En donde Cristina Pedroche y su manía anual de buscarse una cistitis nos sirve para ilustrar la crisis del modelo de televisión austriaco.
2 de Enero.- Steven Spielberg y, modestamente, servidor, a pesar de la distancia que nos separa (en todos los sentidos, pero principalmente en el de nuestras cuentas bancarias) tenemos una cosa en común: a la hora de hacer nuestras cositas, él sus películas y yo mis artículos, tenemos que tener en cuenta un resorte del comportamiento humano: el que hace que, ante determinados estímulos, todos nos creemos expectativas y queramos colmarlas maximizando nuestro gustirrinín.
Si esas expectativas (placenteras) se cumplen, entonces al lector o al espectador de cine, le gusta la película o el articulillo. „Sin encambio“, si prometemos una cosa y luego no la cumplimos, esto chincha al espectador o al lector y es menos probable que vaya a ver la siguiente película o que lea el siguiente articulillo.
Esta ley tiene un correlato aplicable sobre todo a estos tiempos de redes sociales y debate sin fin (particularmente en España, en donde el debate es una forma de vida que empieza a resultar bizantina, inextricable y agotadora incluso para un pueblo que tan a gusto debate como el español).
El correlato a la ley de la expectativa y la respuesta es que, aunque la expectativa no se cumpla, uno puede luego crear controversia de por qué se ha colmado la expectativa o por qué no.
Para cualquiera que se interese por estas cosas, el caso paradigmático es el traje de Cristina Pedroche.
Cristina Pedroche es, para mis lectores de fuera de España lo menciono, una presentadora de televisión (o así) a la que la genética dotó de múltiples perfecciones anatómicas y faciales.
La muchacha, aparte, tiene mucho desparpajo y debido a esto, una de las cadenas de televisión españolas „de ámbito nacional“ la contrató hace un año para que le explicase a los españoles cómo se tenía que comer las uvas de la suerte.
Pedroche, que aparte de tener un tipazo no tiene ni un pelo de tonta, decidió acometer estas labores de presentación vestida para producir fallos en los marcapasos y muertes súbitas en aquellas personas con cardiopatías aún no diagnosticadas. Al día siguiente, primero de enero de 2016, la comidilla en un día que no suele dar noticias fue el vestido-novestido de Cristina Pedroche y este año, naturalmente, la cadena contrató también a Pedroche y se cuidó mucho de crear una expectativa. O sea ¿Cómo será este año el vestido de Pedroche? Traducible por ¿Veremos por fin la sonrisa vertical de Cristina Pedroche? ¿Se posarán nuestros ojos en su línea de la concepción? Cuando se consigue crear el suficiente runrún mediático, cómo termine siendo el vestido de Cristina Pedroche en realidad es lo menos importante, el caso es crear en el público la necesidad de tener una opinión sobre si a Cristina le hubieran debido prohibir salir en televisión en un bañador decorado con un visillo o si, en bien del recato, a Cristina le hubieran debido de poner un burka, para disgusto de todos los cuñados de ámbito nacional.
Todo esto, señora, es el futuro de la televisión. España es el futuro de la televisión. Y, si esto es así, Austria es al futuro de la televisión como nuestros abuelos los Neanderthales a los miembros de la especie humana actual (sin contar, claro a Ronald McDonald Trump).
Según publican hoy los medios vieneses, en el año que terminó hace escasas cuarenta y ocho horas las cadenas que se pueden ver en EPR han perdido cuota de mercado. Quizá sea porque, en general, las presentadoras de la ORF, que es la líder de audiencia van vestidas de una manera que hace poco probable que, como la pobre Cristina Pedroche, cojan frío en sus partes durante el desempeño de sus tareas de presentación. Más probable es que la cadena pública austriaca y las privad(ill)as ignoran insistentemente que internet está ahí para quedarse y que, de los cuarenta para abajo, los espectadores ya no ven la tele como solían, sino que quieren poder disfrutar de lo que quieran en los momentos que les dé la gana. El futuro es Netflix, o sea y aumentar las subvenciones que recibe la ORF, por muy bien gastadas que estén, es un poco fustigar un caballo muerto. La página de internet de la ORF está a años, a eones luz, de la de televisión española y los contenidos están disponibles solo por tiempo limitado, que es la señal definitiva de que los señores que toman las decisiones en la cadena pública austriaca tienen más de cincuenta años o miran poco lo que hacen sus niños.
Y ya se sabe que, a quien mira para otro lado, le terminan comiendo la merienda.
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