Cómo hablar con un negacionista (y tener éxito)

No: la gente no siempre tiene la culpa de enfermar de coronavirus – cómo hablar con un negacionista (y tener éxito en el intento)

21 de Octubre.- Hoy, como ya decía en el último post, se ha alcanzado en Austria un nuevo récord de nuevas infecciones.

Como es mi deber (deber autoimpuesto, pero deber) naturalmente he informado a los lectores de Viena Directo. Información de la que se desprendía, también, la necesidad de tomar precauciones (medidas de prevención, etcétera).

Uno podría pensar que estas advertencias solo tienen ventajas. Y tienen muchas, qué duda cabe. La gente, concienciada, toma precauciones, y esas precauciones salvan vidas. Pero también tienen un efecto colateral no tan bueno, en el que las personas no siempre pensamos.

¿Se pone uno enfermo porque quiere?

Para que mis lectores lo entiendan, voy a poner un paralelismo y es con ese cúmulo de enfermedades tan variopintas que, para simplificar, llamamos cáncer.

Los médicos llevan décadas insistiendo en que determinados hábitos de vida favorecen que uno enferme. La vida sedentaria, el consumo de carnes rojas, fumar, beber alcohol, son cosas que deberíamos evitar para llegar a viejos mucho más saludables. Naturalmente, la gente -algunos médicos incluidos- piensan que hacer ejercicio, evitar la carne roja, no fumar y no beber, son un salvoconducto seguro a la longevidad y se convierten en unos talibanes de la vida sana. Y sin embargo, incluso tomando estas precauciones, hay gente que sigue padeciendo cáncer. Por ejemplo, por antecedentes familiares. Un amigo mío, vegetariano, no fumador, una copita de vino muy de vez en cuando y monitor de gimnasio, tuvo un cáncer de garganta (por suerte, se curó tras el correspondiente tratamiento).

Naturalmente, las advertencias de los médicos salvan vidas porque la gente está atenta, pero también hacen que, de alguna manera, terminemos pensando que, quien enferma de cáncer es „porque algo habrá hecho“. De manera que los enfermos de cáncer no solo se sienten mal por su enfermedad, como es lógico sino que, como es ilógico, se sienten mal porque se sienten culpables.

Con el coronavirus pasa un poco igual.

Naturalmente, todos los que escribimos o hablamos para el público, damos mucho la paliza con el tema de la precaución pero es que, incluso tomando precauciones, hay gente que enferma de coronavirus. Lo mismo que se enferma de catarro, simplemente porque, de alguna forma, no está al cien por cien en nuestras manos evitarlo.

Otro asunto es cómo actuar frente al negacionismo o al „no-es-para-tantismo“.

!Ay, qué ingénuos!

Todos tendemos a pensar como San Agustín que el bien es „difusivum sui“ o sea, que se extiende por sí solo.

Todos -yo también he caido en ese error- pensamos que si a un negacionista le damos los argumentos razonables correctos cesará en su error, se dará cuenta de que se ha equivocado y accederá a ponerse mascarilla, o a ponerse las manos o dejará de creer que todo esto („todo esto“) no es más que una conspiración de los hombres de negro para inocularnos a todos un chip.

Y no. Lamentablemente, no.

A mí se me pasó la ingenuidad cuando hubo una persona que me amenazó con romperme la cabeza con un bate de béisbol. A mí no me cabía en la cabeza que esto que hago todos los días pudiera despertar en alguien una reacción semejante.

He pensado mucho desde entonces a propósito de esto y, aunque tratar de explicarse el mecanismo de pensamiento de una persona que tiene una visión distorsionada de la realidad no es fácil, he llegado a la conclusión de que lo que puede haber pasado es esto: el negacionismo es fruto del miedo a lo desconocido -naturalmente, hay otros factores, como la incultura científica, pero creo que este no era el caso- el ser humano tiene diferentes reacciones ante el miedo. Hay gente que se vuelve activa y, espontaneamente, echa a correr. O sea, que trata de huir de aquello que le da miedo y ponerse a salvo (real o metafóricamente). También hay personas que se resignan a que, lo que sea, les atropelle. Hay gente a quien el miedo les paraliza. Y hay personas que niegan que haya ninguna razón para tener miedo. Les tranquiliza pensar que la amenaza no existe y, ante la evidencia, no cesan de inventar teorías descabelladas que incluso contravienen cualquier evidencia. En la misma frase te pueden decir que el virus no existe, que ha sido creado en un laboratorio y que en realidad es como una mala gripe con la que quieren inocularnos un microchip.

Esto tiene dos derivadas. La primera, que cualquier intento de sacarles de su error es percibido como una amenaza que, en casos extremos, alcanza a su propia integridad. Y ante las amenazas la gente se pone agresiva (ver la parte del bate de béisbol).

La segunda que los negacionistas y nos „no-es-para-tantistas“ en un impulso que también es muy humano tratan de reclutar a personas para su causa y por eso no dejan de dar la turra con virus magufos, teorías conspiranoicas, bulos de todas las especies y demás.

¿Qué hacer si, además, se trata de personas con las que uno tiene una relación, por ejemplo, familiar? Nuestro primer impulso en estos casos es, como suele suceder con todos los primeros impulsos, el peor. Generalmente o bien nos cachondeamos del negacionista de que se trate o, si la cosa se encona, le atacamos.

Mal hecho.

Yo he llegado a la conclusión de que es contrapoducente. Por un lado, la persona se eriza y no atiende a razones y por otro lado, lo más que podemos conseguir es que nos bloquee (hablo de Féisbul) y solo se hable con personas que crean en teorías tan descabelladas como él. Es natural: los negacionistas buscan también „la inmunidad de rebaño“.

El otro día escuché en la radio una conversación a propósito de este tema tan interesante y un médico decía que si bien el pensamiento conspiranoico, en el caso del coronavirus, es una cosa de lo más indeseable, también es cierto que se basa en una capacidad que ha llevado al hombre hasta la luna. O sea, en la necesidad de encontrar explicaciones a fenómenos, en principio, incomprensibles. Me dio muchísimo que pensar esta frase. Aun así, aconsejaba el médico que, aunque fuera tratando de no herir los sentimientos de la persona, había que intentar sacarla de su ignorancia.

En eso estamos ¿Verdad?

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