Por fin llegó el gran día: así ha sido mi vacunación

Es mentira: ni he empezado a atraer los objetos metálicos, ni pillo la WiFi. Lo que dicen los antivacunas es una estafa. Por fin llegó el gran día: así ha sido mi vacunación.

4 de Junio.- En el momento de empezar este texto, da el reloj las siete en punto de la tarde. Hace exactamente seis horas y cincuenta minutos desde que me vacunaron y, aunque me noto algo cansado, la verdad es que estoy perfectamente.

Para que quede memoria de este día tan dichoso, escribo este texto.

Esta mañana, me he vacunado (bueno, medio vacunado, ha sido la primera dosis) en el Austria Center de esta bonita capital que el Danubio riega con sus cantarinas aguas.

De hecho, estaba a tiro de piedra del Danubio.

LOS PREPARATIVOS

Mi vacunación, como ha pasado hoy con varios miles de personas en toda Viena, ha sido concertada por la empresa en la que trabajo.

Hace días, me mandaron dos correos electrónicos separados con dos citas en donde se daban las fechas (hoy la primera, la segunda en julio), mis datos y la vacuna que me iban a poner (Pifzer/Biontech).

En estos correos también se decía la documentación que tenía que llevar. A saber: una carta en la que la empresa en la que trabajo justificaba la prioridad de mi vacunación por necesidades del servicio, un documento de identificación con foto, la tarjeta sanitaria, la cartilla de vacunación (no la tenía, pero da igual: te dan una), un cuestionario en el que uno tiene oportunidad de relatar sus miserias médicas (si las tiene) y, naturalmente, una mascarilla FFP2.

Ayer por la noche, lo preparé todo y lo revisé diez veces (por lo menos).

Mi peor pesadilla era que, por olvidárseme un documento, no me pudieran vacunar.

Como saben todos los lectores de Viena Directo tenía muchísimas ganas de que llegase este momento.

Más aún si cabe, porque desde el principio he seguido el desarrollo de las vacunas con la misma fruición que, supongo, deben tener los forofos del fútbol. Me acuerdo todavía de cuando, todavía en el primer confinamiento del año pasado, di la noticia de que empezaban las pruebas de AstraZeneca.

Para no mentir, estaba también un poco intranquilo. Me habían contado muchas historias a propósito de las reacciones. Que eran variopintas. A mi padre, por ejemplo, no le hizo la vacuna ninguna reacción, pero a varios compañeros les había dado fiebre y síntomas gripales.

De todas maneras: tranquilos: ni se me han pegado las cucharas al cuerpo después de la vacunación (es la última gilipollez negacionista) ni, para mi desgracia, he empezado a recibir WiFi, ni escucho voces que me dicen cómo tengo que comportarme.

HOY PUEDE SER UN GRAN DÍA (Y LO HA SIDO)

Esta mañana, en el trabajo, miraba el reloj cada tres minutos.

Me daba miedo que, con el estrés, se me fuera a pasar la hora.

Como es mi costumbre con estas cosas, he salido de la oficina con tiempo. Tenía la hora a las doce y veinticinco y, conforme a mi costumbre, he llegado a las doce y diez.

Cuando hacía teatro, aprendí que el mejor remedio para los nervios es conocer cada escenario. Sobre todo, dónde pueden estar esos obstáculos que, entre cajas, hacen que salgas tarde.

Así pues, hace quince días, en previsión, había ido con un amigo a reconocer el sitio. De todas maneras, era fácil, porque todo estaba perfectísimamente organizado. Una legión de trabajadores te va guiando por las diferentes etapas del proceso. En la primera, te identifican. Entregas el cuestionario y te asignan un número y un código de barras personal e intransferible. Esto sucede en unos contenedores en la explanada de lo que, normalmente, es una feria de muestras.

El siguiente paso, ya es dentro del pabellón. Ahí, un chico muy simpático, comprobó que era yo e introdujo los datos de mi tarjeta sanitaria.

Al identificarme y ver que era español, incluso me deseó un buen día en la lengua de Belén Esteban.

¿Qué más se puede pedir?

El siguiente paso es una médico, que te da algunos consejos para cuando te vacunen. Que bebas agua, que no hagas deporte. Que si tienes molestias (que no tienes por qué tenerlas) que te tomes un paracetamol.

-¿Tiene usted alguna pregunta con respecto a la vacuna?

Y yo:

-No, señora.

Me han dado ganas de decirle:

-Pero, jamía, ¿No sabe usted con quién está hablando? !Si con lo que yo he aprendido estos meses haciendo Viena Directo me van a convalidar un doctorado en Biomedicina!

Ella, igual, me ha soltado el rollo.

Y yo, sonriendo, con mi carpeta con mis papeles entre las manos, feliz feliz feliz, he ido haciendo la fila hasta que me han llevado frente al cubículo en donde me tenían que vacunar.

Ha habido un momento en que pensaba que iba a llorar de felicidad (yo soy un hombre de lágrima fácil) pero me he contenido (tengo una larga experiencia e contención).

Si por mi gusto hubiera sido, hubiera estado dando saltos de alegría. Cogiendo a la gente por la solapa y preguntándole:

-¿Se da usted cuenta, señora, de la suerte que tenemos? ¿No? Pues yo se lo digo ¿No es genial vivir en una época en la que contamos con una tecnología que permite salvar vidas así, de esta manera? ¿No se da cuenta usted de que hay muchas personas en el mundo -la mayoría- que viven en países que no se pueden permitir esto que a usted le fastidia? Un pinchacito y hale, a casa. Pro-te-gi-do. No me diga usted que no es esto milagroso.

En mi familia, ya digo, me han dicho siempre que me emociono con una acelga. Conque cuente usted con un producto de tecnología punta como es la vacuna de Biontech.

EL GRAN MOMENTO

En fin. Cuando ha llegado el momento, he entrado al cubículo. La médico que me ha vacunado era una muchacha joven que tenía pinta de que una manada de búfalos hubiera pasado sobre ella.

Natural: cuando te pasas un día detrás de otro vacunando cristianos.

Ha cogido una jeringuilla finita de un vaso, y raca. Visto y no visto. Ha durado la cosa minuto y medio.

-¿Ya está?

-Ya está. Ahora pase a la sala de espera y si en veinte minutos está usted bien, se puede ir a su casa. No pierda la cartilla de vacunación que la necesita para salir.

En la sala de espera había un montón de personas a las que he tenido tiempo de observar. Un hombre leyendo un libro en papel (qué antiguo), un chaval mirando el móvil y mandando guasaps (yo lo he hecho, también); una mujer extranjera (balcánica, con la que parecía su hija). Frente a nosotros, unas pantallas que iban marcando la hora para que supiéramos cuándo habían pasado los veinte minutos. De fondo, una música chill out.

Pasados los veinte minutos, con más hambre que los pavos de Manolo (lo cual siempre es una buena señal) he salido del Austria Center.

Y aquí estoy, vivito y coleando.

Durante este año y medio, casi minuto a minuto, he ido contándoos la actualidad de la pandemia y siento que, con el día de hoy, poco a poco, mi misión empieza a terminar, porque también termina la pandemia.

Es una sensación agradabilísima el pensar que la normalidad está ahí, al alcance de la mano, gracias al trabajo de muchos científicos anónimos que han hecho posible esta magia.

Brindo por ellos y, naturalmente, aunque sea de esta forma anónima, ahí va mi agradecimiento. Y, por supuesto, animo a todo el que pueda estar leyendo esto a que se vacune también como yo. No pasa nada y ganamos todos. No hay razón ninguna para tener miedo.

Articulo publicado en Austria, coronavirus. Guarda el enlace permanente.

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