Mala gente con muy mal semblante

niño sirioEl objetivo es el máximo impacto. Pasando por encima de quien sea. Una historia no apta para estómagos sensibles.

24 de Agosto.- Ayer, como mencioné de pasada, se presentaron los carteles del candidato Van Der Bellen y con esta presentación ha empezado una campaña electoral que durará las próximas seis semanas (probablemente, al objeto de que purguemos cumplidamente nuestros pecados).

Prometen ser especialmente descorazonadoras, sobre todo para las personas que quieran conservar una imagen medianamente buena del pueblo austriaco, ya que es muy probable que los perdedores de las anteriores elecciones no se paren en barras a la hora de utilizar todos los medios a su alcance para conseguir a la segunda lo que la suerte les negó en el primer intento.

Ayudarán a ello, ya lo hemos dicho muchas veces, intereses económicos que actúan al margen de la ética y siguiendo una estrategia cortoplacista, como demuestra la historia de la que se hace eco hoy el diario austriaco Die Presse (liberal conservador, y no muy partidario del candidato VdB pero tampoco demasiado partidario del candidato de los tróspidos) historia que paso a contarle a mis lectores tratando de mostrar la “contenance” necesaria. A ver si lo consigo.

Érase una vez una escuela elemental en la región de Salzburgo. En ella está escolarizado un niño refugiado, sirio, que se llama Aref. Para ayudarle a entrar en el grupo, los profesores, aprovechando la curiosidad de sus pequeños condiscípulos, integran “el hecho diferencial de Aref” en la enseñanza. Los críos sienten curiosidad por lo que comen los niños sirios (cuando tienen qué comer, los pobres), cómo juegan (cuando los bombardeos les dejan) y, en general, cómo es la vida en Siria.

Como el artículo de Die Presse relata, Aref tiene, además, un padre supermajo que sabe música y que se presta (¡Qué padre no lo haría!) a ayudar a que la experiencia amarga del exilio sea menos amarga para su hijo. El padre de Aref toca el piano, así que los profesores del niño organizan que toda la clase prepare una canción siria y un baile para la fiesta del colegio. El padre del niño sirio les acompañará al piano, también durante los ensayos, que se realizan, como no puede ser de otra manera, durante el horario lectivo. Hasta aquí, todo fantástico.

El día de la fiesta del colegio, los niños cantan y bailan (Aref, entre ellos) y el padre los acompaña al piano. La canción se llama “Tik tik tik ya em slaiman”, una canción infantil absolutamente apolítica y sin ningún fondo religioso, en la que un hombre coge granadas. La cosa funciona fenomenal y nadie, absolutamente nadie, tiene ningún problema. Cero traumas.

En este punto de la historia aparece un concejal del FPÖ, de la santidad de cuya madre no estamos autorizados a dudar, el cual sostiene que “la situación ha llegado demasiado lejos” porque “los padres” no quieren que “personas extrañas “ (fremde Personen) entren a la clase de sus hijos (¿Es que el padre de Aref no es padre como el de los demás condiscípulos de su hijo?). El retoño de la santa, en su papel autoadjudicado de guardián de las esencias, anuncia su intención de poner el asunto en manos de los funcionarios del ministerio de educación austriaco.

Al mismo tiempo, y como medio un eficaz emético, aparece el Kronen Zeitung (ya hemos hablado de él con profusión, desgraciadamente) y publica un artículo con el siguiente título “Canciones sirias en clase- esto ha llegado demasiado lejos” y, en el cuerpo de la noticia, el periodista, cuya madre (también una santa, la cual, más que probablemente, iba a tomar el té y pastas con la santísima señora del párrafo anterior) continúa así: “caracteres arábigos, cultura siria y geografía en vez de matemáticas, ortografía y lectura, forman parte de la enseñanza de los más jóvenes”. Finalmente, y para redondear la historia, excitados por tantos hijos de madres santísimas, aparecen muchos más hijos de progenitoras de moral intachable, los cuales utilizan internet para lanzar una campaña de insultos sobre los profesores, la escuela de Salzburgo y el ministerio de educación que permite que las cosas que he relatado más arriba puedan suceder.

Y uno, cuando lee todo lo de más arriba siente, imparable, cómo se le hace un nudo en la garganta y piensa en la cantidad de hijos de madres santísimas que hay por el mundo y en lo poco que la santidad de sus madres se ha contagiado a su progenie, y no puede evitar tener que levantarse de escribir este artículo, ir a la cocina, abrir el grifo y beberse un trago de agua bien fresca, a ver si se le quita el mal sabor de boca.

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