Puber ya no pinta, Viena respira aliviada

grafitisHoy, la policía ha detenido a uno de mis convecinos más plastas. Sirva este post para testimoniar mi alegría y la de la gran mayoría de mis conciudadanos vieneses.

6 de Marzo.- Hay un tipo de fenómenos de la cultura popular que comienzan en la marginalidad, adquieren fuerza y, llegados a un determinado punto, colonizan sectores de la sociedad más elevados. Cuando llegan a ese punto, suele ser por obra de un genio que los “transforma” o los “sofistica” o los “purifica” convirtiendo, lo que era originalmente una forma de expresión torrencial en algo que también puede apreciar gente más exigente. Así pasó, por ejemplo, con el tango. El baile prostibulario de principios de siglo tuvo que encontrar a un poeta absolutamente genial, Alfredo Le Pera, y a un intérprete privilegiado, Carlos Gardel, para poder traspasar la frontera que separa la auténtica expresión artística de “lo otro”.

El otro día, se me escandalizaba una lectora de que yo dijera que el Hip-Hop me parecía una tontería (otra lectora, menos sutil que yo, calificó a este fenómeno dizque musical de “caca de la vaca” y esto, que conste, no es otorgar, sino simplemente referir). Es obvio que el Hip-hop no ha encontrado a su Le Pera. A mí, otra cosa que me parece francamente pueril (y lo siento, porque es quizá el signo más evidente de que me estoy haciendo viejo) es la cultura del grafiti y todo lo que la rodea. Esos pactos de silencio infantiles, ese protocolo del te pinto, me pintas. Qué gente más cansina. Los grafiteros, con esa insistencia de firmar sobre las fachadas y las paredes, me recuerdan mucho a esa etapa de la infancia en que todos nos dedicamos a practicar nuestra firma y a quedarnos extasiados con las vulgaridades y los caracolillos que se nos ocurrían para adornarlas. Suele ser, si bien se mira, un proceso por el cual el indivíduo busca afirmar su propia personalidad frente a los otros. Firmar una y otra vez no es más que el indicio más fehaciente de que a uno no le han crecido los vellos en los lugares en donde los tenemos los adultos (por lo menos en la psique) ¿Quién quiere vivir con un niño eterno? Una pesadez.

Hoy, tras varios meses, la policía ha detenido a uno de los indivíduos más plastas de Viena: se trata de Puber, un grafitero suizo que ha dejado su marca en cientos de fachadas vienesas. Una marca, la verdad, que no tiene nada de especial (si por lo menos tuviera un poco de gracia, pero es que ni eso, “Puber” y sanseacabó). Medios vieneses informan que la policía ya había tenido contacto con Puber hace un tiempo y le había dicho que, si no seguía haciendo el cafre, estaban dispuestos a olvidar el caso. Sin embargo, esta generosa oferta no hizo sino inflar el orgullo de nuestro grafitero (debió de interpretarlo en clave Putin, o sea “me tienen miedo”). Así pues, Puber no solo siguió pintando, sino que se hizo una foto con un gorro con algo puesto en la cabeza en donde podía leerse “Ich bin Gott, du schwuler” (yo soy Dios, maricón). Este es el nivel.

El tal Puber debe de ser un tipo bastante insoportable porque, ha sido detenerle, y sus compañeros de piso han rajado de lo lindo a propósito de él. Han contado, por ejemplo que, si bien la actitud de los medios era bastante crítica con él y denunciaban su manía de enguarrinar paredes (denuncias que Puber interpretaba como ataques personales y que le hacían ir a pintar con su nombre las fachadas de las publicaciones que le ponían verde) en los medios anarquistas Puber era un Dios –lo cual da idea también del nivel de los medios anarquistas ¡Qué fue de Enricco Malatesta!– y le habían entrevistado en varios medios underground. Parece ser que, cada vez que estaba triste porque la firma no le había salido bien, este hombre se ponía la entrevista, para recordarse a sí mismo que era alguien importante.

¿Qué será ahora de él? Pues probablemente le caerá una buena multa. Y también podían ponerle a limpiar lo que ha ensuciado a ver si así escarmentaba un poco.

Aquí, por cierto, la noticia en alemán. Para quien quiera practicar y enterarse de más cosas que a mí, por espacio, no me caben.

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