Los extranjeros hablamos mal (y, aunque sea sexy, no tiene arreglo)

SalzkammergutLos inmigrantes siempre estamos pidiendo que se pongan en nuestro lugar pero hoy, vamos a hacer el ejercicio contrario. Cuando nosotros hablamos ¿Qué pasa en la cabeza de un austriaco?

1 de Septiembre.- Una de las tareas a las que, más frecuentemente, tiene que enfrentarse una persona extranjera que tenga una pareja aborígen es la de hacerle entender que, a pesar de que teóricamente, los inmigrantes tenemos las mismas oportunidades de hacer carrera profesionalmente hablando que los austriacos, es cierto que nos enfrentamos a un “techo de cristal” y que, tenemos más difícil ascender a posiciones, por ejemplo, de dirección que los ciudadanos aborígenes con la misma formación.

A mí me ha pasado, alguna vez que, siendo yo mismo responsable de un área determinada, un aborígen, hablando conmigo por teléfono, ha pedido, sin saber quién era yo, hablar “con el jefe”. Es un caso claro de prejuicio consciente, pero no siempre es así.

Yo tengo la teoría de que , con nosotros, los guiris (y aquí lo somos) funciona muchas veces un mecanismo inconsciente que no tiene nada que ver con el racismo o con la xenofobia (aunque al mismo tiempo es la raiz profunda del racismo y de la xenofobia), pero que es algo que está instalado en nuestro cerebro prácticamente desde que, con dos o tres años, le cogemos el truquillo a esto del lenguaje.

El lenguaje que nos define

La manera de hablar de una persona nos dice muchísimo de nuestro interlocutor.

A lo largo de los milenios, ese área de nuestro cerebro se ha perfeccionado y, “de oido” podemos saber muchísimas cosas y hacernos una idea de cómo es la persona que tenemos enfrente.

Esto era y es aún de gran utilidad, por ejemplo, para encontrar pareja. Por la voz, podemos saber si una persona está sana o enferma –la robustez física es una de las cosas que más le ponen a nuestros genes para perpetuarse-. Si pronuncia bien, podemos saber si esa persona tiene daños cerebrales o no; por la melodía de las palabras podemos hacernos una idea de la sensibilidad de la otra persona, de lo afectiva que es, podemos hacernos un mapa de su capacidad de empatía –por la manera en que adecúa su discurso a la situación-; por el discurso de otro podemos calibrar la variedad del vocabulario que utiliza, lo adecuadas que son las palabras al contexto del que se trate (en el médico decimos que “no hemos ido al servicio en tres días” pero ningún niño se dirigirá así a su madre). Podremos saber el vuelo que tienen sus ideas, los matices que puede expresar; por el habla podemos saber la procedencia de una persona, podemos saber si es rico o pobre e, incluso, sin verla, podemos hacernos una idea de su apariencia física. La cara es el espejo del alma, pero la voz es el espejo del cuerpo y de la psique.

Tantas y tantas cosas.

Sin embargo, cuando uno llega aquí, todo eso que se da por supuesto en la lengua materna se pierde. Es un tópico decir que, cuando uno llega a Austria, en cuanto abra la boca, será siempre un minusválido porque, por mucho que se esfuerce (lo mismo que a nosotros nos pasa en nuestra lengua materna) un leve deje, la elección quizá de una palabra, hará que salte en un momento por los aires la ficción.

Naturalmente, dependiendo de los grados, ¿Qué es lo que, inconscientemente, percibe de un español el cerebro de un austriaco en cuanto le oye hablar? Dejando aparte lo sexy que, a la postre, consideren los aborígenes el acento nuestro –que lo consideran muy sexy-, el cerebro de un austriaco percibe que los españoles, los extranjeros, hablamos mal. Y empieza a ponerse en marcha el mecanismo, pero esta vez en nuestra contra.

¿Qué escuchan ellos en nosotros?

La melodía con la que nosotros hablamos alemán es característica, el vocabulario que utilizamos –dependiendo siempre, de los grados- es de emergencia y muchas veces no usamos la palabra que se ajusta a la situación, sino que armamos el cesto de nuestro discurso con los mimbres que tenemos, o sea que hay muchas palabras que “hacen las veces” de las que tendríamos que haber dicho; por lo mismo, a veces, metemos la pata sin darnos cuenta, porque utilizamos metáforas calcadas de nuestra lengua, que no se encuentran en la lengua de llegada y que a ellos les chocan y, en casos extremos, pueden llegar a molestarles. Naturalmente, el fondo psicológico, la “imago mundi” que se esconde detrás del español es muy distinta de la que está detrás del alemán y, por lo tanto, hay un tope de falta de comunicación básica, a un nivel profundo que, por mucho que uno se empeñe, no se puede superar.

Por último, hay otro factor que también explica esta xenofobia inconsciente contra la que el extranjero lucha sin esperanzas de victoria y es que todos, en nuestro cerebro, consideramos que nuestra lengua materna es facilísima y que no hace falta ser especialmente inteligente para aprenderla. Solo quien se ha tomado alguna vez el trabajo de intentar explicarle a un extranjero cuando se utiliza “ser” y cuándo “estar” está en condiciones de reprimir esa molestia que todos sentimos (y que tiene un origen, repito, inconsciente, casi fisiológico) cuando escuchamos cómo un extranjero se cepilla el orden gramatical y, sin querer (como hacemos nosotros todos los días cincuenta veces) se pasa la corrección por el arco del triunfo.

Depende mucho del umbral de resistencia a la frustración de cada persona el efecto que un extranjero hablando en nuestra lengua materna produzca en nosotros. Los racistas, los xenófobos son, vistos así, personas que sufren una insuficiencia grave. De paciencia, particularmente (y de inteligencia para darse cuenta, claro).

Por ejemplo, ayer, un amigo, sufrió una reconvención de una ciudadana aborígen cuando le escuchó hablar por teléfono mientras iba por la calle. Más allá de que esta señora fuese una revenía, muchas veces yo pienso que, lo que le pasa a esta gente, es una reacción virulenta a algo que les sucede en las capas más profundas de nuestro cerebro.

Y vosotros ¿Qué pensáis?

Un comentario en «Los extranjeros hablamos mal (y, aunque sea sexy, no tiene arreglo)»

  • el septiembre 2, 2016 a las 12:01 pm
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    No puedo estar más de acuerdo contigo, Paco.
    Yo creo que mucha gente en espanya cree que vivir en el extranjero es todo felicidad, sueldos altos y seguridad laboral y en realidad vivir fuera exige ser emocionalmente muy fuerte y saber llevar muchas situaciones de injusticia con dignidad.
    Y lo del techo de cristal es obvio en cuanto lo piensas dos veces, porque a parte de carecer de contactos, si tienes que competir con un nativo a la hora de hacer una entrevista de trabajo o a la hora de escribir un buen informe siempre vas a salir perdiendo y no me refiero solo en trabajos relaconados con el idioma, como periodista o profesor, sino tambien en el mundo cientifico-tecnico (por ejemplo: al haber cursado tus estudios en otro idioma hace que te falte vocabulario técnico y ante un concepto nuevo o un tema inesperado, cuesta más reaccionar que si lo has aprendido en tu propio idioma)
    En fin, como para pensarselo dos veces.

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