Estalla en Austria la guerra entre las manzanas y las hamburguesas

La aprobación de la vacunación obligatoria ha visto aparecer dos iniciativas ciudadanas de intenciones contrapuestas ¿Cuál ganará? Apueste por una.

17 de Enero.- Soy una persona a la que le gusta comer sano. Como tengo la maldición de tener un apetito voraz (me viene de familia, nos gusta la buena mesa), tengo que hacer un esfuerzo para no comer demasiado. De todas formas, como lo de comer sano es, fundamentalmente, porque me tengo cariño, de vez en cuando, y aunque pueda parecer contradictorio, me doy un capricho. Di que el otro día, me entró nostalgia de mi infancia y me hice un bocata de salchichón (sí, queridos lectores, así se me hace a mí feliz, no con Ferraris ni porquerías de esas).

Di que estaba yo ufano comiéndome mi bocata cuando me vino a la cabeza este pensamiento filosófico:

-¡Por qué no querría Dios que las acelgas, verbigracia, no estuvieran tan buenas como las guarrerías del quentaqui fraid chiquen!

Se mire por donde se mire, es un grave fallo de diseño que las cosas perjudiciales para la salud estén ricas y las cosas que son buenas y nos mantienen guapos y sanos, generalmente, sean tirando a sosas.

(Quizá un argumento que demuestra mejor que ninguno que Dios no es, de ningún modo, infalible. Abro hilo).

Pensando en cómo enfocar el tema que nos ocupará hoy, pensaba yo que otras cosas en la vida podrían estar encerradas en la misma paradoja que podríamos llamar del error de concepción.

Cabría preguntarse por qué una información basura, como que las vacunas tienen grafeno o que si te pinchas te vuelves magnético, es mucho más fácil de digerir -sobre todo por determinados caletres que tiran al pensamiento rupestre- que la información “güena”, o sea, que las vacunas son, no solo efectivas, sino seguras y un milagro de la tecnología y de la ciencia, producto de cientos de miles de horas de trabajo y de inversión de recursos de gente listísima.

La misma respuesta que nos sirve para el contraste pollo rebozado / acelgas nos vale también para el contraste “mierdinformación”/ciencia.

El pollo rebozado, con sus enormes cantidades de grasas y sal se aprovecha de que nuestro cuerpo está concebido para buscar elementos que, allá cuando Adán le sacó la costilla a Eva, eran escasos.

De esta manera, nuestro cuerpo no solo no tiene que realizar ningún esfuerzo para ponerse como la moños de alimentos objetivamente perjudiciales, sino que, además, el muy canalla de él, los busca, de manera que los que producen comida basura no tienen ni siquiera que estrujarse mucho las neuronas para venderla. La porquería, con perdón, se vende sola.

Por contraste, para comerse una manzana (un poner) hay que hacer el esfuerzo de querer comérsela y el de concienciarse de que una manzana nos va a aportar tales y cuales beneficios. Antes de comerse la manzana, hay que aprender que la manzana puede que no esté más rica que una hamburguesa, pero que, a medio y largo plazo va a ser mejor para nosotros. En términos de psicología, esto se llama “resistencia a la frustración” y es una de las claves de la inteligencia.

De la inteligencia individual y de la inteligencia colectiva, que es lo que ha probado la pandemia (y cuarentamil personas todos los sábados van a repetir curso).

Del mismo modo, funciona nuestro cerebro.

Nuestra potencia contratada es limitada (sí, lo sé, en el caso de algunas personas es muy muy muy limitada, ver párrafo anterior) y, por lo tanto, estamos programados para quitarle a los problemas toda la broza que nos estorba para entenderlos.

Desgraciadamente, esto también hace que tendamos a consumir soluciones fáciles (demasiado fáciles) a problemas complejos. Esas soluciones fáciles son como las hamburguesas. Nuestro cerebro las engulle sin esfuerzo, nos quitan el hambre y nos dejan el entendimiento fofo.

En cambio, para consumir información buena (científica, por ejemplo) hay que, primero, contar con un cierto caudal de inteligencia previa (capacidad de digestión, si has llegado hasta aquí, no tienes problemas en ese aspecto), después, hay que contar con una preparación previa (lo mismo que uno asimila el axioma “las manzanas no son sabrosas pero son muy sanas” uno tiene que asimilar el axioma “la información científica de calidad puede que sea algo árida, pero es contrastable y el esfuerzo de aprender merece la pena”) y, por último, tiene que hacer el esfuerzo de consumirla. O sea, sentarse delante de un texto e invertir tiempo en leer, entender y en comprobar que uno ha leído y ha entendido bien o si hay otras evidencias que contradigan lo que uno ha creido entender.

En estos días se han puesto dos iniciativas en paralelo: una, fundada por personajes del mundo del espectáculo austriaco, que son antivacunas y dicen idioteces como eso de que, diciendo que la gente tiene que vacunarse “estamos discriminando a las personas que piensan diferente” (qué cansancio, gensanta). Por otro, una iniciativa impulsada por un grupo de personas de ciencia austriacas que se ha puesto como objetivo no solo difundir información de calidad a propósito de las vacunas, sino alcanzar una cobertura vacunal de un 95%.

Es la vieja guerra, perdida de antemano (aunque la esperanza es lo último que se ídem), entre la hamburguesa y la manzana. Yo, para ayudar al partido de los inteligentes, voy a poner solo el link bueno, el de los científicos (en el párrafo anterior). A los de las hamburguesas, francamente, que les dé publicidad otro.

Ayer, en La Tarde en Directo, le dimos una vuelta a la nueva ley de vacunación obligatoria. También hablamos del Klimarat y comentamos algunas de las noticias más importantes de la semana en Austria.

Si no tuviste tiempo de verlo en directo, no pierdas la ocasión. Aquí, en versión podcast.

 

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