Austria, Rusia y Ucrania: relaciones de ida y vuelta

El mundo espera una solución al conflicto entre Rusia y Ucrania ¿Dónde encaja Austria en los planes geoestratégicos de la Federación Rusa? ¿Qué políticos austriacos cobran de empresas rusas? En este post, la historia de una relación tan compleja como apasionante.

26 de Enero.- En estos momentos, la opinión pública mundial mejor informada está sumamente preocupada por la posibilidad (nada descartable) de una invasión rusa del territorio de Ucrania, lo cual supondría, aparte de una tragedia de imprevisibles consecuencias, la primera guerra en suelo europeo desde las terribles que desmembraron la antigua Yugoslavia.

Hace algunos años tuve la ocasión de hacer un viaje largo por Ucrania y, como hago siempre, escribí mis impresiones, en un diario de viaje que tiene unos centenares de páginas. De mi viaje, de las preguntas que hice y de lo que investigué por mi cuenta, saqué la conclusión de que la política interior ucrania y sus relaciones con Moscú y con la Unión Europea son un asunto extremadamente vidrioso, en el que la racionalidad y la ética (sobre todo del lado ruso) no han intervenido demasiado tradicionalmente.

RUSIA: UN PAÍS CON EL MOTOR DE UN KIA PIKANTO QUE QUIERE SER UN FERRARI

Más o menos la cosa viene a ser así: Ucrania es un país muy grande (más grande que España, que es uno de los países más extensos de la Unión) y además enormemente rico en recursos naturales.

Desde que cayó la Unión Soviética y la República de Ucrania se declaró independiente (1991 después de Cristo) el país ha vivido de susto en susto (el primero, antes de esa independencia, fue la catástrofe de Chernobyl, que es un susto de primera división); el Gobierno de Moscú ha intentado por todos los medios a su alcance desestabilizar la política y la economía ucrania, para intentar recuperar influencia sobre un territorio que, además de su posición estratégica, cuenta, como decía más arriba, con recursos valiosísimos para la renqueante economía rusa.

En este sentido, Rusia es un poco como Francia: o sea, un país con una economía de segunda (a ratos, incluso de tercera) que se empeña en comportarse como si fuera una potencia de primera.

El punto álgido de estos intentos desesperados por arrancar Ucrania de la zona de influencia de la Unión Europea fue la invasión de la Península de Crimea, la cual no terminó en una guerra mundial porque Dios no quiso.

Ciñéndonos al caso ucranio, la incesante labor propagandística de Moscú desde principios de este siglo y la alternancia de Gobiernos títere de Moscú (asimilables ideológicamente a la extrema derecha europea) con Gobiernos de signo más o menos proeuropeísta ha dividido el país en dos partes más o menos simétricas. La región este de Ucrania quisiera formar parte, en forma quizá de República asociada o similar, de la Federación Rusa; en tanto que la región occidental, mucho más liberal en general, se inclina por intentar formar parte de la Unión Europea y si no de la Unión Europea, de la OTAN.

Esta última es la perspectiva que a Moscú no le gusta nada, por diferentes razones, entre ellas un nacionalismo faltón con el que, como siempre sucede con todos los nacionalismos, los rusos tratan de compensar su baja autoestima.

En política internacional, Rusia viene a ser como esos tipos bajitos y feúchos que, por sistema, le entran a la chica más guapa de la discoteca, pensando que la táctica “porque yo me merezco a la chica más guapa de la discoteca” es una razón tan buena como cualquier otra para ligar.

Espero que el lector me venga siguiendo hasta aquí.

Si el asunto ya era complejo hasta ahora, piense el lector que en la política interior ucrania también hay facciones no demasiado presentables que vienen a distorsionar todavía más el panorama.

Por ejemplo, del lado que quiere acercarse a la Unión hay una especie de partido de extremísima derecha (supremacista, etcétera) llamado Pravy Sector, que tiene deificado a un tiparraco que se llamó en su momento Stepan Bandera (sobre cuya vida debería haber una novela si no la hay ya). Dejo al lector que investigue por su cuenta la personalidad de este tipo que debía de ser de esos que, cuanto más los conoces, más quieres a los orcos.

Aunque sé que la introducción me está quedando un poquito larga, la he considerado necesaria para que el lector se haga una idea del marco en el que nos estamos moviendo y, ahora vamos a ello, de lo delicada que es la posición austriaca en este tema, dado que la influencia de la Federación Rusa, si bien algo debilitada en la actualidad, ha llegado hasta el mismo corazón del sistema político austriaco.

VIENA, 4 DE JUNIO DE 2014: EL PRINCIPIO DE LA “UNIÓN EUROASIÁTICA”

Uno de los objetivos más sostenidos del Gobierno de Moscú es la desestabilización de la Unión Europea.

Por muchas razones: en primer lugar, la Unión representa una merma de la influencia de la Federación Rusa en los antiguos países que formaban la órbita de la Unión Soviética. Por otro lado, la Federación Rusa va inclinándose cada vez más hacia eso que algunos conocen como “democracia autoritaria” y la gente decente llamamos “dictadura”. En el ADN de la Unión están unos ideales democráticos, progresistas e ilustrados que en las altas esferas de Rusia provocan urticaria.

A todo esto hay que añadir que la mera idea de una Unión fuerte también implica un poder de negociación fuerte en aspectos vitales para la economía rusa, por ejemplo, en el sector energético.

Por todo esto y muchas cosas más, la consigna rusa con respecto a la Unión ha sido siempre “divide y vencerás”.

Una de las maneras de fomentar esa división y aumentar la presencia en el espacio público del discurso autoritario ha sido financiar bajo cuerda a todos los partidos de extrema derecha de la Unión y proporcionarle a sus líderes munición ideológica.

Aparte de Strache y del propio Herbert Kickl, Johann Gudenus ha sido el alumno aventajado de esta academia de desestabilizadores. Sus viajes a Moscú, antes de caer en desgracia debido al escándalo de Ibiza, eran frecuentísimos y hoy en día trabaja para Metax, una filial del gigante ruso Gazprom.

Los contactos de Moscú con el FPÖ como organización y con sus dirigentes han sido estrechísimos y tuvieron su punto culminante el 4 de Junio de 2014.

Ese día, con el pretexto de preparar las conmemoraciones del 200 aniversario del Congreso de Viena, se reunieron en el Palais Lichtenstein de Viena el oligarca ruso Konstantin Malofeev, presidente de la fundación San Bastilio El Grande (nada que ver con la Paloma del mismo nombre), la ultraderechista francesa Marine Le Pen, el ultraderechista búlgaro Wolen Siderov, Heinz Christian Strache por la parte austriaca y Alexander Dugin, el que pasa por ser el ideólogo de Vladimir Putin. Un tipo racista y un fanático religioso que es el impulsor principal del ultranacionalismo ruso.

En la reunión, semisecreta, estuvo prohibido filmar ni grabar nada (los asistentes tuvieron que dejar el móvil a la entrada) y se especula con que se sentaron las bases de una estrategia que conllevaría el fin de “Eurosodoma”, que es el nombre por el que Dugin designa a la Unión Europea y el establecimiento de una Unión Euroasiática, ideada por él, la cual conllevaría un cambio sustancial del equilibrio de poder en Europa.

La estrategia sería volver a las ex repúblicas soviéticas al área de influencia de Moscú utilizando como palanca las minorías rusas que aún viven en ellas (esta es la estrategia por la que la Federación Rusa se anexionó de hecho la Península de Crimea).

Algo menos de tres años después, a finales de 2017, se constituye el primer gobierno Kurz, en el que Heinz Christian Strache es vicecanciller.

La política exterior austriaca, da un giro de ciento ochenta grados y Austria se postula como un “puente” entre el este y el oeste de Europa y, por lo tanto, como la voz del llamado “grupo de Visegrado” otra de las cabezas de puente que la Federación Rusa ha utilizado (y sigue utilizando) para desestabilizar las instituciones europeas.

En ese primer Gobierno de Kurz, Karin Kneissl es nombrada Ministra de Asuntos Exteriores. Oficialmente, no pertenece a ningún partido, pero ha llegado al Gobierno a través del FPÖ. Durante su etapa como Ministra, Kneissl se casa e invita a su boda al mismísimo Vladimir Putin, con el que baila un vals.

Al acabar el baile, Kneissl, vestida de traje tradicional austriaco, le hizo a Putin una reverencia, que el mandatario ruso observó con una sonrisa sardónica.

En la actualidad, Karin Kneissl está en el consejo de administración de la petrolera rusa Rosneft, en donde gana aproximadamente medio millón de dólares al año.

LA ACTUALIDAD

El llamado “Escándalo de Ibiza” supuso un abrupto final para la influencia rusa en la alta política austriaca.

El ruido de la pandemia ha ayudado también a camuflar el lento viraje de la política exterior austriaca hacia Bruselas. Incluso el FPÖ anunció en diciembre del año pasado que iba a rescindir el acuerdo de colaboración que en 2016 había firmado con el partido de Putin y que había servido de soporte o excusa para los continuos viajes de los dirigentes del FPÖ a Moscú.

La doctrina oficial del Ministerio de Exteriores austriaco, tal como la explicó el Ministro de Exteriores (y ex canciller) Alexander Schallenberg, es que Putin es una persona de la que nadie decente se puede fiar y que quiere “volver el tiempo atrás”.

Preguntado por la cercanía de su antecesora, Karin Kneissl, Schallenberg, con cara de póker dijo:

Como hombre, nunca hubiera tenido la tentación de bailar con Putin, y tampoco lo haría”.

Que cada cual inteprete la cosa como quiera.

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