El único encuentro entre Sigmund Freud y Salvador Dalí

Todos los pormenores de este artículo, tan curiosos, aunque puedan parecer mentira, son totalmente verdad. La historia supera a la ficción.

31 de Enero.- En la primavera de 1938, Salvador Dalí tenía 34 años. Era alto, guapo, sofisticado, estaba como una cabra y era un genio además de un pintor muy famoso. Sobre todo entre los muchimillonarios americanos, que eran su principal clientela.

Personalmente, y aunque no tengo ninguna prueba para afirmarlo, las rarezas de Dalí probablemente vinieran de que era un poco Asperger, pero en aquel momento el doctor austriaco estaba muy ocupado insertándose en el régimen nazi y no había publicado todavía sus descubrimientos sobre el famoso síndrome que lleva su nombre.

En cualquier caso:

Según sus contemporáneos (por ejemplo, José, llamado Pepín, Bello) Salvador Dalí era una especie de Maradona, o sea: un genio para lo suyo pero un desastre para la vida cotidiana. Según parece, cuando llegó a Madrid procedente de su Cataluña natal, „Eungenio“ Salvador Dalí, como le bautizó Nacho Cano, en inmortales versos era incapaz de calcular las vueltas cuando compraba un billete de tranvía y no sabía leer la hora en un reloj. Era un portento del dibujo, eso sí. Y un hombre, como queda dicho, con un enorme instinto para ganar dinero.

En los años veinte había descubierto, como todos los surrealistas, la obra de Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, y era un fan total.

(Entre otras cosas porque de la obra de Freud se deducía que todo el mundo, en mayor o menor medida, está como un cencerro, descubrimiento que, comprensiblemente, alivió mucho a Salvador Dalí).

Sigmund Freud, entre tanto, era un hombre de ochenta y dos años que empezaba a estar consumido por un cáncer que se había ganado a pulso a base de fumarse unos purazos gordísimos.

Un caballero anciano, que debía de tener mucho en común en carácter con su contemporáneo, el emperador Francisco José.

Frío y distante, algo tímido y, a diferencia del emperador, que era más bien medianito, de una inteligencia aguda, analítica e incisiva que, como todas las grandes inteligencias, tampoco escapaba de sus rarezas (es de esos „actos erróneos“ de los que sale la creatividad que permite avanzar).

El Doctor Freud, famoso psiquiatra, inventor del psicoanálisis y patriarca de una familia de seres excéntricos y cultísimos, había aprendido español para poder leer a Cervantes en su lengua original.

Como era listísimo, Freud había estudiado castellano de forma autodidacta, con ayuda de diccionarios y gramáticas y, para practicar, durante casi una década, había mantenido una fluida correspondencia en castellano con su amigo Silverstein, en donde se llamaban el uno al otro Cipión y Berganza, nombres de los canes protagonistas de „El coloquio de los perros“, del ilustre autor alcalaíno.

El dominio de Freud del español llegó a ser tal que corrigió él mismo las traducciones que aparecieron en Madrid de sus obras en los años veinte.

También hablaba muy bien italiano y francés y, como ha quedado acreditado en algunas grabaciones, un inglés exacto pero de pronunciación abominable.

En Marzo de 1938, los bestias de los nazis, furiosos antisemitas, se habían anexionado Austria y en junio la situación del anciano doctor Freud se había hecho tan peliaguda que se había visto obligado a escapar al exilio. La ciudad elegida fue Londres. Allí se instaló en Elsworthy Road.

Y allí fue donde se produjo el único encuentro entre Salvador Dalí y su ídolo: el famoso psiquiatra vienés.

El artífice del encuentro fue el escritor Stefan Zweig, otra celebridad mundial que también había tenido que huir de Austria.

Imagínese el lector  el encuentro („planetario“, que hubiera dicho aquella) entre Freud, un señor mayor y que no tenía la pipa para muchos farolillos y Salvador Dalí, un tipo alto, larguirucho, histriónico y de ojos desorbitados.

Según los testigos de aquella primera y única conversación, Salvador Dalí estuvo especialmente intensito, y trató de impresionar a Freud citando sus obras constantemente. A lo que Freud reaccionó con corrección centroeuropea pero sin duda ardiendo en deseos de que alguien le quitara a aquel pirado de encima.

Cuando Dalí se marchó („Tanta paz lleves, Salvador, como descanso dejas“) Freud le confesó sus impresiones a Stefan Zweig.

Según Zweig, Freud dijo:

-!Nunca había conocido a un prototipo tan perfecto de español! !Qué fanático!

Cuando Dalí se enteró, casi se muere de gusto.

Se conoce que para agradecerle su hospitalidad, Salvador Dalí decidió pintar un retrato de Sigmund Freud al carboncillo.

Después se lo mandó al psiquiatra vienés y se fue a Nueva York a seguir ganando pasta. Intranquilo, porque no le llegaba „feedback“, le escribió una carta a Stefan Zweig. Una cosa como: „¿Qué le ha parecido mi dibujo al maestro? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh?“ ( era un poco Sheldon Cooper, Salvador Dalí).

La respuesta de Zweig tardó en llegar y fue una cosa muy escueta. „Le ha gustado mucho“.

Dalí no se lo podía creer. Había pintado al maestro con una cabeza con forma de caracol de Borgoña !¿Y solo le había gustado „mucho?!

En 1956 se publicaron las memorias de Zweig (se había suicidado en Brasil en 1942) y Salvador Dalí se explicó lo parco de la respuesta del autor de „El Mundo de ayer“.

Sigmund Freud nunca había llegado a ver el dibujo, que se conserva, por cierto, porque Stefan Zweig no se había atrevido nunca a enseñárselo.

Había tenido miedo de hacerlo porque, según Dalí, el genio de Cadaqués había pintado un retrato que era una premonición de la muerte de Sigmund Freud.

El psiquiatra vienés murió el 23 de Septiembre de 1939, un poco más de un año después de aquel encuentro. Cuando comprendió que su cáncer era terminal, le pidió a su médico que le inyectase una dosis mortal de morfina.

(Los Reyes han inaugurado hoy en el Belvedere una exposición sobre la relación entre Dalí y Freud).

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