Una vocación contracorriente

Wien

En un cajón del corazón, todos guardamos un sueño, una parte de la infancia que pensamos que nunca volvería. Yo, he descubierto una que creía olvidada para siempre. Y estoy feliz.

5 de Febrero.- Querida Ainara (*) : muchas veces me da por pensar que las vidas de las personas son como las ondas que se dibujan cuando se tira una piedra a una charca y que, en realidad, lo único que hacemos a lo largo de todo el tiempo que estamos aquí es girar sobre tres o cuatro cosas que forman el espinazo de nuestro carácter y la manera de ser que nos queda impresa en la infancia.

A esos círculos concéntricos que describimos les llamamos vocación (o vocaciones) y se distinguen porque son ese tipo de cosas que, generalmente, hacemos gratis o, si trabajamos en ellas, haríamos gratis si fuera menester. Pocas personas tienen la suerte de vivir de aquello para los que se sienten llamadas y, generalmente, cuando alguien con poder suficiente para hacerlo habla de “vocación” o de “tareas vocacionales” quiere decir que nos va a pagar muy poco o nada por hacerlas. Vocacionales son esos trabajos de los que el jefe piensa el solo placer de hacerlos nos compensará de los apuros que vamos a pasar a la hora de pagar las facturas y doblar el Cabo de Hornos de cada mes.

Vocacionales son los maestros, vocacionales son (somos, porque después de casi una década escribiendo día por día creo que ya lo soy) los periodistas, vocacionales somos los blogueros (yo no cobro un duro por hacer Viena Directo y, sin embargo, creo que si me pagaran no pondría más interés, ni más cariño ni más entrañas en lo que hago). Vocacionales son los médicos que aguantan nuestras miserias muchas veces a cambio de unos sueldos que darían risa si no dieran pena, y vocacionales son los actores. Esas personas cuyo oficio exige a veces, paradójicamente, aparentar que están montados en el dólar cuando, en muchos casos, el fin de la función significa para ellos irse a un bar a poner copas o, simplemente, no poder ejercer y añorar infinitamente las tablas que ya no pueden pisar porque no pueden permitirse pisarlas.

El fuego y la palabra

Mi vocación ha sido siempre la palabra. Creo que no hay nada que más ame en el mundo que comunicar y comunicarme con mis semejantes. Si miro atrás, me resulta muy fácil descubrir una senda que, como un caminito dibujado por las hormigas, recorre mi vida. Es una línea que une al niño que, junto con su hermano, grababa obras de teatro enfrente de un radiocasette Sanyo (aún existe, quizá tú llegues a conocerlo) con el jóven que se subió a un escenario (muchas veces a decir textos que había escrito él mismo) con este hombre, casi cuarentón, que ha redescubierto su pasión antígua por la radio y la voz humana.

Te confieso, Ainara que, desde que mi amigo Pedro y yo hacemos nuestro podcast todas las semanas, espero con ansiedad ese momento de ponerme delante del micrófono y decir cosas y, me encanta que me lleguen comentarios de la gente que dice que se ríe mucho con nosotros y, sobre todo, que nuestra conversación les hace compañía cuando están haciendo otras cosas, como planchar o cocinar. Tanto me gusta que, incluso, en la euforia, pensé en escribir menos para poder dedicarme a hablar más. Me disuadió un amigo el cual, como otra lectora, me confesó que ya no entiende sus desayunos sin leerse por la mañana mi post diario con el café –esas cosas son las que a uno le hacen emocionarse y lo que paga todos los desvelos y todas las cábalas y todo el tiempo que uno le da al blog y le quita a otras cosas.

Quizá, Ainara, lo que distinga a las vocaciones es que uno siempre sueña con poder dedicarse, algún día, a poder ejercerlas con comodidad, con medios, sin el impedimento que a veces constituyen los tráfagos de las diarias idas y venidas. O quizá lo que las distinga sea que son esa parte de la infinita felicidad de los juegos de la infancia que a los adultos nos está permitido vivir.

En el cajón del corazón donde guardo los mejores recuerdos de mi niñez, están esos ratos con tu padre, enfrente del radiocasette Sanyo, en donde jugábamos a ser otros, a vivir otras vidas, a ser jinetes de la fantasía. Quizá a eso se reduzca todo.

Besos de tu tío,

(*) Ainara es la sobrina del auto

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Puedes escuchar el podcast de esta semana, si pinchas en el link. Pruébalo, hombre, que me hace ilusión saber tu opinión

2 comentarios en «Una vocación contracorriente»

  • el febrero 6, 2014 a las 11:44 pm
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    Snifff… Pakito… Ay qué bonito te ha quedado este post! Menos mal que hay gente como tú! Un abrazo

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  • el febrero 9, 2014 a las 12:03 pm
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    Gracias por el post. De hecho, ese viejo radiocassette lo tengo yo. Aun recuerdo como haciamos la tormenta con una radiografia o el sonido de un caballo acercandose con unos cuenquitos, snif …

    Respuesta

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