Doña Juana ¿La loca? (I)

Una imagen renacentistaAunque, a decir verdad, ella no tuvo demasiado que ver en la decisión, lo cierto es que fue la principal artífice de las relaciones entre Madrid y Viena.

18 de Agosto.- A petición popular y aunque solo sea porque ella fue, aún sin intervenir mucho en la decisión, la principal artífice de las nutridas relaciones entre Viena y Madrid, vamos a tratar hoy de uno de esos personajes en los que, la falta de noticias ciertas (o, mejor, la falta de observadores versados en el tema del que se trataba) crearon una incertidumbre que ha dado pábulo a todo tipo de teorías.

Se trata de Juana I de Castilla, la cual ha pasado a la Historia con el nombre de Juana la Loca (Johanna die Wahnsinnige, como se la conoce aquí) cuya estatua se puede ver, por cierto, en la Hofkirche de Innsbruck, por haber sido ella la madre, como todos sabemos, del emperador Carlos I del coñá y V de Alemania.

Órgano
La Hofkirche de Innsbruck

Nadie elige a sus padres. Doña Juana, tampoco pudo

Doña Juana nació en Toledo el 6 de noviembre de 1479 y fue la tercera hija de dos pájaros de cuenta como fueron los llamados Reyes Católicos. Dos gobernantes en los que la pasión desmedida por el poder, se unía a una total falta de escrúpulos. El cóctel perfecto. A las pruebas me remito: Don Fernando el Católico fue el modelo que Maquiavelo utilizó para moldear su príncipe renacentista ideal y con esto no haría falta decir más.

En cuanto a Isabel de Castilla, quizá habría que mencionar solamente la extraña manía de morirse que aquejó a todas las personas que se interponían entre ella y el poder. Primero, su medio hermano, sucesor legal a la corona de Castilla y después, el maestre de la orden de Calatrava con el que la habían comprometido para casarla (y, probablemente, quitarla de enmedio de las luchas de poder que convulsionaban a la desangrada Castilla de su tiempo). No decimos que ella personalmente se los cargase, pero sí que se murieron muy oportunamente. La única que le sobrevivió fue Juana llamada La Beltraneja, pretendienta como ella al trono de Castilla. Cuando la futura jefa de Colón venció la guerra civil que las enfrentó, la puso fuera de combate encerrándola bajo siete llaves en un convento portugués. Una joya de muchacha, nuestra Isabel.

A favor de estos dos hay que decir, eso sí, que se rodearon de lo que hoy llamaríamos “tecnócratas” que modernizaron e hicieron más eficientes las administraciones de Castilla y de Aragón (lo que se dejaron modernizar los aragoneses, que tampoco fue mucho) y que, con mano de hierro, pacificaron las partes de la Península sobre las que tenían poder a base de demostrar quién llevaba los pantalones, cepillándose cristianos a diestro y siniestro y desmochando las torres de los nobles levantiscos. En resumen, consolidaron su poder avanzando por encima de los cadáveres de sus enemigos y luego, los cronistas aduladores, la Historia (que siempre justifica a los vencedores) ayudada por un eficaz aparato de propaganda, hizo el resto.

Una chica que lo mismo discutía de filosofía que doraba una lubina

Pero nos estamos saliendo un poco del tema. Decíamos que doña Juana nació en Toledo en noviembre de 1479. Como era la tercera y, además, chica, sus señores padres la educaron para que se convirtiera en una princesa casadera lo más potable posible. Doña Juana aprendió buenas maneras, a bailar, a llevar una casa, las lenguas romances de la península, así como francés y latín (el inglés de su época). Entre sus preceptores estuvo Beatriz Galindo (la famosa latina del barrio de Madrid) y, por supuesto, su madre, la reina Isabel, que trató de meterla en la vereda de la religión, cosa a la que Doña Juana nunca fue muy inclinada y que a su madre le escandalizaba sobremanera (tanto que, por el qué dirán, mandó mantener en secreto la falta de inclinaciones pías de su hija).

Juego de tronos

Una vez doña Juana alcanzó la edad de merecer, los diecisiete años, sus padres, como era costumbre en la época, negociaron su matrimonio siguiendo unos criterios tan románticos como los siguientes: para los reinos peninsulares resultaba de vital importancia mantener a los franceses peligrosos en una posición manejable. Así que los Reyes Católicos aplicaron la famosa ley india del Manum (¿Quién es mi enemigo? Mi vecino ¿Quién es mi amigo?El vecino de mi vecino). Los vecinos de sus vecinos franceses eran los Habsburgo, unos centroeuropeos que eran incapaces de encajar las dos mandíbulas pero que tenían acogotados a los franceses por su frontera norte (así contado parece cosa de Juego de Tronos, pero es que así funcionaba la vida por entonces).

La razón social Reyes Católicos S.L. envió pues emisarios, los cuales negociaron una doble boda: los Habsburgo ofrecieron la mano de la infanta Margarita para casarla con el infante Don Juan, el hermano mayor de nuestra heroína. En tanto que se acordó para ella el matrimonio con Felipe llamado (con mucha mala leche o con mucha ceguera) el hermoso, hijo de Maximiliano I, emperador del sacro imperio romano germánico.

En Agosto de 1496 y, desde Laredo, la novia inició el viaje que la llevaría junto a su Felipín. Los Reyes Católicos decidieron demostrar que no eran unos mindundis y montaron una espectacular flota, la mayor que Castilla había fletado en tiempo de paz: una carraca genovesa en la que iba la novia además de otros 19 buques entre naos y carabelas. 3500 hombres tripulaban los barcos. Después, se unieron otros sesenta barcos mercantes cargados con toda la lana que, como se hacía anualmente, Castilla exportaba a Flandes.

El largo y azaroso viaje a Flandes acababa de empezar y, como pasaría otras veces a lo largo de la vida de Doña Juana, iba a ser de todo menos fácil.

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