Después de casi diez años escribiendo Viena Directo creo que ha llegado la hora de reconocer algo que mis lectores ya habrán podido suponerse.
11 de Agosto.- Creo que, después de tantos años escribiendo Viena Directo, es hora de reconocerlo: sí, como mis lectores ya han podido suponerse por varios post que he publicado a lo largo de los años soy MUY MANIÁTICO a la hora de cortarme el pelo. Para empezar, y esa es mi principal manía, no me gusta nada esperar. O sea que, si hay alguna posibilidad de llegar y besar el santo, incluso factores tan determinantes como el precio de la operación pasan a un segundo plano. A mí, es traspasar el umbral de una peluquería y entrarme unas prisas de broker de Wall Street en vísperas de cerrar la operación de su vida.
Hoy, resulta que había quedado a cenar con unos amigos a eso de las seis y media para cenar –sí, cenar- en un restaurante que está cerca de Kardinal-Nagl-Platz,en el distrito tres. Claro, como me he ido desde el trabajo directamente he llegado prontísimo y me he puesto a dar una vuelta por el barrio, que es uno de los más populares de Viena (en las cercanías está esa joya de la Viena Roja, el Rabenhof, que es una maravilla, solo por degustar su depuradísimo estilo art decó).
Total, que di que estaba yo dándole vueltas a las cercanías de la parada de metro de Kardinal-Nagl-Platz, cuando he pasado por delante de una peluquería turca. Me he mirado en la luna de un escaparate y, desde la imparcialidad, he tenido que reconocer que me hacía falta un buen rapado –los que estamos en la proximidad de la calvicie sufrimos más los estragos en la estética del pelo largo que los otros-.
La segunda comprobación: he mirado dentro del local y de los tres sitios posibles, los tres estaban vacíos. Bien. Los peluqueros turcos –hechos cada uno un escaparate de sus habilidades, pelo corto con una puntillosidad casi penitenciaria- estaban haciendo como que hacían, limpiando un negocio que estaba inmaculado, pasando la mopa por aquí y por allá y un trapo por todas las superficies reluncientes. Total, que me he dirigido al peluquero más cercano, que estaba a la fresca (es un decir) mirando la vida pasar apoyado en un coche que estaba aparcado en las cercanías:
–¿Soy el único, verdad?– le he preguntado. Y él, por toda respuesta, me ha señalado el camino del interior del local.
Soy muy fan de las peluquerías turcas porque es como hacer un viaje en el tiempo. Mientras en una radio sonaba lo que debía de ser el Dyango de Turquía, uno se sentía como en los años cincuenta. El equipamiento límpio pero algo desportillado, los hombres silenciosos (otra manía: odio, pero odio mucho, que me hablen mientras me cortan el pelo). El peluquero que me ha tocado era un turco bastante delgado, con voz de pito (esto se adivinaba, porque nuestra única comunicación se ha producido en susurros).
Después de ponerme un paño de plástico y una cinta sanitaria alrededor del cuello para que no se me colaran los pelos, se ha puesto a su labor, poniendo una atención en cada detalle que parecía que, en vez de raparme, estaba en una huelga de celo. Primero la maquinilla eléctrica con diversas intensidades y cuchillas, luego, la cuchilla para repasarme las patillas (la ha desinfectado con un alcohol con esencia y luego, ha puesto una cunchilla de afeitar desechable). Las manos, por cierto, le olían a la misma esencia, una fragancia muy masculina y muy seca, parecida a la que utilizaba mi abuelo después del afeitado.
Yo no hacía más que mirar el reloj del móvil, porque aquel hombre se estaba tomando su trabajo con una parsimonia muy oriental. El Dyango turco seguía cantando por la radio las penas de un amor ininteligible, los compañeros del peluquero seguían sacándole brillo a los espejos y esparciendo por el ambiente un aroma sintético a limpiacristales. Cuando mi peluquero ha terminado de cortarme la parte de arriba, se ha acercado a la botella de alcohol perfumado (no me atrevo a llamarlo after-shave) y, echándose un buen chorreón en las manos, ha repasado las partes que me había rapado con la cuchilla (¡La madre que lo parió, cómo escocía! Como cuando yo era niño).
Después, me ha cortado los pelos de las orejas con una maquinilla (señora, los españoles y los turcos descendemos del mono y se nos nota en que nos salen pelos en los sitios más inhóspitos). Y ya por último, cuando me tenía fresco y perfumado como un recluta, me ha dicho:
-Diez.
Yo le he dado doce. Por lo bien que lo ha hecho, el chaval. Y porque no he tenido que esperar a nadie.

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