentes sobre todo en el sistema de pudores y tabúes que son, se quiera o no, las varas del armazón de una sociedad. Lo que para un español es inconcebible es para un austriaco cosa de todos los días y viceversa, naturalmente.

Por ejemplo: todos los españoles que hemos vivido aquí y que hemos tenido relaciones sentisexuales con un/a aborígen hemos pasado por ese momento de esa primera noche en casa de los suegros.

Es un momento delicado, porque uno se siente observado, juzgado, desmenuzado. Las inseguridades afloran, te sudan las manos. El español llega con su churri, pongamos que se llama Helga o Laura o Irmtraut. La pareja reciente se pone delante de la puerta, la chica saca la llave del bolso (o toca el timbre, porque aquí es más normal que los jóvenes vivan fuera de casa de sus padres), el español piensa en El Padre (no en Escrivá de Balaguer, naturalmente, sino en El Suegro: ese representante de la autoridad), traga saliva. La puerta se abre, aparece la suegra y le da un beso a su hija, exagerando la nota de la amabilidad, que es un sistema que utilizan las madres para marcar indirectamente el territorio. Una forma de decir “nene, que esta es de nuestro clan: cuidao con lo que haces”. Luego, la chica dice:

Este es Manuel.

El yerno pone cara como de querer posar para la revista “Sueños de Suegra”. La madre de su santa le tiende la mano. El novio se la estrecha.

-¿Español?

-Sí, sí.

-¿De dónde?

-De Madrid.

-A mí me encanta España –dice la suegra, sonriente.

-¿Y dónde ha estado?

-En Mallorca.

“Pues guay” piensa el yerno. Pasan. El suegro está repantingado delante de la tele. Se levanta al ver aparecer al español. De fondo suena Hansi Hinterseer rodeado de niñas en bikini.

Se apaga la tele. Se pone la radio. Se sacan los aperitivos. El español trata de caer en gracia ¿Le preguntan por el Rey y sus cacerías de proboscidios? Contesta ¿Le preguntan por la crisis? La vida en España, momentan, está muy achuchada, señora (se apresura a aclarar que él, en Austria, tiene un trabajo que le permitirá mantener a las crías, caso de existir en algún momento). Corren los caldos de la tierra, tintos o blancos. El español se achispa, el suegro le llama de tú. La suegra le dice “ole torero”, “viva espania” (sic) o “Tengo tengo tengo, tú no tienes nada, tengo tres ovejas para la semana” (esta situación está sacada de la vida real: lo juro).

Llegada una hora prudente, toca acostarse. La suegra conduce a la joven pareja a una alcoba en donde hay una cama capaz para dos personas. Antes de cerrar la puerta, intercambia con la hija miradas cómplices que al español no se le pasan por alto. La puerta se cierra, la churri inicia las maniobras de aproximación preliminares al coito. Al español se le pasa entonces la borrachera, vuelve a tragar saliva. Se acuerda de pronto de que, pared con pared, duermen sus suegros, piensa en el ruido que hará la cama cuando el tema se anime. Lo que quizá empezaba a endurecerse, pierde turgencia súbitamente. Susurra:

-¿Estás verrückta o qué? ¡Que nos van a oir!

Pronto comprende que a su novia ni falta que le importa (el español piensa “en este país, ni respetan las casas de los padres ni ná de ná, macho, esto es un sindiós) y le viene a la cabeza ese momento postcoital en que él tenga que levantarse en paños menores a echar un pis. Inevitable problema logístico: ¿Cómo encontará el servicio?

Se consuma sin mayores problemas (porque el español, con o sin ingesta alcohólica, está programado para mantener alto el pabellón nacional). Con los sentidos aguzados por la descarga de adrenalina el español se levanta, encuentra el servicio, efectúa sus negocios y se va a la cama.

A la mañana siguiente, azuzado por su santa, se sienta a la mesa familiar previo enfundamiento en albornoz y pantuflas. Su suegra le ha preparado un pantagruélico desayuno a base de tocino frito y huevos. Le pone porción extra. Le mira como diciendo “para que te repongas del desgaste, campeón”.

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