Seis años, 72 horas

AinaraHoy, mi sobrina Ainara cumple seis años.

21 de Agosto.- Querida Ainara (*): hoy cumples seis años. Ayer estuve hablando contigo por teléfono. Cuando contestaste, me llamaste “Francis”, que es como me llaman en familia –tú casi no lo llegaste a conocer pero, en vida de tu bisabuelo, el único Paco era él-; me encanta cómo me llamas Francis porque piensas que es como si hicieras una travesura, porque todo el mundo, para hacerte la vida fácil, me conoce ya como “el tito Paco”.

Como siempre que hablo contigo últimamente, me sorprende lo deprisa que estás adquiriendo maneras de expresarte de niña mayor. La gente, en Austria, se ríe de mí cuando presumo de sobrina, pero es que a mí me parece abracadabrante cómo los niños de la especie humana (no solo tú) aprenden en tan corto espacio de tiempo todo lo que aprenden. Que el proceso sea tan frecuente –o sea, tan frecuente como niños hay en el planeta Tierra- no le quita a mi juicio nada de magia a la cosa. Los milagros, no por repetidos, son menos milagros.

Me sorprende mucho, por ejemplo, que ya sepas leer. Aunque tú misma eres bastante modesta al evaluar  tus capacidades al respecto.

Me sorprende también que ya sumes –en Austria, los niños de tu edad, todavía no saben: aprenden en este curso- y rezo para que, con el tiempo, no te tuerzas y sigas encontrando el placer en aprender que encontrábamos tu padre y yo –y que seguimos encontrando, porque en esta vida el que deja de aprender se amuerma y, amuermándose, se muere por dentro, que es la peor forma de morirse-.

Espero, eso sí, que te libres de una tortura por la que tu padre y yo pasamos. Presas de un perfeccionismo y de una responsabilidad acaso prematuros, tu padre y yo nunca estábamos seguros de haber llegado a donde teníamos que llegar, nunca sabíamos si habíamos estudiado lo necesario, siempre nos entregábamos con desesperación al repaso de última hora, a la obsesión de haber olvidado un ejercicio que nos habían mandado los profesores y que habíamos traspapelado; con los nervios en el estómago, utilizábamos los recreos para volver sobre determinados puntos de la materia examinable que nos parecía que no controlábamos suficientemente, con la obsesión de que olvidar un pequeño detalle podía significar una nota que no estuviera a la altura de lo que esperábamos de nosotros mismos.

Aún hoy, tanto tu padre como yo seguimos siendo perfeccionistas y muy responsables (creo que esas son higienes del alma que, como otros hábitos civiles, si se adquieren en la infancia, se convierten en una segunda naturaleza) pero quiero creer que hemos aprendido a dosificar la responsabilidad y el perfeccionismo en cosas que, de verdad, merezcan la pena.

Pensaba en ello al leer que un becario alemán del American Bank, un chavalín de 21 años, había muerto tras trabajar 72 horas seguidas sin descanso. Sus jefes y sus compañeros explicaban, como si fuera lo más normal del mundo, que el caso de este chico era frecuente (aunque, a Dios gracias, nunca con consecuencias tan luctuosas): engatusados con promesas de contratos fijos, de ascensos, los jefes ejercían sobre los becarios –cerebros frescos y maleables, gente impresionable por el brillo de ciertos nombres o cargos– lo que solo puede llamarse explotación.

Sucedía así como en el timo de la estampita: en él, es tan culpable el gancho que se finge tonto para engañar al incauto, como el que va de listo y piensa en sacarse una pasta aprovechándose de un pobre bobo que no sabe lo que hace.

No solo es que no hay en la vida objetivo profesional (ni de otro tipo) que merezca la pena poner en peligro la propia salud, cuando no la propia existencia, sino que, la mayoría de las veces, esas promesas de estabilidad, ese “meter la cabeza” no son, ni más ni menos, que estafas. Alguien que piensa en ti para un trabajo estable y decente, piensa en ti para un trabajo decente y estable desde el principio (a lo más, después del periodo de prueba). El resto, son filfas.

Es como si tu novio te muele a palos y te dice que, si eres buena y te portas bien, te pegará menos en el futuro. Con gente así no hay que ir ni a la puerta de la calle.

Me gustaría, Ainara, que este fuera mi regalo de cumpleaños de hoy: respétate siempre a ti misma, nunca vendas tu trabajo por menos de lo que vale, aprende a cuidarte de los listos que hay por esta vida. Trata de juntarte siempre con gente que vaya de frente y por el camino recto hacia ti.

Con el resto, y con la mayor cortesía posible, pon tierra de por medio.

Besos, hoy mucho más especiales que cada miércoles, de tu tío.

(*) Ainara es la sobrina del autor

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