Febrero de 1934: Austria en tiempos revueltos (2/2)

Y en esta, apareció Dollfuss, medio metro de hombre y mucha mala uva. La necesaria (y un poco más) para darle la puntilla a la democracia austriaca.

15 de Febrero.- En psicología, una de las leyes que casi siempre funciona es la de la compensación. Esto es: el indivíduo detecta en sí mismo una falta que le provoca una sensación neurótica de desprotección frente a los otros, y se apresura a llenar el hueco por todos los medios a su alcance.

Así, hay muchos tímidos que, por obra y gracia de este mecanismo, se transforman en Pepes Sonrisas –es la explicación de que muchos actores, a pesar de su profesión, se definan a sí mismos como “grandes tímidos”- o la causa de que personas que se sienten mortalmente inseguras traten de convencer al mundo de que siempre tienen la razón.

Por esta regla de tres, Engelbert Dolfuss, el que fuera canciller austriaco, era un candidato perfecto a ser un indivíduo hipercompensado.

Un hombre bajito y con muy mala leche

Dolfuss era el hijo ilegítimo de la hija de un campesino, Josepha (es curioso cómo estas historias familiares están en el orígen de muchos políticos ultraderechistas, como Hitler mismo, por cierto, cuya historia familiar también fue un cuadro de comedor o el mismo Strache,proveniente también de una familia disfuncional). Por si esto hubiera sido poco trauma en unas circunstancias y un tiempo como los de Austria a finales del siglo XIX, Dolfuss era un hombre muy pequeñito (superaba solamente por un centímetro el metro y medio de estatura).

Visto así, puede leerse la biografía de Engelbert Dolfuss como una obsesión constante por que le tomasen en serio.

Por decirlo en plata: cuando Dolfuss miraba a los ojos de la gente, aunque no fuera necesariamente así, él leía “mira, este es el Engelbert, el hijo de la guarrilla de la Josepha que, además, es un canijo”.

Este tipo de personas a las que Dolfuss pertenecía, tienden a integrarse en superestructuras que sustituyen a la familia fracasada y les alivian de su desazón dándoles una sensación de pertenencia. En el caso de Dolfuss la integración fue doble: en la Iglesia de la cual asimiló un ideario conservador que hubiera matado de orgullo a un Neanderthal y en el ejército, en el cual no paró hasta entrar y en donde, a fuerza de fuerza y de unas reservas de despotismo prácticamente inagotables, su ascenso fue fulgurante.

Como solía suceder en aquella época con la gente de su procedencia social, Engelbert estudió gracias a la ayuda de un prelado que le sufragó los estudios. Después de hacer la matura, ingresó en el seminario, pero pronto lo abandonó para estudiar derecho. Poco después, estalló la primera guerra mundial. Naturalmente, se alistó voluntario. En Viena, le rechazaron por pequeño pero consiguió que en St. Pöllten le aceptaran. Pasó por la academia militar y luego combatió en Tirol, uno de los frentes más duros, en donde se distinguió por su comportamiento heróico. Comportamiento que le valió ocho medallas al valor.

Dolfuss sube al ascensor

En tiempo de paz, Dolfuss empleó la energía que antes había utilizado para cepillarse soldados aliados en ascender socialmente.

A principios de los veinte, se licenció en derecho, se casó con una señora algo más alta que él (de lo contrario hubieran parecido David el Nomo y Lisa) y empezó una meteórica carrera política cuyo punto de partida fue la Cámara de Agricultura de Baja Austria.

Allí, Dolfuss hizo amistades con personas del espectro más conservador de la política austriaca del momento, como Seyss-Inquart el cual, andando el tiempo, se convertiría en un personaje prominente del nazismo. También entró en las filas de los Socialcristianos en donde poco a poco fue haciéndose un nombre como experto en temas agrícolas. A partir de 1929, la brutal crisis económica hace que los partidos digamos “ortodoxos” entren en caida libre. Los Gobiernos son derribados cada muy poco tiempo debido a la fuerza de las corrientes económicas desatadas.

En las elecciones regionales de 1932, los resultados electorales forzaron la enésima crisis de Gobierno. Había llegado el gran momento de Dolfuss: fue nombrado por el Presidente federal, Miklas, como nuevo canciller. Dolfus no solo aceptó el cargo, sino que, además se hizo cargo de las carteras de Agricultura y de Asuntos Exteriores. Acto seguido, le tendió una mano a la socialdemocracia, la cual rechazó su ofrecimiento y exigió la convocatoria de elecciones. Dolfuss se volvió entonces hacia el Heimatblock (el brazo político de los pistoleros ultraderechistas del Heimatwehr) los cuales habían entrado en el Gobierno con el anterior canciller. Formó con ellos una coalición y les dio a los ministros del Heimatblock seis carteras, a pesar de que solo tenían menos de diez diputados en el parlamento.

Políticamente fue una decisión clave para el futuro. Integrando en el Gobierno a unos tipos que habían jurado acabar con el parlamentarismo y la democracia, Dolfuss puso los cimientos de la guerra civil que vendría irremediablemente y del Estado totalitario que vendría a sucederla.

Parlamento austriaco

Cuenta atrás hacia la guerra

El primer paso para la guerra civil austriaca fue la llamada “autodisolución del parlamento” (Selbstauflösung) que no fue tal, sino una quiebra anunciada de las instituciones de la primera República austriaca.

El conflicto estalló debido a una huelga en los ferrocarriles austriacos. La crisis económica había obligado –entonces como ahora- a recortes. Los obreros del ferrocarril se manifestaron contra el retraso de la edad de jubilación y  la imposibilidad del Gobierno de pagar los jornales íntegros a primeros de mes. El Estado austriaco intentó negociar con los huelguistas, sin éxito, hasta que el problema llegó al Parlamento.

El 4 de Marzo de 1933, debía de haberse votado el procedimiento a emplear contra los huelguistas. La sesión parlamentaria terminó sin quorum, porque dimitieron los jefes de las tres fuerzas políticas y el Parlamento fue declarado no hábil.

Ni el presidente, Miklas, ni el Gobierno de Dolfuss abordaron las medidas necesarias que hubieran resuelto la  crisis constitucionalmente (por otro lado, el Tribunal Constitucional austriaco había quedado desactivado porque los jueces miembros procedentes de los Socialcristianos habían dimitido y el Gobierno no estaba interesado en proponer nuevos candidatos que ocupasen las vacantes). Por otra parte, la ley en vigor después de la guerra mundial establecía un procedimiento por el cual, en situaciones de emergencia nacional, el Gobierno podía regir el país sin la asistencia ni el arbitraje del parlamento.

Amparándose en los cada vez más frecuentes atentados terroristas con bomba, el Gobierno declaró ilegal el Partido Comunista Austriaco (KPÖ), el Partido Nazi (el NSDAP) y el Heimatschutz de Estiria.

Una austria totalitaria al estilo de la italia fascista

Dolfuss fundó entonces una organización, el Vaterländische Front o frente patriótico,  a imagen del Partido Fascista Italiano. En mayo, se fundó una organización armada, el Schtutzkorps, como brazo armado de este movimiento dependiente del Poder ejecutivo. Una vez sentadas las bases de un estado autoritario, Dolfuss se lanzó a destruir los últimos rescoldos de la socialdemocracia y de los movimientos obreros. El 21 de Enero de 1934, se prohibió la venta del Arbeiterzeitung, el periódico de la socialdemocracia y se dió orden de registrar todas las casas del partido socialdemócrata en busca de armas del Schutzbund.

La guerra civil empezó el día 12 de Enero de 1934 cuando las fuerzas del canciller Dolfuss, siguiendo sus órdenes, registraron la casa del partido Socialista en Linz en busca de armas del Schutzbund. Los socialdemócratas, al mando del comandante del Schutzbund Richard Bernaschek, se resistieron. Bernaschek informó a la cúpula del partido en Viena mediante un telegrama cifrado. La noticia de los combates se extendió pronto por Austria. La rebelión encontró apoyo en las ciudades industriales y en Viena, en donde los socialdemócratas se hiceron fuertes en los asentamientos obreros, como el Karl Marx Hof. El resultado de la batalla, sin embargo, estaba decidido desde el principio.

La revolución hubiera triunfado si, como pretendían los socialdemócratas, al levantamiento le hubiera seguido una huelga general contra el Gobierno de Dolfuss. No fue así, sin embargo.

El Gobierno, por el contrario, reaccionó con contundencia. La policía y el Ejército llevaban tiempo entrenándose para la eventualidad de un golpe de Estado protagonizado bien por los nazis o bien por las fuerzas de izquierda, así que lo único que hicieron fue poner en marcha lo aprendido. El golpe definitivo a la rebelión socialdemócrata fue el despliegue de la artillería. En Viena se libraron cruentos combates entre los rebeldes mal organizados y no demasiado bien armados y las tropas del Gobierno, que terminaron por bombardear el Karl Marx Hof, que se rindió el 14 de Febrero (mala forma de celebrar el día de los enamorados).

El balance de la guerra civil austriaca fueron más de trescientos muertos y casi un millar de heridos de los dos bandos enfrentados y de la población civil. Hubo detenciones y el gabinete Dolfuss no vaciló en aplicar la pena de muerte a los más prominentes revoltosos (algunos de ellos fueron ejecutados en un estado lamentable, semiincosncientes, heridos y demás), la socialdemocracia y todas sus organizaciones (entre ellos los Samariter, que aún existen hoy) fueron prohibidos y tuvieron que pasar a la clandestinidad.

Asimismo, la prohibición del partido nazi también condicionó para siemrpe la política exterior de Dolfuss, el cual confió en Italia como sostén contra una Alemania hitleriana que le urgía a la anexión y, por lo tanto a la desaparición de Austria como país.

Con los últimos cañonazos sobre el Karl Marx Hof, Dolfuss creyó que había ganado. En realidad, la batalla no había hecho más que empezar.

Articulo publicado en Historias de la Historia. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.