Dentro de cuatro días, la cadena pública austriaca va a echar una peli que sigue levantando polémica después de casi ochenta años.
2 de Agosto.- La historia de este artículo empieza en algún punto de los noventa del siglo pasado. Un jueves. A altas horas de la noche. Hacía mucho calor en Madrid, y el que esto escribe, entonces un universitario que estaba de vacaciones no podía dormir. Así que se puso (bajita) la tele de su habitación. Al cambiar de canal, de pronto se encontró con Documentos TV y lo que vio le dejó enganchado: era un documental sobre la cineasta alemana Leni Riefehnstal. Se llamaba “El poder de las imágenes”. Primero lo tuve en VHS -¡Qué antiguo!- y ahora en DVD –me lo compré en la filmoteca de Berlín-.
Leni, aunque debía de ser una bruja de mucho cuidado, era una tipa muy talentosa y, al igual que su paisana, la Dietrich, había empezado como actriz (sosilla, pero de raza aria, que era como le gustaban a Hitler) pero luego había empezado a preguntar y movida por la curiosidad, había aprendido ella sola el aspecto técnico de cómo se hacen las películas. Hasta que llegaron los primeros años treinta y un austriaco, entonces jefe del Estado alemán, un tal Adolf Hitler, se fijó en ella y le pidió que le hiciera un publirreportaje del Día del Partido (Parteitag) en Nuremberg. A Leni, la verdad, le gustaban los encuadres preparados y enseñar cuerpos y cuerpas musculosos y musculosas así que,aquel primer documental, preparado deprisa y corriendo y con pocos medios, la verdad, le quedó un churro. Ella se quejó al tito Adolfo y el tito Adolfo la convenció para que hiciera un segundo intento, al año siguiente. Le dio medios, muchos medios y ella los aprovechó. Y le salió “El triunfo de la Voluntad”. Una de las películas más nazis que se hayan hecho nunca (a la misma altura que “Raza” o que “El santuario no se rinde”) pero en la que el nazismo ofrecía una cara seductora. Vista hoy, ha quedado un poco superada, pero en los años treinta, los espectadores en los cines alemanes –y de medio mundo- debieron, en dos palabras, fli-parlo. Leni Riefensthal inventó el lenguaje de la propaganda política audiovisual utilizando un procedimiento que hoy se nos antoja aún vigente. Cuando se enfrentaba a uno de los clónicos discursos de Hitler, ella siempre pensaba: ¿Cómo c*ño puedo hacer yo interesante semejante muermo? Hitler le dio toda la libertad creativa, y ella, por ejemplo, tuvo la idea de poner un travelling circular alrededor de Hitler mientras él estaba hablando y así filmar trozos de su discurso en paanorámicas circulares (empezando por la cara del tito Adolfito y terminando en el público enfervorecido).
Con estos antecedentes, no era de extrañar que, cuando el Reich decidió esconder un poco sus dientes y mostrar su cara más amable, le encargaran a Riefensthal, en 1936 que filmara los juegos olímpicos de Berlín. Y ahí, la Riefensthal sí que echó el resto. La peli, como peli, es un auténtico coñazo (yo he tenido la paciencia de verla) pero como lección de fotografía no tiene precio y es, en ese terreno lo que, no sé, el Quijote o Los Budenbrook a la literatura universal. Es menos nazi que El Triunfo de la Voluntad (sale mucho Hitler y eso, pero es que era inevitable, Leni le tenía que sacar porque, al fin y al cabo, era el jefe del país que pagaba el guateque) pero no dejan de ser tres horas de tíos saltando, tíos nadando, tíos tirando jabalinas,tíos corriendo maratones, tíos tirándose de trampolines en piscinas (es una de las partes imprescindibles de la película, la más hermosa) y todo con música como del No-Do. Sin voz en Off. Zum trockenen Stangl. Naturalmente, verse las dos pelis (Olympia, Fiesta de la Belleza y Olimpia, Fiesta de los Pueblos) así, sin anestesia, da perezón. Pero en dosis controladas, pues uno no puede dejar de ver la influencia de Leni Riefensthal en toda una generación de fotógrafos y artistas posteriores. Hasta llegar a Madonna.
Pues bien: todo esto porque el día 6 de Agosto, sábado, con ocasión, suponemos, de los juegos olímpicos de Río (con perdón, no puedo dejar de acordarme de esto) la tele pública austriaca va a echar la peli de Leni Riefensthal, así, a palo seco. Bueno, casi: con un documental de 15 minutos para introducir al espectador en la cinta.
Una señora del consejo de la ORF, Sra. Eva Blimlinger, se ha quejado de que la peli la echen así, porque le parece que es un filme supernazi que exalta la maldad y del que habría que proteger a las tiernas mentes de los espectadores del tercer canal de la ORF (el cual canal ven solamente, las cosas como son, els quatre gats de los que hablábamos ayer).
La noticia, aún siendo una pequeñez plantea un problema que no es, en sí, pequeño ¿Cómo contextualizar determinadas obras de arte que sirvieron de propaganda a regímenes perversos que llevaron a la muerte a miles de personas? En tanto que filmes de propaganda ¿No deberían ser contextualizados todos los filmes franquistas que pusiera la tele pública? ¿Hasta dónde? Porque puestos a ponernos puntillosos “Recluta con niño” (en cualquiera de sus dos versiones) o “Soltera y madre en la vida” o “El derecho de nacer” o “091: policía al habla” exaltan unos valores y una concepción de la mujer que hoy nos pone los pelos de gallina; y sin embargo, todos encontramos que ponerse en plan Catón el censor con estos flínes de cine de barrio es hacer un poco el ridi.
¿Lo habrá hecho la frau Blilinger? Vean mis lectores el filme y juzguen
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