Dos historias de la guerra (I)

guerra mundialHoy, aprovechando que tenía el día libre, he estado visitando a tante Resi, esa abuela austriaca a la que tanto quiero, superviviente de un campo de prisioneros de los partisanos de Tito.

5 de Septiembre.- Ser hombre, para la cosa de envejecer, es un fastidio. Por una sabia política de la naturaleza, consolidada a través de los milenios, las hembras de la especie humana, una vez abandonan la época en que pueden dar nuevos cachorros a la manada, se reciclan en abuelas. Con las facultades prácticamente intactas, se dedican a cuidar a los niños, mientras las mujeres más jóvenes se encargan (se encargaban) de cultivar los campos y de velar por el bienestar material del grupo.

Los hombres, en cambio, una vez se nos pasa el arroz de cazar y procrear, iniciamos la cuesta abajo de la vida, veinte años antes de que nuestras señoras empiecen a sufrir los primeros problemas relacionados con la edad (si descontamos, claro está, los sofocos y esas cosas).

Siempre que voy a ver a mi tante Resi de mi alma, no puedo por menos que tener presente esta regla de la naturaleza.

Cuando yo llegué a Austria, tante Resi me adoptó como un nieto más de los muchos que tiene y yo la adopté a ella como la tercera abuela que la naturaleza no me dio la posibilidad de tener. Los dos, por algún motivo, congeniamos desde la primera vez que nos vimos, quizá porque ella es una señora que sabe lo que es pasarlas canutas (y seguramente también porque tante Resi ha alcanzado una serenidad y una lucidez que le impiden llevarse siquiera regular con nadie).

Ahora mismo, tante Resi pasa de los noventa, tiene el pelo blanco siempre perfectamente peinado de peluquería (una versión algo más sencilla de la media melena que ha llevado durante toda su vida), la piel blanca y tersa, y los ojos en dos tonos diferentes de azul. Uno más verdoso y el otro más azul cielo.

Cuando vas a verla, siempre tiene preparados, en una mesa de mantel blanquísimo y planchado impecable, los trozos de tarta a los que te convida. En el centro, un cuenco de cristal con los terrones de azúcar (y la sacarina, porque tante Resi hace siglos que no puede tomar azúcar blanco) y una jarrita de plata con la leche, y siempre tiene café que sirve en unas tazas de porcelana tan finas que casi parece que se vayan a deshacer si uno las mira.

Tante Resi te pregunta cómo te va y, al contrario que otras personas mayores, casi no habla nada de sus achaques. Como le ha tocado cuidar muchos viejos en su vida, sabe la propensión que los ancianos tienen a ponerse raros y cabezotas y ella, como es enemiga de causar cualquier tipo de molestia de ese tipo, ha ido dejando los asuntos prácticos en manos de su hijo.

A mí me gusta mucho escucharla contar historias del campo de concentración. Las historias de tante Resi son hermosas porque son como calles por las que la gente ha transitado durante muchas generaciones. Ella, además, las cuenta muy bien.

Cuenta, por ejemplo (y cuando lo hace es inevitable que se te haga un nudo en la garganta) cuando los partisanos de Tito se llevaron a su suegro en un camión. Y cómo, aquel hombre de 87 años, viudo de una alsaciana llamada Mallier (que había muerto a su vez en 1942 y no había tenido que ver aquella desgracia) la llamaba mientras los comunistas se lo llevaban a morir de consunción para luego tirar su cadáver a una zanja. “!Resi! ¡Resi!”, dice ella mientras lo explica. Y cuenta que lloraba a gritos con su niño, entonces un bebé, y hoy un septuagenario, apretado contra el pecho. Y uno, mientras lo escucha, como tiene a la familia lejos, también siente cómo los ojos se le empañan.

Tante Resi tiene también memoria para quienes la ayudaron en el campo. Por ejemplo, cuando su niño cogió el tifus. Comenta como una compañera de prisión, al ver a su hijo casi exangüe, dijo:

Estoy rezando para que el angelito deje esto atrás –muera- lo antes posible.

Ella se revolvió, desesperada:

-¡Para lo que tienes que rezar es para que viva!

Cuenta, como por un golpe de suerte, del destino, el médico vino al campo de prisioneros y preguntó si había algún miembro de su familia. Resultó que aquel hombre era el médico que había atendido a la familia de tante Resi de toda la vida, y al que los partisanos habían respetado.

Tante Resi habla de las miles de personas que esperaban a aquel médico y uno siente su desesperación con el niño febril en brazos.

-¡Pero Resi, qué hace usted aquí, mujer! ¿Y su marido?

-Ay, Doctor. Se lo han llevado a Rusia.

-¿Y el niño?

-Tiene tifus, doctor. Solo usted puede salvarlo.

Y entonces, tante Resi cuenta que el médico sacó una botella (“como de Maresi”, la leche condensada de aquí) y que echó dos cucharaditas y se las dio al crío cuidando de que nadie estuviera espiando. Luego, le dio a la madre el frasco.

-Dele una cucharada cada dos horas

-Pero es que yo no tengo reloj.

-Es igual, cuando usted crea. Pero que sea cada dos horas más o menos. Y no se lo diga a nadie, que nos fusilarían a los dos ¡Es muy importante que no se entere nadie!

Y tante Resi pasó una noche al raso con su niño, dándole de beber de la medicina milagrosa hasta que el crío sanó (le sirvió de poco, sin embargo, porque poco después cogió la malaria).

Y luego cuenta cómo, al ver los niños que se morían en el campo (las madres no los podían cuidar porque estaban haciendo faenas para los comunistas), tante Resi decidió emplear las alianzas de sus padres y el anillo de pedida, que llevaba cosidos a las enaguas para comprar al lagercommandant (al comandante del campo) y conseguir que su madre pudiera estar con su hijo.

Y cuenta también cómo la muerte de una de las cocineras de los soldados fue su salvación, porque pudo colocarse ella misma en la cocina y así, en el sostén y en un bolsillo que su madre le cosió en las bragas, podía llevarse pellizcos de sal y rebanadas de pan y alguna zanahoria con la que mantuvo a su hijo hasta que la Cruz Roja les liberó y pudieron pasar a Austria.

Tante Resi no tiene rencor contra nadie y cuenta estas cosas como gajes del oficio de vivir. Quizá por eso es por lo que yo la quiero tanto.

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