Un viaje en el metro de Viena

Metro¿Te vienes conmigo a trabajar? Un trozo de vida.

24 de Febrero.- Metro de Viena. Algún punto de la red. Ocho de la mañana y diez minutos. Estado de la mar, llana.

El bloguero va a trabajar. El metro llega a su parada lleno hasta los topes. No cabe un alfiler. El bloguero consigue hacerse un hueco. Llueve en Viena. El bloguero lleva el paraguas encajado entre las piernas (el mango le da en un punto que puede amenazar las posibilidades que le quedan de ser padre). A su lado, un hombre musulmán, procedente de los Balcanes (ojos azul pálido, barba recortada peculiar de los de su religión) lleva a la espalda una mochila con forma de caja gris ( el señor musulmán es obrero de algo y lleva las herramientas a la espalda).

Al llegar a Karlsplatz, nudo de la red vienesa, el vagón de metro casi se queda vacío, por lo cual este servidor de todos sus lectores puede sentarse (el bloguero va siendo ya un señor de una cierta edad y tampoco le apetece escoñarse en ninguna curva del ferrocarril suburbano). Cerca del bloguero, se sientan tres o cuatro zagales, presuntamente unidos por lazos de amistad. Cuando uno tenía su edad, hablaba con sus colegas. Ahora, los tres o cuatro miran el telefonino concentrados y, de vez en cuando teclean con el pulgar ¿Se estarán comunicando entre ellos de alguna manera telepática? Imposible saberlo.

En el asiento de al lado, alguien ha dejado un periódico gratuito. Es el famoso “Joite” que hace las delicias de grandes y pequeños. El Joite es como el Marca: mucha foto y muy poco texto. Y tiene la misma profundidad. El Joite libra todos los días una guerra sin cuartel contra la inteligencia. Hasta ahora la ha ganado siempre el periódico. El bloguero suspira.

En la portada del “Joite” sale una señorita con pinta de alquilarse para soñar (por horas y no baratas, precisamente). Se trata de una hembra de la especie humana que lo único que ha hecho en la vida ha sido ser novia de Cristiano Ronaldo. Vaya por Dios. El bloguero hace repaso de las cosas que le ponen más del hígado de Cristiano Ronaldo. Son principalmente dos:

-Que le llamen “ceerresiete” (es un apodo feo, no sé, sin gracia, sin ná…Aunque bueno, en el planeta fútbol ya se sabe) o “Cristiano” (no sabe qué es peor) y

-Que Cristiano lleve las cejas depiladas con tanta saña (al bloguero le dan dentera los hombres a los que se les nota excesivamente que se depilan las cejas)

El bloguero pasa (muuuuuuuy ampliamente, además) de la que, durante toda su vida (o, por lo menos, mientras los medios se acuerden de ella) será la ex de Ronaldo y se concentra en las otras noticias.

Un niño ha muerto en Berlín de sarampión y, como la mariposa que desencadena las tormentas, ha producido una pequeña polémica en Austria (polémica cuyos ecos, lejanos, ya le habían llegado al bloguero por otras vías).

Parece ser que hay cenutrios (y cenutrias) que se niegan a vacunar a sus hijos contra las enfermedades más comunes en la infancia. Es una moda como otra cualquiera que tiene exito particularmente entre los padres más instruidos (¿Será –se pregunta el bloguero- que tener más títulos nos vuelve más tontos?). Los reacios a vacunar a sus hijos aducen varios motivos, algunos porque dicen que es una vergüenza que las compañías farmacéuticas ganen dinero con las vacunas y dicen también que son las propias farmacéuticas las que atizan el fantasma del miedo para vender más. Los hay que se amparan en dudosos estudios sobre efectos secundarios y los hay, y son los más tontos de todos, que se amparan en estudios pseudocientíficos sacados del Doctor Google y que tienen menos fundamento que los consejos que da por la tele Mariló Montero (esa señora que el otro día dijo que oler limón previene el cáncer). Y ya es decir. Uno ha conocido a una persona que sostenía (en serio) que con las vacunas le inoculan a los niños chips con los que someten a las criaturas a ignaros experimentos. Dicha persona tenía un título universitario, lo cual hace pensar en qué manos estamos.

El bloguero debe dejar lectura tan entretenida para hacer transbordo. El bloguero sale del vagón de metro y se enfrenta a una multitud seria. Hay en las estaciones del metro vienés un silencio peculiar que se acentúa cuando el tiempo, en el exterior, es ceñudo y el cielo tiene color panza de burra. El bloguero no es inmune a estos efectos de la meteorología y, para tratar de conjurarlos, lleva en el mp3 una batería de canciones que le ponen de mal humor. En el momento en que se sube a su segundo metro del día va escuchando una rumbita de Los Delincuentes, que le recuerda siempre a un (ex)amigo suyo que al bloguero le caía muy bien (la mayor parte del tiempo), pero que tenía (el pobre) una propensión a “decir la verdad” (o sea, a ser un borde que te c*gas) que terminó con su amistad (es que el examigo, cuando estaba de malas tenía una propensión al ataque verbal que exigía más paciencia que la que el bloguero puede desplegar). Por lo demás, cuando estaba normal, el examigo tenía un gusto musical tan seguro como ecléctico y una curiosa manía (el bloguero no ha conocido a nadie más así): no usaba calzoncillos.

Aparece el revisor. Es un hombre normal que lleva un bolso en bandolera en el que guarda un aparato electrónico, parecido a un lector de tarjetas de crédito, con el que pone las multas a los que no pagan el viaje. El bloguero se pone nervioso, como siempre, aunque lleva un billete válido, y saca de la cartera la tarjeta del mes. La lleva en una funda de plástico en donde guarda una foto de carnet de su sobrina Ainara. El bloguero sonríe.

Todo el mundo en su vagón lleva billete. El bloguero se sorprende a sí mismo alegrándose de que todo esté en orden. El bloguero piensa, acto seguido, que está afectadísimo del SPH.

Zona de Descarga

¿De qué hablaremos esta semana? !Quién sabe! De momento, los muchísimos oyentes que ya se han descargado Zona de Descarga ya han disfrutado de nuestras conversaciones del sábado y saben a qué atenerse a propósito, por ejemplo, de la Zweier Linie ¿Qué? ¿Que no sabes lo que es? Anda, anda, dale al play.

Un comentario en «Un viaje en el metro de Viena»

  • el febrero 25, 2015 a las 12:41 am
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    Querido Paco, creo que el síndrome SPH debe ser una enfermedad bastante leve, porque una
    metáfora como ” cielo color panza de burra” nunca podría ocurrir a un indígeno. Aquí, burras hay muchas, pero en otro sentido. Los animalitos sólo subsisten en parques zoológicos.¡ Buena ocurrencia!
    Cordiales saludos
    reo

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