Medios y política, una relación siempre tumultuosa. A cuento de unas declaraciones de Donald Trump (ese ser) hablaremos hoy del Presserat.
18 de Febrero.- Una de las diferencias fundamentales entre una democracia sólida y una democracia enferma es el respeto (y hasta yo diría que el miedo sano) que los políticos tienen por la prensa, y una de las primeras señales de que algo huele a podrido en el Reino de Dinamarca (en cualquier Reino de Dinamarca) es que los políticos intentan querer controlar lo que la prensa dice de ellos y de sus actuaciones, o tratan de desprestigiar el papel fiscalizador de los periodistas acusándoles, en general, de estar guiados por intereses bastardos.
Los nazis acuñaron un término, el cual, por cierto, siguen utilizando los políticos más montaraces de E(sta) P(equeña) R(epública), para describir este escozor que una prensa libre le causa siempre a un poder autoritario y así, a la prensa que revela incongruencias, mentiras o simples salidas de pata de banco la llaman Lügenpresse (que es una palabra que hubiera podido inventar el Gran Hermano de Orwell y hubiera quedado muy bien: Prensamentirosa, se hubiera llamado).
Como todos somos ya mayorcitos, sabemos, naturalmente, que
los medios no son (no somos) entidades inocentes y que es inevitable que, aunque no queramos, obramos guiados por una cierta“imago mundi” que condiciona aquellos trozos de la realidad que seleccionamos para contarlos. Sin embargo, en una democracia sana, el lector debe de ser consciente de esto e, idealmente, debería poder tener acceso a varios medios, marcados cada uno por una dirección ideológica, para poder formarse una opinión sobre las cosas, sin que un monopolio informativo impuesto, por ejemplo, por el Estado, se lo impida, como por ejemplo pasa en Corea la mala.
Cuando un gobernante, como antes de ayer, el Presidente de los Estados Unidos (alias Trabuco) acusaba a la prensa de estar “fuera de control”, revelaba muchísimo más de lo que él pensaba de su manera de pensar y de su concepción del mundo, aunque solo fuera para que, los que ya lo habíamos notado, nos reafirmáramos en la idea de que Donald Trump tiene la madurez de un niño de seis años (y no especialmente listo, además). Naturalmente, lo que el Presidente quería decir era, como hubiera hecho cualquier chaplinesco dictador de tres al cuarto, que los medios estaban fuera de su control. Saque cada quién sus conclusiones.
Dada la importancia para el bien común de disponer de una información de calidad, en Austria existe un llamado Consejo de la Prensa (o Presserat, en esta lengua extraña) que es un organismo de autocontrol al que se unen los medios austriacos que así lo desean. El Presserat está orientado por un código deontológico (Ehrenkodex) que sus miembros deben reconocer como guía, en el que se promulga, por ejemplo, separar la información de la opinión de forma clara o el respeto a las minorías.
En principio, cualquier lector puede dirigirse al Presserat para protestar por informaciones que, en su opinión, infrinjan este código ético y el Presserat, pasado un tiempo de deliberación, se pronuncia. Naturalmente, el Presserat se pronuncia también sobre informaciones aparecidas en medios que no pertenecen a él o que no lo aceptan como instancia. Muchas quejas están motivadas por informaciones aparecidas en medios que, digámoslo así, tienen una relación creativa con la verdad y/o con la ética. Entre ellos, destacan el Kronen Zeitung y, por derecho propio, el Österreich (gran periódico de ficción) los cuales tienen tras de sí una larga historia no solo de dictámenes negativos del Presserat por publicar (esperemos que no a sabiendas) informaciones falsas o medio ciertas, sino por pasarse por el forro de las rotativas cualquier consideración ética que les estropee un buen titular; por no hablar de machismo, falta de respeto por las minorías y la intimidad de las personas, etc (yo, de hecho, tengo un amigo que, cada vez que ve una pila de Österreichs, la tira al cubo de basura más cercano, como medida eficaz de protección de la infancia.
El Österreich, muy a la Trump, siempre ha rechazado estas críticas y se ha presentado a sí mismo como si fuera el New York Times (es que me parto el pecho) diciendo que el problema que tenían todos los demás es que el éxito de un periodismo tan “audaz y tan dinámico” como el que ellos practican les escocía. Sin embargo, de pronto, el Österreich ha decidido sumarse al Presserat y adaptarse a su código ético a partir del 1 de Marzo, lo cual no deja de ser sorprendente viniendo de un medio que siempre ha sostenido que el Presserat estaba diseñado prácticamente para “ponerles la pierna encima”.
Las lenguas de doble filo dicen que tan súbita decisión puede venir de que en Austria, como en todas partes, la prensa las está pasando canutas económicamente, y la pertenencia al Presserat está premiada con una subvención de 150.000 laureles anuales, a repartir entre los miembros. Menos da una Stein ¿Verdad?
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