La lección de Maidán

UcraniaA raíz de un corto viaje, el año pasado, una parte de mi corazón se quedó en Ucrania ¿Qué podemos aprender los españoles de los sucesos de los últimos días? A mi juicio, mucho.

23 de Febrero.- Querida Ainara (*): un amigo mío se muere de risa cuando dice que yo no tengo un blog, que tengo un periódico. Puede ser que tenga razón. Y también es cierto que, por alguna razón, tengo una especial habilidad para ir “de corresponsal” a sitios en donde, más tarde o más temprano salta la noticia.

En los últimos días del verano del año pasado hice un viaje cortito pero muy placentero a Lviv, antiguamente Lemberg, en Ucrania, y tuve ocasión de hacer muchas fotos y de comprobar lo noble, lo majo y, por qué no decirlo, lo maravillosamente loco, lo exhuberantemente majara que está el pueblo de ese país hermoso.

Descubrí que las gentes de Ucrania son más parecidas a los españoles de lo que hubiera podido pensarse y, desde entonces, quizá porque, a pesar de la brevedad del contacto, parte de mi corazón se quedó en Lemberg, sigo con interés y con preocupación los avatares políticos de ese trozo de planeta que, como aquel que dice, tenemos los europeos a la puerta de casa.

Mis anfitriones durante aquel viaje pertenecían a la escasa clase media del país y eran, como suele suceder entre los ciudadanos de Lviv, más “proeuropeos” que “prorrusos”. De hecho, los ucranianos con los que hablé se sentían orgullosamente europeos y no entendían por qué otros “hermanos” suyos de los países eslavos habían entrado en el club de la Unión y a ellos se les marginaba. También coincidían en algo que es evidente para todo aquel que tenga ojos en la cara y es que, de entre todos los gobernantes que afligen a sus pueblos en este principio de siglo, es Putin uno de “los más peores”. Por frío, por despiadado y por representar todo aquello contra lo que los europeos llevamos siglos luchando y en lo que, según parece, la crisis nos va a hacer volver a caer: la xenofobia, la tendencia al poder omnímodo y personal y ejercido de manera autoritaria, la mezcla casi nunca decente de la religión en los asuntos del Estado, en fin, tú ya me entiendes.

De mis memorias del camino hacia la hermosa (aunque algo desconchada) ciudad de Lemberg me quedan los paisajes de la región de Transcarpatia, las pilas de heno secándose al sol en interminables campos verdes, las cúpulas de latón de las iglesias ortodoxas refulgiendo a un sol poniente de color miel, los carros tirados por caballos, la niebla que se levantaba al atardecer, cuando la gente encendía sus hornillos de leña o de carbón pero también, menos románticas, las enormes imágenes de Julia Timoschenko, salvajemente “photoshopeada” para parecer una princesa de los hielos que hubiese caido en manos de un encantador malvado.

En los medios –sobre todo en nuestros medios europeos- con frecuencia se representan los sucesos de Ucrania como la lucha de un pueblo oprimido contra el malvado y corrupto Victor Janukovitsch y sus secuaces (algo de eso hay: de hecho, la chispa que encendió la gasolina de las protestas fue que el susodicho Janukovitsch decidió hacerle un corte de mangas a la UE y decirle a Putin “qué bonitos ojos tienes”). Sin embargo, el fondo de la cuestión, aparte de la lucha de la UE y Rusia por las materias primas ucranianas, es una profunda y duradera crisis económica que el país arrastra desde la caida de la Unión Soviética y que ha destruido la clase media ucraniana.

La clase media de un país es vital para su estabilidad. Cuanto más ancha, más estable y más sana se encuentre, mejor. En España, fue la clase media naciente la que terminó, gracias a Dios, con el momio del franquismo, que empezó en sangre y terminó en el mismo tedio temblón del dictador. Es la clase media la que puede pagar una educación decente para sus hijos, que les impida caer en los extremismos. Es la clase media la que fomenta el debate, la que llena los teatros, la que compra libros, la que mantiene viva la cultura de un pueblo.

En Ucrania, prácticamente no hay clase media, y se nota. De Yanukovitsch, han pasado a Timoschenko (aún no,pero llegará); los partidarios del presidente depuesto se han apresurado a hacer demostraciones públicas de conversión a la nueva fe y todo el mundo parece dar por sentado que, muerto el perro (con perdón) se terminarán las rabias de la corrupción, del nepotismo, de la esclerotización del sistema, de los servicios públicos que no funcionan.

¿Será así? Yo tengo mis dudas. Hasta que los ucranianos no consigan –con ayuda externa pero, sin falta, por propia voluntad– construir una clase media que convierta a un país tan hermoso en algo más que el juguete de los buitres que quieren sus fértiles tierras o sus materias primas, viviremos estos movimientos pendulares una y otra vez.

¿Qué podemos aprender de Ucrania? A mi juicio, los españoles, muchísimo. Y los europeos, también, aunque no estén directamente afectados.

La crisis, los llamados “recortes” que siguen pagando y pagarán siempre los mismos, la concentración de las rentas con el beneplácito y la colaboración del Gobierno en los tramos de más ingresos,la pérdida de derechos de las clases trabajadoras hasta límites vergonzosos que alcanzan la desprotección total en casos tan dramáticos como padecer una enfermedad grave, han minado muchísimo lo que antaño fue la riqueza más importante de España y la garante mejor de su estabilidad política y económica: la ancha clase media.

¿Puede ser España Ucrania alguna vez? Sí. Si la distancia entre la calle y el país del que se habla en el Parlamento sigue aumentando, si la gente solo encuentra refugio en charlatanes que les ofrecen milagros basados en leyendas y en falseamientos de la Historia, si se deja que la Cultura nuestra, tan fértil, se agoste; si la educación sigue convirtiéndose en derecho de los pudientes y en rehén de grupos religiosos o politizados.

Todo eso, hoy por hoy, ya está en marcha. Y es triste decir que España está, también, de camino a Maidán.

Besos de tu tío

(*)Ainara es la sobrina del autor

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