Dos grupos de Facebook. Avatares de una convivencia.
27 de Septiembre.- Mis lectores de fuera de Austria quizá no lo sepan (bueno, quizá mis lectores de dentro de Austria tampoco) pero existen en Facebook un par de grupos que empezaron siendo como salitas de estar y que hoy agrupan a casi dosmil personas. Se llaman “Españoles en Viena” y “Españoles en Austria”. Todos somos conscientes de que, de esos dosmil miembros, más o menos un tercio ni vive en Austria ni vive en Viena pero están dentro del grupo por variadas razones. Los dos grupos son cerrados, pero se admite a todo el mundo que lo solicita, salvo en casos de spam evidente.
La convivencia suele ser pacífica y, en el caso de no serlo, los administradores, velamos porque se mantengan al menos las reglas mínimas de la buena educación.
Como suele suceder en todos los negocios en los que hay personas de por medio, a veces suceden situaciones imprevisibles de las que lo único que se puede sacar, y a veces ni eso, es un post. Como hoy: un usuario del que jamás se ha oido nada (ni, por lo que parece, se volverá a oir) ha colgado una foto del cartel que anuncia el acto de fin de campaña del partido ultraderechista austriaco FPÖ.
Dado que el FPÖ es el partido que es, a los administradores se nos ha planteado la duda ¿Debíamos dejar la publicidad del partido en cuestión? Al final, hemos decidido dejar la publicidad y pedirle al miembro del grupo en cuestión que explicase por qué había colgado la foto dado que, por ser españoles, no tenemos derecho al voto en Austria con lo cual el FPÖ, aunque solo fuera por esa razón, nos debería de chupar un pie.
Hasta ahora no ha habido respuesta, pero lo del derecho al voto sí que me ha parecido un tema que es importante tratar (creo además que no es la primera vez, pero hoy me extenderé en otras consideraciones). Austria tiene una ley de concesión de la ciudadanía estrictísima. Obtener la nacionalidad austriaca es complicadísimo. Una de las consecuencias de esto es que hay muchos nacidos en Austria que llegados los dieciséis, edad en la que se adquiere en Austria el derecho de sufragio, tienen que ver cómo sus compañeros de pupitre pueden elegir sin poder tener ellos la oportunidad de expresar su opinión de forma equivalente. Se calcula por ejemplo que, de todos los nacidos en Austria que alcanzarán este año la edad de derecho al voto, 45000 no podrán ejercerlo.
En Viena yo y todos los españoles somos parte del tercio de habitantes de la ciudad que padece o se alegra con las decisiones de sus gobernantes pero que está prácticamente excluida del proceso democrático normal (vamos, podemos votar en los distritos pero esos votos no van a ningún sitio). Los politólogos y los demógrafos ya han dado la voz de alarma, en el sentido de que, si la población sigue creciendo como hasta ahora, dentro de diez o quince años el grueso del universo de electores lo van a constituir los pensionistas.
Evidentemente, esto es una gran carencia de la Unión Europea y quizá el siguiente paso que complemente la movilidad geográfica de la que ya todos disfrutamos. Una buena idea sería, como piden algunas voces que, si uno es ciudadano de la Unión, pudiera votar en aquel territorio en donde tiene su residencia fija. El criterio podría ser que hubiera pasado en ese lugar más de cinco años. A mis lectores habituales les parecerá evidente lo recto de mi parecer si les digo que a mí, francamente, lo que Mariano Rajoy pueda hacer en España me afecta poquísimo. Vamos, que no creo exagerar si digo que la política española, en estos momentos, me interesa poco más o menos lo que la británica o la francesa.
Se calcula que unas ochocientasmil personas (de los ocho millones que vivimos aquí, que es mucho) no podemos votar. Ahora bien ¿Cómo cambiaría el resultado de las elecciones si pudiéramos hacerlo? Paradójicamente, el FPÖ es sin duda el partido que más intenta convencernos a los extranjeros de que no es un partido xenófobo (a pesar de que no tengamos derecho al voto). O sea, de que solo va en contra de los “malos” extranjeros y de que los demás no tenemos nada que temer. En esta línea, el político ultra Heinz Christian Strache acomete, por ejemplo, una política activa de relaciones públicas entre los ciudadanos serbios que viven en Austria y que no pueden votar. No practican la religión musulmana, la bestia negra de la ultraderecha moderna y, por lo tanto, resultarían un electorado potencial muy atractivo si se legalizase el derecho a voto de los extranjeros en ciertas condiciones. Entretanto, el candidato de este partido al que nuestro amigo del principio parecía tener tanto cariño, no dudó en reprocharle al canciller actual que su partido, el SPÖ, hiciera campaña entre los turcos, que son mucho menos que los serbios y que no tienen derecho a voto de todas formas pero que son devotos del Corán. Paradojas.
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