Lo moderno

Vestigios de AdolfSucesos de los últimos días me han hecho pensar mucho en la modernidad y en lo que significa para grandes masas de personas.

14 de Enero.- Querida Ainara (*): sucesos de los últimos días, me han hecho pensar en lo que significa moderno.

Moderno, según el diccionario, viene del latín modernus (o sea, casi literalmente, “al modo de hoy”).

En las últimas dos décadas, el ritmo de la Historia parece haberse acelerado al mismo ritmo en que se ha acelerado el progreso tecnológico (descontando, naturalmente, la sensación que, en cada época de la Historia tiene la Humanidad, de estar viviendo un momento crítico). El mundo se ha hecho muchísimo más complejo en muy poco tiempo. Internet, como todo el mundo sabe, ha supuesto una revolución. También en el pensamiento, como es natural. El que la información esté disponible en tiempo real, la forzosa horizontalidad a la que se han visto abocadas las relaciones sociales, la pérdida de “misterio” y de “aura” de las instancias que, no hace tanto tiempo nos parecían sagradas o intocables y que, como tales, dictaban lo que estaba bien y lo que estaba mal, han hecho que cunda la inseguridad en grandes capas de la población, porque el ser humano necesita (todos necesitamos) de asideros indiscutibles a los que agarrarnos.

La modernidad siempre implica necesariamente que hay gente que se queda fuera de esa modernidad, porque, simplemente, llega un punto en que esa gente deja de entender lo que sucede a su alrededor y esa falta de comprensión es muy angustiosa. En ese sentido, la modernidad es cruel porque es excluyente ya que, como luego explicaré, solo se puede ser moderno en contraposición con otra cosa. Efectivamente: moderno se puede ser solamente por contraste y, para que haya un moderno, tiene que haber uno que se haya quedado sin serlo.

Los pintores del cuatrocento eran unos modernos de mucho cuidado porque, en la Italia del Renacimiento, lo distinto, el quiebro radical con la tradición, era recuperar las esencias del arte antiguo, desterrar a Dios del centro de la creación en donde la Edad Media le había colocado y poner al Hombre, en toda su plenitud, en el centro del arte y de la arquitectura. Lo mismo que, al principio del siglo XX, la modernidad consistió en arrumbar todo el aparataje nacionalista y ultrarreligioso que había servido de soporte a la carnicería de la primera guerra mundial y luchar contra un corsé de normas sociales que había conducido al mundo a la catástrofe. Lo antiguo era la paz de las aguas estancadas, el orden estrecho y represivo que había surgido tras la derrota de Napoleón y, por lo tanto, como si se tratase de una fórmula matemática, lo moderno fue la experimentación, el inconsciente, la liberación de lo que todos llevamos en el interior del alma. Lo moderno fue, en muchos sentidos, hijo de Viena.

Naturalmente, de esta pelea entre lo moderno y “lo otro” (porque no se puede llamar “lo antiguo” porque lo antiguo, en cierto modo, como ahora explicaré, nunca existió y porque el término «antiguo» no cubre exactamente el país de significado de esta tendencia retrógrada) naturalmente, decía, de esta pelea lo peligroso es lo que engendra, ya que las personas que no se sienten “modernas” que no pueden entender las “nuevas corrientes”, no se quedan quietas, claro.

La inseguridad que les produce no poder leer la realidad, o poder hacerlo de una manera incompleta, les produce una quemazón lacerante en el alma que las vuelve, desgraciadamente, agresivas. Como se miran en la modernidad y no se reconocen, la solución que adoptan es la de romper el espejo.

Las personas que no entendían el mundo cambiante de los años veinte inventaron una arcadia feliz a la que volver. Una arcadia que nunca había existido en realidad, salvo en los folletos que Hitler leía cuando era un pobre diablo que vivía en Viena y pasaba más hambre que el perro de un ciego, pero que resultaba tranquilizadora quizá porque ofrecía cuatro puntos cardinales claros: quienes son los buenos (naturalmente “nosotros”), quienes son los malos (naturalmente “los modernos”, cualquier cosa que oliera a vanguardia o progresismo, hasta el punto de que un grito famoso del fascismo español fue el “muera la inteligencia”), cuál es el papel de los hombres (la virilidad agresiva) y cual es el papel de las mujeres (o bien la belleza a la que adorar o bien la madre engendradora de hijos).

Una vez obtenida esta ecuación, los excluidos de la modernidad se esforzaron, con la mayor efectividad, en destruir todo lo que se salía de esa arcadia, como científicos locos que decidiesen hacer desaparecer todos los datos que no confirmasen sus teorías.

A aquella orgía de bestialidad, de asesinato y de destrucción, la historia la conoce como fascismo. Pero no hay que olvidar, Ainara (los modernos tienden a olvidarlo y a confiarse) que fascismo y modernidad son dos hermanos que van cogidos de la mano. O mejor, que el fascismo es un tumor, un cáncer, que aparece en el cuerpo social (con distintos nombres, en todas las épocas) cuando aparece una corriente que rompe demasiado con la cantidad de información nueva que la sociedad está preparada para digerir.

Y, por lo que parece, la Humanidad todavía no ha encontrado una terapia efectiva.

Besos de tu tío

(*)Ainara es la sobrina del autor


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