Austriacos y españoles: consejos para contar hasta diez

El coronavirus, es previsible, va a traer a Austria una nueva avalancha de españoles. Quizá es mejor que tanto ellos como la población aborigen, se vayan preparando.

11 de Julio.- El coronavirus se abate sobre el mundo y, desgraciadamente, una de las economías más castigadas será la española.

Basándonos en lo que sucedió en la crisis del 2008-2010 y basándonos, sobre todo, en la cantidad de mensajes que recibo todos los días, es muy probable que los aborígenes tengan que acostumbrarse a una nueva avalancha de españoles (o hispanoparlantes) que tendrán que enfrentarse más pronto que tarde al choque cultural que les espera.

Como Viena Directo es, ante todo, un servicio público, creo que será bueno preparar a unos y a otros (aborígenes y paisanos) para encarar con alguna garantía de éxito lo que se les viene encima. Por eso, este post no va ni para unos ni para otros, y va para las dos partes.

Paconsejo primero: para los españoles: a pesar de que los austriacos no tienen unas opiniones sobre todas las cosas (ejem) tan definidas (otro ejem) como sus primos los alemanes, esta sociedad lleva siglos optimizando sus procedimientos al objeto de que, para hacer cada cosa, haya un procedimiento solamente.

Así pues, si en tu pasaporte pone que eres de España y tienes el placer de encontrar una media naranja con pasaporte austriaco, será mejor que te rindas sin luchar. Tu pareja tendrá ideas muy definidas a propósito de un sinnúmero de cosas a propósito de las cuales tú nunca pensaste que se pudieran tener ideas. O sea, desde la manera óptima de colocar los chismes en el lavavajillas hasta de colocar los armarios o doblar las prendas para que queden de una manera y de otra no.

Como digo (y quien avisa no traiciona) no sirve de nada intentar explicar que en tu casa lo hacíais de otra manera (o, simplemente, que hay muchísimas maneras diferentes de hacer las cosas y que no tiene importancia cuál se elija.

Tu pareja, por supuesto, no comulgará con tu opinión. Pensará que solo hay una manera de hacer cada cosa que es la buena, naturalmente, y que es la austriaca. Si en algún momento dice lo de „bei uns in Österreich…“ se aconseja una retirada táctica.

Paciencia.

Pancosejo segundo: para los austriacos: queridos austriacos y austriacas: los españoles hablamos mucho de todo y nos gusta hablar las cosas (no en vano somos el país en donde las tertulias televisivas tienen su paraíso). Hablamos para desahogarnos, y hablamos, en general, para pensar. No podemos evitar también hablar en círculos (cosa que, yo lo sé, a vosotros os pone bastante nerviosos). Consultamos a otras personas a propósito de su opinión, aunque dicha opinión nos chupe un pie, y solo por el placer de consultar.

Nosotros hablamos para hacer terapia, también. Cómo no. Si nos pasa algo, lo contamos (y no nos importa demasiado la opinión que puedan darnos, la terapia es unidireccional). Vosotros, no. Qué le vamos a hacer. A vosotros os gusta, pero por educación (o por sentido práctico, que también, no os sale).

Lo mismo que nosotros con la manera buena de colocar los calcetines en los cajones de la cómoda, os toca a vosotros tener un poquito de paciencia. Los españoles, cuanto más tiempo pasamos en Austria, más tendemos a callarnos.

Paconsejo tercero: para los españoles: esto, más que un consejo, es una afirmación que, sobre todo en los primeros tiempos, hay que creersela, como uno cree en la existencia de los átomos o del virus malandrín: los austriacos tienen sentido del humor.

En serio.

Tienen muchísimo y, una vez lo pillas, te ríes mucho. Lo que pasa es que es un sentido del humor algo distinto del nuestro.

Paconsejo tres, uno: españoles, queridos compatriotas: hay que derribar un mito. Los españoles pasamos por ser una nación con mucho sentido del humor, pero no es verdad y cuanto antes lo reconozcamos, mejor (esto lo dijo mi amiga Maite el otro día y creo que tiene más razón que una santa). Su argumento es que nuestro humor es en gran parte preposicional. Somos mucho más partidarios de la preposición DE que de la preposición CON (y así nos va). Nosotros nos reimos DE la gente, nos da porsaco que se rían DE nosotros y no somos capaces de reirnos CON otros.

La deportividad con la que otras naciones se toman lo que podríamos llamar „el autohumor“ no va con nosotros. El español es una persona con una alergia tremenda a ser visto como alguien ridículo o a verse a sí mismo como alguien ridículo.

Es esa faceta hiriente del humor español la que a los austriacos les duele y nosotros la confundimos con falta de un sentido del humor que, en nuestro caso, puede ser muy maligno.

Humildad, señores.

Paconsejo cuatro: para los austriacos: queridos convecinos: aunque es muy difícil generalizar, y líbreme Dios de querer hacerlo, para vosotros la familia es un concepto relativamente simple que, la mayoría de las veces está emparentado con lo biológico. Por eso correis peligro de asfixia cuando os enfrentáis al concepto de familia español, el cual trasciende la biología y resulta totalmente abstruso para vosotros, porque incluye lo que yo llamo „familia extendida“ y es toda esa gente que no guarda parentesco con nosotros, pero con la que tenemos mucha más relación, en algunos casos, que con la familia de sangre.

Para un austriaco resulta enormemente desconcertante ese jarabe de afecto que le envuelve cuando entra (bien, de lleno, de verdad) en una familia española.

Esto es especialmente notable cuando el español vive en el extranjero. A todos los efectos, yo tengo una relación con mis mejores amigos españoles que es como la que tengo con mis primos que viven en España.

Para los españoles: queridos recién llegados: en Austria el universo amistoso está mucho más compartimentado que el español (es la teoría de los armarios, ver punto uno). A mí me parece fascinante el universo Bekannte (o sea, los conocidos). Un austriaco puede estar veinte años hablando del tiempo con una persona sin que esa amistad llegue a más. También es verdad que, según los austriacos (y tienen razón) nosotros tendemos a abusar de la palabra „amigo“ y le llamamos así al primero con quien hemos tenido una conversación sobre si las mascarillas son un agobio o son necesarias para la salud.

Paro aquí. No será el primer post ni el último al respecto, sospecho.


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