2 curiosidades y media sobre Austria y Maria

MariaHoy, se ha celebrado la festividad de la Inmaculada. Una ocasión pintiparada para contar algunas historias que relacionan a Maria y a Austria.

8 de Diciembre.- Hoy, los católicos celebran la festividad de la Inmaculada, concepción de Maria. Y todos, los que creen y los que no, han aprovechado este día para acortar un poquito esta semana que empieza y alargar el fin de semana que dejamos atrás.

No debe confundirse esta creencia con lo que sostiene la Iglesia católica en cuanto a las peculiaridades del nacimiento de Jesús, esto es, que Maria permaneció virgen antes, durante y después del alumbramiento de su hijo.

La inmaculada concepción de María es el dogma que sostiene que María, al contrario de todos nosotros, pobres pecadores que vagamos por este valle de fábricas de tristeza, vino al mundo sin la mancha del pecado original , el de Adán y Eva y la Fruta del Árbol del Conocimiento, del Bien y del Mal (una fruta, por cierto, que no se sabe cuál es, porque el árbol del conocimiento fue una especie limitada a un solo ejemplar –no hay más que ver cómo está el mundo- pero que suele representarse con una tan centroeuropea como la manzana).

Por eso hoy, contaremos algunas curiosidades sobre Austria y María, que esperamos que interesen a los lectores de Viena Directo:

Primera curiosidad:

a los austriacos les choca mucho que nuestras mujeres se llamen no Maria, sino con la particular advocación del lugar en que nacieron, o aquella que a la fantasía de sus padres les pareció más poética. Flipan, pero flipan, cada vez que uno les traduce los nombres. Y mira que los hay jipis, preciosos, y para todos los gustos. Montaña (por la Virgen del mismo nombre), Piedra (por la Virgen de la Piedra Escrita), o Rocío, o Henar hasta llegar a, como dicen los tontos, “un largo etcétera”. Les hace mucha gracia trasponer el mismo sistema a las vírgenes austriacas y pensar que, de implantarse aquí, habría por estas calles chicas que se llamarían “Zell” (Celda o, más científicamente, Célula) o “Taferl” (Mesa). Por poner solo dos ejemplos.

Segunda curiosidad:

en Austria, precisamente en un santuario mariano, hay una placa conmemorativa que, hoy por hoy, no sería posible según el marco legal español. Y así, en el precioso santuario de Maria Zell (centro de peregrinación no solo de los austriacos católicos, sino de todos los pueblos eslavos que consideran a la Virgen Maria de Maria Zell su patrona) hay una placa conmemorativa en la que se menciona el nombre de Francisco Franco (ver prueba gráfica adjunta). Data de 1957. En la misma iglesia (bellísima) también puede verse una imagen de la Virgen de Montserrat.

Tercera curiosidad:

no directamente relacionada con Austria, por cierto, pero muy importante para toda su historia durante la segunda mitad del siglo XIX. El papa que declaró el dogma de la Inmaculada concepción fue Pio IX. Este papa, cuyo pontificado es el más largo de la historia de la Iglesia católica –quitando el de San Pedro, del cual no se sabe exactamente cuánto duró- tuvo dos etapas. Una primera, progresista que duró desde el principio de su pontificado, entre 1846 y 1848, en la que incluso, instituyó en los territorios que gobernaba el sufragio censitario y creó, dentro de sus posibilidades, algo parecido a un parlamento. En 1848, sin embargo, estalló la revolución y se proclamó en Roma la República.

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Pio IX tuvo que huir de la ciudad disfrazado de monje (en 1848, también en Austria, por cierto, se proclamó una revolución que terminó con la subida al trono del emperador Paco Pepe). Para recuperar el mango de la sarten en sus estados, el papa pidió a lo que, entonces, eran los baluartes del catolicismo: entre ellos a la pobre y menesterosa España, y a Austria, que también tenía lo suyo. Sea como fuere, volvió el papa a su sede y a partir de ahí llegó Paco con la rebaja. Como un Dr. Jekill que se transformara en Mr. Hyde (o un hombre acojonadito perdido que quisiera evitar sufrir más percances de los que había sufrido) Pio IX se dedicó a reforzar el poder del papado y, al hacerlo y como daño colateral, hizo enormidades por fomentar el divorcio que existe hoy entre la Iglesia y la modernidad. No solo se sacó de la manga el dogma de la Inmaculada concepción, sino que también promulgó el de la infalibilidad pontificia (que no es, como suele interpretarse, que el papa nunca se equivoque, sino que el Espíritu Santo le asiste cuando habla ex cathedra, lo cual sucede, afortunadamente, pocas veces). También convocó el Concilio Vaticano I y, en los ratos que le sobraron, escribió la encíclica Quanta Cura, que lleva como apéndice el célebre Syllabus (por Syllabus Errorum , abreviatura en latín de “Resumen de los Errores de Nuestro Tiempo”) en el que Pio IX condenó cosas como la libertad de culto, de pensamiento, imprenta o conciencia, o la separación de la Iglesia y el Estado, o el no sometimiento de la inteligencia al magisterio de la Iglesia. Un angelito, el hombre.

De esto viene, por cierto, lo de “Ave María Purísima/Sin pecado concebida” que aprendimos todos de niños y que, algunos tunantes, cambiaban por “Sin pescado en la cocina”. Malos que son los niños de la infancia.


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