Un sarampión que (no) había que pasar

En Austria hay una cierta alarma: debido a la tontería supina de una parte de la población, están los austriacos en un peligro serio aunque fácilmente evitable.

31 de Enero.- Mi abuelo Sebastián, el padre de mi padre, y primer Sebastián de una fila de Sebastianes que, de momento, termina en mi hermano, fue un hombre muy guapo. Yo he heredado de él la forma de los párpados y de los ojos. Yo no le llegué a conocer, pero cuentan de él que era un hombre muy simpático, aunque con bastante genio si le tocaban lo que no suena.

Pudiera ser también que estos enfados le vinieran porque mi abuelo Sebastián era sordo. Aunque claro, sordo y todo se las arregló para que las dos guerras más gordas que remecieron la historia de España del siglo pasado no le costaran la vida, lo cual, a mi juicio, habla mucho de su inteligencia, de su suerte y de su sentido común.

Mi abuelo Sebastián, que nació con el siglo y, a fuerza de tabaco y trabajo, como era frecuente en los hombres de su época, se quedó a un año de conocer a la especie humana en la luna, no era sordo de nacimiento, sino que ensordeció a los cinco o seis años, por suerte para él cuando ya había aprendido a hablar. El sarampión tuvo la culpa (más tarde, a un hijo suyo, a mi tío Antonio, también le costó una vista).

En la época a la que me estoy refiriendo, por las circunstancias históricas, económicas y hasta científicas, ni mi abuelo ni mi tío hubieran podido hacer mucho para no sufrir los estragos del sarampión, pero hoy en día, gracias a Dios, este tipo de enfermedades infantiles (que fueron, por cierto, la causa más tremebunda de la mortalidad entre los pueblos originarios cuando Europa llegó a América) están gracias a Dios atajadas por medio de las vacunas.

O eso podría pensarse.

Estos días, cunde la alarma en Austria porque hay dos docenas de niños, en Estiria, que han sido ingresados aquejados de sarampión.

En los últimos años, ha habido en Austria alrededor de ochenta casos, de los cuales cuarenta han sido en Viena. Aunque Austria no es uno de los sitios en donde más casos hay (Italia y Grecia ganan por goleada) sí que es cierto que, por ejemplo, comparados con Hungría, la República Austriaca podría mejorar.

Como siempre que pasan estas cosas, aparece el tema de los „vacuno-escépticos“, que no son una nueva clase de veganos, sino esas personas, merecedoras de todas las collejas del mundo, a las que no les sale de los huevos vacunar a sus hijos y que, al no hacerlo, no solo ponen en peligro a sus propios retoños, sino también a otras personas, como por ejemplo aquellas que, por circunstancias de salud, se encuentren inmunodeprimidas, como por ejemplo las personas que están haciendo terapia para curarse de algún cáncer.

Podría pensar el lector que este tipo de personas mastuerzas, inconscientes y temerarias son aquellas que tienen al Österreich (ahora OE24) por un Washington Post, pero no tendría razón.

De hecho yo, todos los antivacunas que he conocido han sido personas que incluso contaban en su casa con un título, expedido por una autoridad educativa, que acreditaba que eran poseedores de conocimientos de nivel universitario.

No se puede imaginar el lector la de teorías delirantes que uno ha escuchado al respecto. La mejor, sin duda, fue que, con las vacunas, misteriosos poderes en la sombra, a sueldo de las farmacéuticas (bueno ¿Quién estará a sueldo de quién?) inoculan en los pequeños infantes microchips que permiten espiar…Bueno, no se sabe a quién, pero que permiten.

Si alguno de mis lectores quiere que sus semejantes le pierdan el respeto, ya sabe: no tiene más que hacer alguna afirmación estúpida de estas y lo habrá conseguido.

En Austria -no sé qué pasa en España- no es obligatoria la vacunación contra el sarampión y, según lo que se oye y se lee, no parece que a corto plazo vaya a cambiar mucho la cosa. La Ministra de Sanidad, Beate Hartinger-Klein (sí: esa mujer a la que le tocó el marrón de, teniendo el cargo que tiene, defender el tabaquismo) no se muestra a favor de la obligatoriedad de la vacuna, y está más por una charla explicativa en la que se desasne a aquellos y aquellas que, por lo que sea, sigan queriendo que sus hijos vivan en el siglo XIX.

La obligatoriedad no parece muy popular (implicaría, claro, medidas de castigo para los que se salten la obligación) aunque una solución sería vincular la vacunación a los beneficios del Mutter-Kind-Pass.

Por cierto, uno de los bulos que gastan estos imbéciles antivacunas es que las enfermedades como el sarampión fortalecen el sistema inmunológico. En realidad, es todo lo contrario. Cuando una persona enferma de sarampión, su sistema inmunológico sufre un bache del que tarda años en recuperarse y que le hace más vulnerable a otras enfermedades infecciosas frecuentes.

Estos antivacunas son los responsables de que no se alcance el noventa y cinco por ciento de niños vacunados (dos veces en el transcurso de un mes) que es necesario para que la protección del país sea óptima. Como el porcentaje de vacunación es demasiado bajo, periodicamente se dan estos brotes, como el de Estiria. Según cifras que he podido encontrar, un seis por ciento de los niños austriacos entre dos y cinco años no están vacunados (esto viene a dar unos veintemil infantes, más o menos). Alrededor de un diez por ciento de los niños vacunados solo tienen puesta la primera banderilla (estos son unos ochentamil críos, más o menos). Normalmente, con la inyección de refresco la protección dura de por vida.

Los activistas antivacunas (se puede ser activista de cosas muy imbéciles) merecen ser desterrados al desván de la historia, lo mismo que los machistas, los que creen (y defienden) que la tierra es plana y los que niegan el cambio climático. Solo así podremos, no solo vivir más tranquilos, sino también, vivir (que no es poco).

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