Paz en la guerra

violinista sonrientePara el miembro más joven de la tripulación del Novara, con afecto 🙂

Dos hombres, sentados en un café de Viena, empiezan una discusión que alcanza unos derroteros insospechados.

10 de Julio.- Querida Ainara (*): el otro día, dos hombres sentados en la terraza de un café de Viena, delante de sendas cervezas, reflexionaban en voz alta sobre la volatilidad de las relaciones en el mundo actual.

Uno de ellos no les daba más que cinco años de caducidad, y el otro intentaba dilucidar las causas.

Su teoría me pareció interesante y por eso te la cuento. Sostenía este hombre que, en los últimos, pongamos, setenta años, en nuestra cultura se ha puesto “la felicidad” como un objetivo a logar. Tú misma, con lo joven que eres, ya estás, sin saberlo, inoculada del virus. Has empezado a ver películas de Disney en la que siempre hay un protragonista que quiere que “sus sueños se hagan realidad” (their dreams come true). Más tarde, verás películas en las que los protagonistas se conocerán y, tras pasar por algún que otro obstáculo, “serán felices para siempre”. Naturalmente, cuando tú te encuentres en la misma situación, reaccionarás como te han enseñado, o sea, buscando una felicidad eterna para ti misma, sin darte cuenta de que estarás buscando una mentira: algo que no existe.

Como hubiera dicho el segundo hombre sentado a la mesa, con una gran inteligencia, por cierto, “muchas veces solo se es feliz después”. O sea, que muchas veces tiene que pasar el momento de la felicidad misma para, por contraste, darnos cuenta de que hemos sido felices. Y, en la mayoría de los casos, créeme, no suena de fondo la música de La Bella y la Bestia.

Los que ya tenemos alguna experiencia en el asunto, Ainara, dejamos de lado la felicidad porque, si bien se mira, es en muchos casos un sucedáneo de otras cosas, y nos concentramos en un objetivo más ambicioso: la paz. Un sentimiento que tiene muchas más ventajas, porque te hace estable, fuerte y valiente.

El que goza de paz interior, el que no espera nada, el que tiene miedo de perder solo unas cuantas cosas (y pocas materiales) necesita muy poco para estar contento. Más que momentos de felicidad, yo colecciono instantes de paz. Una hora entera la semana pasada, por ejemplo, mientras estuve deshuesando cerezas para hacer mermelada. Un cuenco de acero inoxidable en las rodillas, las nubes deshilachadas pasando por el cielo. El patio de vecinos en un silencio solo roto por los juegos de algunos niños. Mis manos rojas por el jugo de las cerezas. La mente concentrada en una tarea que no reclamaba más de lo necesario. Solo el momento. Ni la urgencia del futuro ni el reflejo inútil del pasado.

Un trozo de vida indestructible pero al mismo tiempo frágil. Un estado interior que, este sí, sería perfecto que durase para siempre.

Besos de tu tío

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