Febrero de 1934: Austria en tiempos revueltos (1/2)

El 12 de Febrero de 1934, la primera República Austriaca se hundió en una espiral de violencia que destruyó su frágil democracia y que, cuatro años más tarde, propició la entrada de Hitler en Viena en loor de multitudes.

14 de Febrero,- Viena. 11 de Febrero de 1934. Austria está a punto de entrar en una espiral de violencia que dejará al país herido y maltrecho y que, cuatro años después, culminará con la entrada triunfal de Adolf Hitler en las calles de Viena.

Pero, como suele suceder, todo empezó bastante antes.

Karl von Habsburg

Noviembre de 1918

Después de la derrota en la Primera Guerra Mundial que acaba de terminar, la Asamblea Provisional declara la Primera República austriaca.

Es un nuevo Estado que nace viciado casi desde el principio. En primer lugar porque se trata, como la que será su contemporánea, la República Española, de una democracia sin demasiados demócratas en la que fuerzas de izquierda y de derecha, pero de claras querencias totalitarias, van a disputarse el poder.

Por otro lado, a los parlamentarios que, en la Ringstrasse, votan al nuevo canciller, el socialdemócrata Karl Renner, no se les escapa que la nueva República austriaca va a tener serios problemas de supervivencia desde el punto de vista económico. Hungría, que pasaba por ser el fértil granero de los Habsburgo, y las zonas industriales de Bohemia, han acometido sendos procesos de secesión. Esto, en términos del ciudadano de la calle, significa hambre y paro.

Entre las élites austriacas de la época, salvo entre los comunistas y los monárquicos, que por diferentes razones ni pinchan ni cortan en el nuevo cotarro, reina la idea de que, si no sucede otra cosa, la única manera de que Austria, reducida más o menos a sus fronteras actuales, pueda sobrevivir es integrarse en el llamado “Reich alemán” (el término, por cierto, no lo inventó Hitler). De hecho, y en un intento de crear una nueva marca, el país anteriormente conocido como Imperio Austro-Húngaro no se llama Austria, sino Deutschösterreich (Austria alemana, una entidad que no solo agrupa a EPR, sino también a todos los territorios de etnia alemana articulados alrededor de la actual Austria).

Los padres de la joven República tienen aún la esperanza de que las potencias vencedoras de la primera guerra mundial, que están poniéndose a reorganizar Europa, yugulen los procesos de secesión iniciados y logren articular alguna forma de federación que preserve el equilibrio de Centroeuropa. Esta esperanza se demostrará vana.

Primavera de 1919

Como estaba previsto, los aliados le hacen el ignorito a las clases dirigentes de la flamante República austriaca. No solo evitan la anexión de Austria a la naciente República alemana sino que imponen a los austriacos y a los alemanes unas sanciones que, indirectamente, allanarán el camino a lo que, por lo menos de boquilla, se dice que se quiere evitar: otra guerra mundial. Y aún más: les dicen a los señores con barbita y chistera del parlamento de Viena que, de Austria Alemana, nastis, que Austria se llamará Austria a secas y que de federación, otro tanto, que allá se las compongan ustedes con sus vecinos los húngaros y los checos (y los eslovenos y tutti quanti). Y, porsiaca, como los aliados no tienen muchas esperanzas de que la joven República sea capaz de hacer frente a las indemnizaciones de guerra, los aliados se incautan de las joyas de la corona de los Habsburgo, como garantía.

Hiperinflación y turbulencias

Los peores pronósticos se cumplen. La joven República austriaca, como el resto de los países vencidos, empieza a ser asolada por la hiperinflación. Solo un ejemplo: en 1919, con 10.000 coronas se podía comprar un bloque entero de pisos. En 1922, apenas un pan.

En 1923, la República austriaca acude a pedir socorro a la Sociedad De Naciones (antecedente de la ONU) la cual le concede un préstamo que consigue, por fin, atajar la inflación. Entre 1925 y 1929, la economía austriaca, con la implantación de una nueva divisa, el Chelín –Schilling- (que les durará, con la interrupción nazi, hasta el Euro) resurge un poco, pero a partir de octubre de 1929, el crack de la bolsa barre también Europa y, para 1933, un tercio de la población austriaca está en paro.

Naturalmente, las turbulencias de la posguerra mundial (con conflictos a escala regional o la pelea con Hungría por lo que, más tarde, será Burgenland, hacen que el panorama político se vaya tensando y polarizando cada vez más.

Tres fuerzas copan la representación parlamentaria. De izquierda a derecha: los socialistas austriacos (los cuales, en 1926 presentan un programa que, sin aspirar a la revolución, por lo menos en un primer momento, es abiertamente marxista). Los socialdemócratas eran muy fuertes en Viena y en las zonas industriales del país, como Linz.

En el centro, pero obviamente conservadores, están los Socialcristianos, embrión del actual Partido Popular austriaco. De corte conservador e ideario fuertemente católico, los Socialcristianos agrupaban a la burguesía y a las masas campesinas en las que la Iglesia tenía una gran influencia. Todavía más a la derecha los Nacionalistas Alemanes (embrión del partido nazi austriaco) que aspiraban (como aspira aún hoy la ultraderecha) al “pangermanismo”, a la integración de Austria en la “casa común alemana”. Eran muy potentes fuera de Viena, en Estiria y en Salzburgo, principalmente).

Hansi cogió su fusil: los paramilitares austriacos

Por si esto fuera poco, para complicar más el panorama, de los rescoldos de los ejércitos de la primera guerra mundial y, como espejo de las alas más extremas de las formaciones políticas más extremistas, surgieron organizaciones paramilitares. A la derecha (a la ultra-derecha) el llamado Heimwehr (Ejército Patrio, aproximadamente), sin clara filiación política y, a la izquierda, el Republikanische Schutzbund o Alianza de Defensa Republicana, que pasaba por ser una extensión armada del Partido Socialdemócrata.

Los del Heimwehr se veían a sí mismos, más que como defensores de la democracia, como garantes contra los excesos del izquierdismo; en tanto que los del Schutzbund socialdemócrata se veían a sí propios como “protectores de la República” en la que aspiraban a implantar a medio plazo una “dictadura del proletariado” de corte soviético o siguiendo el ejemplo de los intentos revolucionarios que, por la misma época, atravesaron como lenguas de fuego la igualmente inestable y radicalizada República de Weimar.

A estos dos grupos dominantes de pistoleros, también se unían en la misma época los aún insignificantes nazis.

A finales de los años veinte, Austria se parecía mucho a esa escena que hay en todas las películas de Silvester Stallone en la que, del depósito de un coche, empieza a salir gasolina que corre por el asfalto. Solo hacía falta una cerilla para provocar la explosión final.

Llegó en enero de 1927.

El incendio del palacio de justicia de viena

Se produjo en la localidad de Schattendorf, en Burgenland. Durante un tiroteo entre miembros del Schutzbund y leales al depuesto emperador de signo conservador, fueron asesinadas dos personas (se nos había olvidado mencionar que, durante mucho tiempo,prácticamente hasta su muerte en 1922, el antiguo emperador, Carlos, neobeato de la Iglesia católica, estuvo intentando por todos los medios recuperar el trono austriaco o húngaro mediante conspiraciones -muy poco cristianas- que siempre terminaron abortadas).

Uno de los muertos en Schattendorf, por cierto, era un niño.

Los sucesos de Schattendorf se juzgaron en julio de 1927, en Viena.

El proceso fue seguido con gran interés y creciente tensión por la opinión pública. En las calles había gran indignación porque llovía sobre mojado. Hasta aquel momento, había habido varios asesinatos de trabajadores en incidentes semejantes y, cuando habían sido juzgados, los acusados habían terminado con penas muy suaves. En este caso, el jurado, después de haber escuchado los testimonios de los testigos del caso y de no poder formarse una opinión sobre si las muertes habían sido el resultado de la mala suerte, consideró que los miembros del Schutzbund que se sentaban en el banquillo de los acusados eran inocentes y el juez, que debía de ser simpatizante, incluso les llamó “hombres de honor”.

La multitud entre la que, por cierto, se encontraba un joven Elías Canetti (que aprovechó los hechos sucesivos para escribir su gran obra “Masa y Poder”) se echó a la calle sin que la dirección del Partido Socialdemócrata, que era el que gozaba de más implantación en las masas obreras, pudiera hacer nada para evitarlo. El gentío, fuera de control, se abatió sobre el Palacio de Justicia situado junto al Parlamento de Viena, prendiendo fuego al edificio que pronto estuvo ardiendo por los cuatro costados. La policía recibió la orden de disparar contra los manifestantes.

La llamada Revuelta de Julio, cuesta creerlo si se mira la Austria de hoy, se saldó con 89 muertos (entre ellos, cuatro policías), casi 1100 heridos y, lo que es peor, casi 1000 nuevas incorporaciones a la fuerza ultraderechista del Heimwehr y, debido a la postura inflexible del canciller, el prelado Ignaz Seipel, que justificó en todo momento la actuación de la policía, la cual había disparado contra la multitud desarmada como si se hubiera tratado de conejos, se produjeron hasta final de 1927, 28.000 actos de apostasía de la Iglesia. El tornillo de la polarización estaba cada vez más tenso y, la socialdemocracia, como contrapeso de un poder de signo ultraconservador, decisivamente debilitada.

Hasta 1933, la espiral de violencia que tuvo su principio en estos acontecimientos se fue haciendo cada vez más profunda. A raíz de los sucesos de 1927 y con el auge creciente del nazismo alemán, el Heimwehr fue derivando más y más hacia un movimiento fascista al modelo italiano.

Durante este periodo convulso y violento, empezó a cobrar más y más importancia un personaje que terminó siendo devorado por el fuego que él mismo había contribuido a encender: el canciller Engelberg Dollfuss. De él, y del golpe devastador que le dio a la democracia en Austria, y de la guerra civil que desencadenó, tratará el post de mañana.

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