28.03.2020: Últimas noticias

Últimos casos positivos. Dos soluciones contrapuestas contra la crisis. Discusiones en el seno de la Unión Europea. Repatriaciones.

28 de Marzo.- Muy buenas tardes y bienvenidos todos a la primera edición de Viena Directo de hoy, con todas las noticias sobre la crisis del coronavirus en español.

(Por cierto, perdón porque hoy se publica con un poquito de retraso sobre la hora habitual).

Sin más pérdida de tiempo, como hacemos siempre, vamos a repasar la cifra de los nuevos positivos. Hoy, con relación al porcentaje acumulado de los últimos cuatro días, tenemos unas noticias relativamente buenas: si ayer estaba ese porcentaje al 18%, hoy está al 14%; es un dato relativamente bueno y parece repetirse la pauta del fin de semana pasado, en donde hubo también un relativo descenso de los nuevos positivos.

Por lo demás, las cifras quedan así (datos, como siempre, del Ministerio de Sanidad austriaco en su oleada de las 9 de la mañana).

A esa hora, había en Austria 7.712 casos oficiales, lo cual significa una tasa de crecimiento en las últimas veinticuatro horas de un pelín más del diez por ciento. Hasta ahora, el número de crecimiento de positivos más bajo en veinticuatro horas.

El dato malo, sin embargo, es el de los fallecidos. Hasta ahora hay en Austria 68 víctimas del coronavirus.

-Antes de intentar explicar de una manera comprensible lo que sucedió ayer en la reunión del Eurogrupo (el grupo de jefes de Estado de la Unión Europea) me gustaría hacer una aclaración a mis lectores:

Durante los próximos meses y, dependiendo de la duración de la crisis, probablemente durante los próximos años, vamos a hablar mucho de la Unión Europea.

A pesar de las escenas que hemos visto en las últimas horas yo, como convencido europeista, voy a romper una lanza por la Unión.

Esta es mi argumentación.

El virus pasará, no le quepa duda a ninguno de mis lectores. Probablemente dentro de unos meses, la vida diaria volverá a ser lo que fue. La gente volverá a llenar de nuevo playas, paseos y restaurantes y, por lo menos superficialmente, todo parecerá lo mismo. Volverá a haber programas estúpidos en la televisión, volveremos a preocuparnos si esta o este se han acostado, la monarquía inglesa seguirá proporcionando titulares y la gente se pondrá del lado del mangurrián del hijo pequeño de Lady Di o del mayor, del responsable (a mí, personalmente, me cae mejor, porque existe esa solidaridad inter calvos entre nosotros). La alopecia es una cosa que une mucho a los hombres.

Todo eso pasará, sin embargo, pero estamos corriendo el inmenso peligro de que el autoritarismo reverdezca su prestigio.

El coronavirus, lo mismo que sucedió en los momentos anteriores a la segunda guerra mundial, es en realidad la pugna de dos maneras de luchar contra las crisis que, periodicamente, azotan a la Humanidad.

La autoritaria y dictatorial, ejemplificada por China y la nuestra, la de los países democráticos.

A priori, como sucedía con el nazismo, la manera dictatorial y autoritaria, tiene todas las de ganar.

De hecho, China con sus muy cuestionables métodos para luchar contra la epidemia, ya ha ganado una guerra que no es la del coronavirus: la de la propaganda.

Desde que estalló la epidemia, China lleva ofreciendo al mundo un relato sin fisuras (típico de todos los fascismos) en el que un estado aplica medidas que conducen a la población a un enorme sacrificio -el principal, el de la libertad y la privacidad, pero también el de tener que aceptar errores gravísimos de estrategia que se ocultan y resultan mortales para la población- pero que, al final, supuestamente, redundan en el bien general.

Los doctores chinos, planchaditos, con sus mascarillas, que se bajan de los aviones en los aeropuertos europeos como los ángeles salvadores, dando lecciones, regañando con la autoridad que les da haber vencido, supuestamente, al virus perverso, están ahí para hacernos olvidar que, de hecho, en China no hay ningún tipo de libertad informativa y que es imposible saber si es verdad que hay los casos que dicen que hay y, por lo tanto, la mejoría que dicen que hay.

En una palabra: no sabemos, no lo podemos saber, si en China están mejor que hace seis meses.

Los informativos chinos tienen el mismo grado de verdad y de mentira calculada que tenían los noticiarios del franquismo y del nazismo y, naturalmente, a nadie se le ocurriría tomar esos noticiarios por verdad histórica, sino por una versión muy interesada de esa verdad.

El autoritarismo ofrece siempre una imagen interesada (y falsa a todas luces) de unanimidad sin fisuras. Una imagen „límpia“, fácil de leer y, por lo tanto, convincente, que se traga sin sentir.

Por eso la propaganda del fascismo es tan agradable estéticamente y tiene aún tanto éxito.

Ante esto ¿Qué imagen ofrecen las democracias? A ojos de un observador imparcial, las democracias europeas, que ayer intentaban formar un frente común para intentar salvar a Europa de la crisis, en su aspecto económico más duro, ofrecen una imagen desastrosa, que no puede competir.

Contrastando con esa sonrisa férrea y fría del fascismo chino, las democracias europeas parecen débiles, dubitativas, dando palos de ciego, un coro de voces contrapuestas que, de cara al exterior, parecen un gallinero.

Naturalmente, en tiempos de tribulación, como estos, la solución autoritaria tiene mucho que ganar, porque el autoritarismo siempre genera seguridad. Todo es uno, total, monolítico. Un pueblo, un führer (o un presidente del polit buró o del partido) infalible. La crítica, brilla por su ausencia.

Y sin embargo, la fortaleza de la democracia, la democracia de la Unión Europea, incluso de esta Unión nuestra que, en estos momentos, vive sus horas bajas, es esa que parece una debilidad: ante una crisis prolongada, el autoritarismo no puede corregir el rumbo, es un tren lanzado a toda velocidad contra el desastre. Bajo la aparente anarquía de las opiniones contrapuestas está la flexibilidad que permite „abrazar“ las circunstancias, el reconocimiento maduro de que no somos infalibles, sino de que vamos a encontar una respuesta que será el destilado de opiniones diferentes.

Esa es la esperanza de nosotros, los demócratas. En eso creemos. Y la Historia, de momento, nos está dando la razón.

-Dicho esto: ayer los jefes de Gobierno de la Unión Europea se reunieron ayer (por videoconferencia, como es natural) para intentar coordinar una respuesta económica común ante la crisis.

Y no. No la encontraron. Siguen buscándola.

Ante la ciudadanía europea la cual ha podido, a través de unos medios de comunicación libres y muy críticos, saber qué sucedió, se abrió el foso entre las dos Europas: la del norte y la del sur, que defendían sus intereses a brazo partido, como ya sucedió en la crisis económica de 2008 que culminó con los rescates de las economías meridionales en 2012 y el estigma que persiguió a los famosos PIGS (Portugal, Italz, Greece and Spain).

Dos posturas se enfrentaban en las que los países europeos no solo se jugaban su supervivencia económica, en algunos casos muy golpeada ya por los rastros de la crisis de hace doce años, sino también el prestigio, la reputación.

España, principal golpeada junto con Italia por la crisis sanitaria, y apoyada por otros nueve países, entre ellos Francia, quería que la Unión Europea utilizase la solución de emitir bonos (o sea, deuda) los llamados „coronabonos“ para conseguir dinero prestado de los inversores internacionales y así paliar solidariamente las consecuencias de la crisis (ya explicábamos el otro día el mecanismo) en tanto que los países de la Europa „rica“ encabezados por Alemania apoyada, por ejemplo, por Austria, querían que se utilizase el fondo de garantía para „rescatar“ las economías italiana y española, particularmente a la italiana, que en estos momentos es la más asfixiada de las dos, del mismo modo en que se rescató a la economía griega.

O sea, un rescate bajo el signo de los recortes y de la austeridad. Un rescate que, a diferencia de la emisión de deuda, a la que Alemania se niega, supondría que toda la carga de la crisis se transferiría a unos países, Italia y España que, supuestamente, serían culpables de la crisis sanitaria que está provocando no solo miles de víctimas mortales, sino también una catástrofe económica sin precedentes en tiempos de paz.

Esta idea-fuerza, la de la supuesta culpabilidad española e italiana al no haber previsto a tiempo las consecuencias de la crisis y no haber tomado medidas, ha sido respaldada por el ministro de exteriores holandés.

El Gobierno español, con mucha razón, se defiende, argumentando que el ejecutivo de Madrid adoptó las medidas en un estadio todavía precoz de la infección (el día 9 de marzo) en el mismo momento en el que la Organización Mundial de la Salud elevó el nivel de alerta mundial calificando al coronavirus de pandemia global.

Al mismo tiempo, recuerda el Gobierno español que las cifras de infectados que el Gobierno hace públicas se deben a que ellos, a diferencia de Holanda, tienen un sistema de recuento particularmente transparente (recordemos que Holanda, de momento, ha optado por el procedimiento que, oficialmente, tenía el Gobierno inglés del „contagio controlado“).

La reunión del Eurogrupo, a pesar de los esfuerzos de unos y de otros, terminó sin acuerdo.

El primer ministro italiano, Conte, ha pedido a la Unión Europea, oficialmente, un plan de reconstrucción parecido al „plan Marshall“ (oficiamente European Recovery Program) al objeto de evitar que „las generaciones futuras tengan que arrastrar las consecuencias de una economía destruida“.

Una economía destruida, añado yo, con todo lo que eso implica. Por ejemplo, la estrecha correlación que existe entre la crisis económica y el aumento del radicalismo político.

Entretanto el ex primer ministro italiano, Enrico Letta, ha criticado duramente la postura austriaca en contra de la emisión de „coronabonos“ (que repartirían la carga de la recuperación económica, a diferencia de la opción del rescate tradicional, que impactaría en la línea de flotación de los países rescatados). Según Letta, la actitud austriaca es „irresponsable“ e insolidaria.

-Uno de los sectores que la crisis está golpeando con más fuerza es el del cuidado de personas dependientes. Es un trabajo que, en Austria, realizan mayoritariamente personas procedentes de los países más pobres la Unión, como Rumanía y Bulgaria. Para paliar el tremendo problema que esto supone, el Gobierno de Baja Austria va a traer por avión personal de estos países, en número de 250. A estas personas se les demandará un periodo de cuarentena de 14 días, ya que, al no ser consideradas como fuerza laboral clave para el sistema (systemrelevant) no tienen acceso a los tests rápidos. El Gobierno de Baja Austria se ha quejado de esto, argumentando que, con los 14 días de cuarentena no solo se pierde dinero, sino un tiempo precioso.

-Mientras tanto, un avión de la Austrian Airlines ha traido a Schwechat un grupo de 71 personas procedentes del Perú. En el mismo avión que ha aterrizado en Schwechat venían un total de 289 pasajeros, súbditos de países comunitarios y once de terceros países, según ha declarado la portavoz del Gobierno austriaco.

El post de hoy ha sido un poquito denso en información, pero espero que mis lectores hayan entendido todo lo que ha sucedido. Si tienen preguntas sobre estos apasionantes asuntos, pueden escribirme libremente.

A las ocho nos volveremos a ver. Hasta entonces, que lo pasen bien y sigan todos ustedes muy sanos. Un cordial saludo.

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