Una peregrinación al Fleischmarkt

Film Casino en VienaUna vez recuperada la normalidad, “republicamos” la entrada de ayer. Mientras VD no ha estado disponible, mis lectores han podido encontrarla en la página de FB de Viena Directo.

24 de Octubre.- Pueden creerme mis lectores si les digo que no soy especialmente mitómano. Se me curó, supongo, trabajando en la tele. Ibas a la cafetería a comerte un bocadillo de pan con tomate y jamón de pata negra -¡Ay, aquellos inolvidables bocatas de la tele!– y, por el camino, te encontrabas con un ayudante de producción –also known as “botijero”- que llevaba a un viejecito renqueante hacia la puerta, para que un taxi se lo llevara, a su vez, a su casa. Y resultaba que el viejecito acezante era Di Stefano. O acababas de trabajar y te encontrabas al salir con una señora bajita y bastante cabezona (con perdón), con la melena muy cardada, como de frutera de mercado de barrio, y resultaba que la frutera era Rocío Jurado.

Vistos de cerca, los ídolos de uno –y mira que a mí me ha gustado y me gusta Rocío Jurado- encogen hasta quedarse en personas normales. Unas personas en las que, si uno no supiera que son capaces de llenar estadios o de hacer que las vean millones de personas por televisión, uno ni se fijaría por la calle.

La gente que no ha trabajado en la tele (el 99.9% de la Humanidad) no es consciente de esto. Aunque yo diría que, en la mayor parte de los casos, no ven al famoso que sea, sino que perciben lo que podíamos llamar la luz que depositan sobre él los ojos que le han visto y que le verán. Es una cosa de la que el famoso es consciente y que da a sus movimientos una calidad especial. Como de estar y no estar, como de ignorar que le están viendo pero, al mismo tiempo, saberlo perfectamente y utilizar ese poder para conseguir una mesa mejor en un restaurante o para convertir en ventaja eso de que a uno ya le conozcan.

Yo, muy pocas veces me he acercado a un famoso para hablarle y menos para pedirle un autógrafo. Ni en la tele, ni fuera. Y eso que me he encontrado a muchos. A Almodóvar, por ejemplo, le tuve a dos palmos de distancia en un semáforo del Círculo de Bellas Artes de Madrid y tengo que decir aquí que iba muy serio porque, francamente, debe de estar hasta la peineta de que le paren por la calle cogiéndole el número cambiado –Almodóvar es un hombre que, en contra de las apariencias, es la razón hecha persona y posee una formalidad alemana en el trato- ¿Soy yo fan de Almodóvar? Hasta la muerte. Pero no le dije nada.

Yendo un día por Madrid con un amigo, sin embargo, me crucé por la calle con el escritor Eduardo Mendicutti, que es un hombre muy normal también (los escritores, la verdad, solemos ser personas muy normales e incluso borrosas: por eso nos metemos a trabajar con la palabra: para engatusar con ella y lograr con un adjetivo lo que no podríamos conseguir con nuestros cuerpos gloriosos).

Pues bien: mi amigo y yo nos acercamos a Mendicutti y, con la emoción temblándome en la garganta, este servidor de todos sus lectores, le dio las gracias. Mendicutti se quedó algo sorprendido y yo le di las gracias por todo lo que me había reido con sus libros, por El Palomo Cojo, por Los Novios Búlgaros, por Una Mala Noche la Tiene Cualquiera ¡Tantas y tantas carcajadas! ¡Qué maestría tiene Mendicutti para los dobles sentidos! El escritor andaluz se nos quedó mirando a mi amigo y a mí (mi amigo, que tiene la misma capacidad de Mendicutti para hacer reir, me miraba a su vez extrañadísimo de verme tan “embarcado” de emoción). Mendicutti no nos quitaba ojo, sin duda algo decepcionado, quizá porque no le hubiéramos abordado con fines más galantes pero lo cierto es que, una vez estrechada la mano del autor, nos perdimos en la noche madrileña y Mendicutti se fue, supongo, a su casa o a llamar por teléfono a Almudena Grandes, a quien le une una íntima amistad, y a contarle que dos veinteañeros le habían abordado por la rúe animados por el más santo de los propósitos, que es el de dar las gracias por una merced recibida.

Trabajando en la tele, un día, vi por los monitores –en la tele hay un monitor cada dos pasos- que Imperio Argentina estaba recibiendo la nacionalidad española –se la dio el Gobierno de Aznar-, y ahí sí que no lo pude evitar. Hice una pausa dando una excusa –me dio vergüenza, la verdad, contar el auténtico motivo de mis diez minutos de ausencia- y bajé a toda prisa las escaleras para llegar en el momento justo de ver a Imperio Argentina –Magdalena Nile del Rio- salir del estudio apoyadita en un bastón y acompañada por un señor bastante mariquita. En esta ocasión, me dio pudor acercarme, la verdad. Uno no se acerca a la Historia que anda para decirle buenos días qué tal está usted Morena Clara. Así que la vi alejarse por el pasillo hacia la calle castellana y allí fue todo. Adios Imperio, adios.

A pesar de lo que precede, de mi falta de mitomanía, mañana mismito me voy a acercar al Fleischmarkt -¡He pasado tantas veces por delante y no lo había visto!-. Frente al número siete hay una tienda de aparatos fotográficos de segunda mano delante de cuyo escaparate me he parado miles, pero miles de veces. Enfrente, una placa discretísima recuerda que, en esa casa, vivió durante una década uno de mis directores favoritos. Esa calle, cambiada seguramente, esa casa (sin duda no ya la misma, la Segunda Guerra Mundial pasó por ella) fue la dirección de Billy Wilder durante algo más de 3600 días, entre 1914 y 1924, entre los ocho y los dieciocho, momento en el que se fue a Berlín, a mirarnos a todos con aquellos ojitos desencantados que lo mismo filmaron a Gloria Swanson que a Shirley McLaine. Iré y tocaré la placa conmemorativa que tantas veces he mirado sin ver, y lo haré suavemente, como se acaricia la tumba de un familiar, con dedos temblorosos y una furtiva lágrima en los ojos, porque Dios es difícil de entender y las motivaciones de sus actos y de los nuestros son abstrusas, pero para eso, para explicarlas, nos mandó a Billy Wilder, el vienés-no-vienés más inteligente y más moderno del siglo XX, a la tierra.

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