¿Qué tienen que ver Russel Crow y Adolfo Suárez? En el siguiente artículo encontrarás la respuesta, pero también muchas preguntas.
9 de Abril.- Querida Ainara (*) : ayer estuve escuchándote mientras hacías los deberes ¡Qué bien lees! ¡Cómo escribes! (aunque no podía verte, estoy seguro de que lo haces con “letra preciosa” como te pide la maestra), qué bien me contabas las aventuras de “la gallina Serafina”. Ay, qué pasión de tío me embarga cada vez que te escucho adentrarte por ese bosque frondoso de las letras en donde tan bien y tan cómodo me siento.
Noah/Noé
El otro día, querida sobrina, fui a ver una película malísima: Noah (o sea, Noé). No soy especialmente fan de Rusell Crow, el actor protagonista y, francamente, cada vez tengo menos paciencia con las películas grandilocuentes; lo mismo podría decirte de las películas que tratan la mitología religiosa como hechos sucedidos de verdad (aunque es cierto que, por lo menos esta vez, nos han ahorrado la voz campanuda de Dios en off), así que me enfrenté al visionado de la cinta con toda la paciencia de la que pude disponer.
Noé, como ya supongo que sabrás, trata del personaje bíblico. Por si acaso, te resumo: el mundo es un sitio lleno de pecado –en la película, el pecado es la destrucción de la naturaleza y, para contentar a los sectores más ultras, el folleteo a calzón quitao-. Visto el panorama, a Dios Padre se le hinchan las narices y, tras localizar a la única persona salvable de la Humanidad –Noé, claro-, le comunica sus planes:
-Mira Noé –le dice-voy a hacer llover sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches, a ver si elimino ya a esta peste de seres humanos que me ha dejado el planeta hecho una porquería. Así que, “ves”, coge, construye un barco enorme y mete en él a una pareja de animales de cada especie –en la Biblia, Dios Padre se hace un poco de taco, porque en un párrafo dice que “una pareja de animales de cada especie” y, acto seguido dice “siete parejas de animales de cada especie”; con las moscas, pase, pero para meter catorce elefantes en cualquier sitio, muy grande tenía que ser la barca de Noé-.”
En fin, que llueve que te llueve, los impíos cascan ahogados y, una vez el arca toca tierra en la cima del monte Ararat, Noé da suelta a los animalicos y funda una nueva estirpe de la que, según creen muchas personas –particularmente en las áreas más fundamentalistas de los Estados Unidos- descendemos todos.
La realidad fue, claro está, muy diferente. Según los estudios más modernos, el Noé histórico debió de ser un caudillo de la edad del bronce y su peripecia, combinada con el suceso de una gran inundación que, por supuesto, no fue universal pero que sí que debió ser gorda para formar parte de las mitologías de la zona –el Noé mesopotámico se llamó Gilgamesh– fue compilada más o menos a la altura en que el pueblo de Israel pasó su cautiverio en Babilonia.
Los mitos fundacionales
Después de soportar la turra de la película y de consolar a quien me había convencido para entrar a verla –en el pecado llevó la penitencia– yo me puse a pensar que una de las constantes del ser humano como especie es la necesidad de estos mitos fundacionales.
Detrás de cada entramado nuestro, hay un padre al que una fuerza superior le indicó que debía moverse para llevar a cabo una fundación –naturalmente, todos los discípulos quieren ver a Dios detrás de todas las fundaciones, porque desde más alto no puede llegar la orden-. La historia, con leves matices, se repite a través de los milenios. De Noé, a Escrivá de Balaguer, pasando por Lenin. De Jomeini a Abraham Lincoln. De Jesucristo al Che Guevara. Los ejemplos son incontables.
Por el camino, el “padre fundador” pierde en humanidad lo que gana en fulgor mítico hasta que, como una moneda que se gasta al pasar de mano en mano, la persona original queda completamente disuelta en el personaje y, por lo tanto, irreconocible.
Este proceso tiene otro efecto colateral y es que la “fe” en el personaje que ocupa la cúspide de la pirámide se convierte en un elemento decisivo para la cohesión y la estabilidad del grupo, ya que los miembros del entramado se reconocen en esa creencia.
Y cualquier ataque a ese ser mítico, de fulgor en apariencia inmarcesible, se convierte también en un ataque mismo al grupo, porque es un ataque a su razón de ser.
Esta semana, nos hemos enfrentado a un fenómeno semejante.
Una periodista española, Pilar Urbano –la única escritora del mundo que, siguiendo las recomendaciones de la Academia, llama “aeromozos” a lo que todo el mundo llamamos “azafatos”– ha publicado un libro sobre Adolfo Suárez.
En este libro, Urbano no dice nada que no hayan dicho otros antes que ella. Sin embargo, el innegable –aunque algo marujil– talento plástico de la escritora vuelve a los personajes históricos personas “normales” y, por lo tanto, los separa del carácter de mascarones de proa, hieráticos, siempre con todo bajo control, al que los relatos de la Historia nos tienen acostumbrados.
El poder distorsionador de la realidad de estas personas “míticas” es intensísimo y hay mucha gente a la que “mentarle al padre” significa un ataque directo, aunque a las personas nos parezca natural ver a Su Majestad el Rey, como lo que es: un señor anciano que, en sus verdores se iba de picos pardos con otras para desesperación de su señora; que en política no las tenía todas consigo, sujeto de miedos, de inseguridades y de vacilaciones –se me olvidaba decirte que, un ingrediente fundamental del mito es que la Obra final ya estaba terminada en la cabeza del fundador antes de llevarla a cabo-. También Suárez sale cambiado –y beneficiado- de este baño de humanidad y se convierte en lo que probablemente fue: un hombre ambicioso que quería remontar unos orígenes humildes o, por lo menos, conservar la dignidad después de ser casi universalmente denostado.
El hijo mayor de Suárez, que también lleva su nombre, se ha erigido en guardián del culto. Para él, cuya trayectoria no es, ni de lejos, tan brillante como la de su progenitor, reivindicarle es también autoreivindicarse. Como para todos nosotros cuando nos tocan “al padre” de según qué instituciones de nuestra incumbencia.
Besos de tu tío.
(*) Ainara es la sobrina del autor
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