El tiempo se acaba: en 2017 cumple el contrato y Paquita ya ha dicho que en Viena no se siente en casa. Es cuestión de millones ¿Conseguirá Viena convencerla?
5 de Noviembre.- En 2011, cuando murió Otto von Habsburg (en español, con la manía que tenemos de traducirlo todo, Otón de Habsburgo) y le sucedió como (por lo que parece) eterno aspirante al trono vacante de Austria su hijo Karl Habsburg-Lothringen (o sea, Carlos de Habsburgo-Lorena –y olé-) el comentario unánime entre el pueblo soberano de Esta Pequeña pero salada República fue:
–El padre era un coco –por listo, se entiende- pero el hijo será muy catòlico y tendrá unos genes con pedigrí, pero es más tonto que una mata de habas –dicho comentario lo cito yo sin decir ni que sí ni que no, porque yo a don Carlos de Habsburgo-Lorena (y olé) no tengo el gusto. Aunque yo, personalmente, lo que pienso no es que el hombre tenga pocas luces, sino que cuando uno es aspirante (aunque sea eterno) al trono de una república, pues tiene que tener cuidado de no decir en público más que sinsorgadas, para que luego no puedan a uno pillarle en un renuncio.
De cualquier manera, parece que lo más interesante de don Carlos es su mujer, jaté tú por dónde. La señora se llama Francesca (de Habsburgo-Lorena y tracatrá tracatrá).
Paquita Habsburgo, llamémosle a la gente por su nombre, no nació llamándose así, sino que vino al mundo en 1958 con una ristra larga de nombres –ninguna señora forrada se llama solo Francisca y se acabó- y unos apellidos también ilustres: Thysen-Bornemisza ¿Les suena a mis lectores? Naturalmente: Paquita Habsburgo es uno de los cinco hijos que tuvo Heinrich Thyssen, o sea, que es hijastra de Tita Cervera y hermanastra por parte de padre de Borja Thyssen (ese ser inclasificable).
Como hubiera dicho una familiar mía, los Thyssen llevan el arte “en los mismísimos genitales” y Paquita Habsburgo no podía ser menos. De casta le viene a la galga.
Tras una juventud loca en los años ochenta (la muchacha tuvo suerte de que, en aquella época, hacer vídeos sexuales con una cámara Betamax, que entonces pesaban diez kilos, fuera una empresa heróica, que si no la hubiéramos visto en plena faena como a Paris Hilton), tras una juventud loca, decía, Paquita de Habsburgo (entonces aún Thyssen solamente) sentó la cabeza y dscubrió que el arte, como a su “paspas” Heiny, era lo que más la hacía vibrar.
Cuando, en los noventa, los yugoslavos decidieron tener un ligero intercambio de impresiones del que resultaron varios cientos de miles de muertos, Francesca von Habsburg viajó a la zona de conflicto para concienciar a la soldadesca de que podían matarse todo lo que quisieran (ossea tía), pero que con las obras de arte del patrimonio histórico yugoslavo tuvieran un poquito de por favor. Tuvo un éxito limitado, como era augurable.
En la actualidad, la señora von Habsburg, olvidados sus tiempos frívolos, es una de las mecenas más importantes del panorama internacional y emplea sus millones en “mecenear” a artistas contemporáneos a través de su fundación TBA-21, que tiene su sede en pleno distrito uno de Viena, almendra central de esta urbe que nos acoge cerca, si no me equivoco, del Höhe Markt, lugar primigenio en donde, por cierto, nació Viena Directo hace ya nueve años.
Como sucedió con su padre, el gran Heini Thyssen (y con Manolo Escobar, nunca me cansaré de decirlo) entre pitos y flautas, dándole a este dinero para unos pinceles y a esta otra comprándole barro para que haga churros, Francesca se ha hecho con una colección de arte contemporáneo que vale muchísimos millones de laureles y que, actualmente, se expone en un espacio que le tiene alquilado a la ciudad de Viena.
Naturalmente, todo el mundo en Viena quiere que la colección de Paquita se quede en la tierra en donde reposan los cuerpos, despiezados según el ritual, de los antepasados de su esposo y parecía que iba a ser así, porque la municipalidad de Viena y Paquita estaban a partir el proverbial piñón. Pero hete aquí que después de las elecciones últimas, Paquita concedió una interviú a una emisora de radio durante la cual dijo, como de pasada que a ella Viena le parecía una ciudad bonita, pero que no se sentía en casa y que como en Suiza ella (y sus cuadros) en ningún sitio.
En la municipalidad vienesa ha empezado a cundir la intranquilidad, porque claro, el contrato de alquiler del espacio en donde Paquita expone cíclicamente sus nuevas adquisiciones caduca en 2017 y nadie quiere que, en ese momento, haga Paquita las maletas y se pire con sus cuadros y sus artefactos ¿Conseguirá la ciudad de Viena convencer finalmente a Paqui Habsburgo como Madrid convenció a su padre Heini? Solo el tiempo lo dirá.

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