Un indeseable

DaliasCon motivo de un incidente vienés, el bloguero se acuerda de uno de esos seres que, cuanto más los conoces, más quieres a tu perro (o, en su caso, a sus gatos).

25 de Febrero.- Querida Ainara (*) : todos los años, al llegar esta fecha del calendario, no puedo evitar un suspiro de nostalgia. Tal día como hoy, en 1999, empecé a trabajar en una cadena de televisión española que, hoy en día, poco tiene que ver con lo que era entonces (el nombre y poco más). En esta fecha se inauguró una de las rachas más felices de mi vida (de mi vida laboral y de la otra). Duró casi dos años y medio.

Luego…Bueno, luego se estropeó y vinieron momentos menos felices. No reniego de ellos porque, probablemente, si hubiera seguido en aquel primer trabajo, con aquellos compañeros (entre los cuales conservo todavía muy buenos amigos) quizá nunca me hubiera venido a Austria y, probablemente, estas cartas no se habrían escrito (o se habrían escrito de otra manera diferente).

La moraleja de aquella historia es que, aunque uno no quiera, naturalmente, cuando uno alcanza la felicidad, y dado que esta no dura siempre, solo cabe ir empeorando. Después de salir de aquella Santa Casa, la verdad es que mi vida laboral, hasta que llegué a Esta Pequeña (pero salada) República fue, si no más accidentada (yo siempre he sido un hombre de compromisos duraderos, en el trabajo y en la vida) sí menos brillante de lo que había sido aquel tiempo alegre y primaveral en el que parecía que todo era posible.

Dado que soy pobre y orgulloso solo lo justito, a mí nunca se me han caido los anillos de hacer nada y nunca he pensado que una tarea era demasiado pequeña o poco importante para mí. Así en la vida como en el teatro, yo intento ir a los sitios con el papel bien aprendido, lo mismo si es Hamlet que si solo tengo que decir “en el saloncito rosa he puesto el café para el señorito”; procuro ser un buen compañero, decente y alegre, en el que se pueda confiar y, en general, procuro conservar la curiosidad, que es la manera de que ningún trabajo sea aburrido.

Esta buena disposición, a la postre, creo que a veces ha jugado en mi contra.

Después de la tele, tengo que reconocer que toqué mi punto laboral más bajo hasta el día de hoy. Por suerte, duró solamente unas semanas (durante las cuales, por cierto, me leí El Código Da Vinci y me enteré de que Carmina Ordóñez se había muerto de un mal viaje). Creo que, en aquel trabajo, conocí al tipo más indeseable que me he echado a la cara (o, por lo menos, indeseable en esa variedad porque me he topado en el camino con gente de esa que, cuanto más la conoces, más quieres a tu perro). Una persona que me enseñó muchísimo, sin embargo, de la vida y de la manera en que, los nacionales de un país, pueden aprovecharse de los trabajitos que pasan los que vienen a ese mismo país en busca de fortuna.

El tipo este que, probablemente, ya haya muerto, se aprovechaba de que, en aquel momento, España era un destino deseable para escapar de la pobreza (estamos hablando de cuando jugábamos en la Championslíg, antes de estos tiempos de estrechez) para engañar a mujeres sudamericanas a las que les ofrecía papeles y les prometía el oro y el moro a cambio de sus baboserías de viejo verde. Las pobres aquellas, claro, apretadas como estaban, cedían más tarde o más temprano. Aquel tipo, del que ni su familia quería saber nada, vivía en la empresa como un indigente, se cortaba las uñas de los pies en el mismo sitio en el que trabajábamos, tendía los calcetines en la oficina y había conseguido que el médico le recetara Viagra como si fueran Sugus de Suchard. Él no encontraba malo en lo que hacía. Sabía que, en los estratos más bajos de la sociedad, en los que la pregunta es si mañana tendremos dinero para comprar el pan, tenía un poder de negociación prácticamente irresistible.

Aquel tío era un cerdo, en una palabra, pero gozaba, extrañamente, de la indulgencia de toda la gente que tenía alrededor. Así pasa muchas veces con el mal, Ainara, de cuya profundidad no llegan a hacerse a la idea aquellos que conviven con él.

No he podido evitar acordarme hoy de aquel bicho. Hoy, cuando he salido de trabajar, contento, he comprado unas flores. La señora que me ha atendido era búlgara, y la clienta que tenía delante de mí, austriaca, la ha humillado todo lo que ha podido aprovechándose de la misma ventaja de la que gozaba mi compañero. No he podido evitar que se me revolviera el estómago y, cuando la pobre mujer me ha atendido a mí, he intentado que me entendiera y darle a entender que no estaba sola, que había mucha gente, inmigrante como ella, en la misma situación.

No te cuento esto, Ainara, para decirte lo bueno que soy, sino para que, cuando te llegue la hora (que te llegará) te dés cuenta de que las cartas en la vida se reparten muchas veces sin que tú te des cuenta y que, allá donde estés lo mismo arriba que abajo, tienes que tratar a todos los seres humanos con los que te encuentres igual (de bien) y no dejar que el mal con el que te encuentres te contamine y te manche.

Besos de tu tío

(*)Ainara es la sobrina del autor

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