La viudez

Berlín. Pareja de enamorados en un parque

En la sociedad moderna, se habla muy poco del duelo que se experimenta al perder a la pareja. Bien por fallecimiento, o simplemente, porque la pareja se vaya a por tabaco y no vuelva.

1 de Mayo.- Querida Ainara (*): cuando uno es un niño, hay palabras y conceptos que forman parte de tu ecosistema, pero de los que no te haces cargo en profundidad. Están, y ya está. Muerte, cáncer, enfermedad, divorcio, guerra, pobreza, son solo palabras en tu mente de ahora. Y está bien que así sea, ya que es uno de los medios que la sabia naturaleza usa para proteger el desarrollo de los niños.

En mi infancia, tanto tu padre como yo sabíamos que nuestra abuela María era viuda. Era conocido que nuestro abuelo Sebastián había muerto mucho antes de que yo, el hijo mayor, naciera y, por lo tanto, para nosotros, y sin dolor, se había convertido en un ser mitológico que sólo compartía algunas semejanzas con el ser que había funcionado por el mundo. Una fotografía retocada, tres o cuatro anécdotas y, naturalmente, una fecha que había llevado a nuestra abuela a la viudez. Pero claro, no sabíamos lo que conllevaba aquella palabra exactamente. Hoy, más de treinta años despues, comprendo que el de la viudez es un sentimiento que solo se puede entender más tarde, cuando uno ha tenido pareja. Es, como si dijéramos, un “sentimiento de mayores”, que exige para su comprensión completa haber pasado por la aduana de la edad. Un sentimiento del que, por lo demás, se habla mucho menos de lo que sería necesario.

Una de las cosas que más me ha sorprendido observando a personas “viudas” (lo pongo entre comillas porque considero como tales a personas que, por ejemplo, tras un largo matrimonio se divorcian) es que se puede experimentar el dolor de la pérdida incluso por personas con las que se tiene o ha tenido una relación tensa o penosa (“pesa más que un matrimonio a disgusto” dice tu abuelo a menudo, y hasta que no se sabe lo que el matrimonio es, no se puede tasar de verdad el peso auténtico de la frase).

Tengo casi cuarenta años y ya un número de mis amigos de la infancia y de la adolescencia llevan un divorcio a sus espaldas. Personas que llevaban con el contrario (nunca mejor dicho) relaciones insalubres en las que a menudo estaban presentes el maltrato físico o psicológico, o simplemente el desamor, no pueden evitar sentir que, con la separación, les han quitado una parte profunda de sí mismos. Que les han roto por el eje. Por un eje que no se puede reconstruir, sino que exige la construcción de uno nuevo, funcionante, que devuelva la alegría y el disfrute de la vida.

Algún día tú también te enamorarás. Encontrarás a una persona que te quiera y a la que tú quieras, y le entregarás (también, inevitablemente) información suficiente sobre ti misma para que, llegado el caso, pueda hacerte polvo. Construirás con esa persona una intimidad que, si dura lo bastante, se convertirá en una parte de ti sin la que tú misma no podrás entenderte. En una reunión, buscarás los ojos de la otra persona para ver si está bien, te dolerá que otras personas le hagan daño, disfrutarás cuando ella se ría. Te aburrirás a veces para que ella se divierta. Le aguantarás sus cosas, porque sabrás que te aguanta a ti las tuyas, y quizá la mires dormir, alejada de ti en el algodonoso país del sueño y sentirás, extrañamente, que es una parte de ti que duerme.

Y quizá temas también el dolor que te produciría que esa parte de ti misma desapareciese de repente y en contra de tu voluntad. Por eso quizá Zeus concedió a la anciana pareja mitológica el favor de morir al mismo tiempo.

Besos de tu tío.

(*) Ainara es la sobrina del autor

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