El barón sanguinario (1): la forja de un demente

Ignacio Delgado dirige nuestra atención a la vida de Roman Ungern-Sternberg, nacido en Graz y una de las personalidades más perturbadoras del siglo XX.

A principios de 1914, la vida del barón Roman Ungern-Sternberg, siempre a la deriva, parecía haber encallado sin remisión.

Acaba de regresar de Mongolia, por la que siente una profunda fascinación desde una edad temprana, sin haber logrado ninguna de las hazañas con las que su romántica imaginación fantasea. Ha sido expulsado de dos regimientos del ejército ruso a causa de duelos y faltas de disciplina de las que el alcohol es causante y catalizador. La fama de su carácter violento hace que a su poderosa familia le cueste cada vez más usar su influencia para sacarle de los problemas en los que no deja de meterse. Hay en Ungern una indómita desmesura que, unida a su acusado sentido de clase, no se entiende con las normas ni las leyes. Y, aún así, sólo en el ejército con su rígida disciplina se siente en su elemento. Pero tras su último duelo ha pedido la baja del servicio activo para evitar la ignominia. Está en un callejón sin salida.

Hasta que estalla la Primera Guerra Mundial.

Y todos los rasgos de carácter que en tiempos de paz habían sido fuente de problemas – su violencia, brutalidad, impulsividad y grosería – se convierten en los atributos del héroe. En la guerra, Ungern encontró su circunstancia.

Sobre la Violencia, obra de Alejandro Obregón

La forja de un demente

Hijo de una familia de alemanes del Báltico, Ungern nació en Graz en 1885.

Los alemanes del Bàltico, descendientes en su mayoría de los cruzados que en el siglo XII combatieron a los paganos de Lituania y Livonia y se establecieron en sus tierras, ocupaban una posición extraña en el Imperio ruso. Eran parte de la nobleza y, como tal, ocupaban altos cargos en el ejército y la administración zarista, pero al mismo tiempo eran una comunidad cerrada que tenía vínculos con movimientos pangermanistas en Austria y Alemania.  Se debatían entre su orgullo como civilizados y modernos alemanes y los privilegios feudales que mantenían y sobre los que se sustentaba su sentido de superioridad sobre eslavos y estonios.

Ungern heredó los prejuicios de clase, especialmente un feroz antisemitismo y la convicción de que el orden natural de las cosas era la monarquía feudal, y se enorgullecía de la naturaleza guerrera de sus ancestros y su papel en las cruzadas. Otto von Ungern-Sternberg, un bandido que se dedicaba a provocar naufragios en la isla de Hiiuma para saquear los barcos, fue uno de sus héroes de infancia.

La propensión a la violencia, sin embargo, siempre estuvo ahí, desde la infancia, cuando aún no era posible establecer con certeza si eran meran chiquilladas o el ominoso anuncio de lo por venir. Mal estudiante, impulsivo y terco, Ungern fue invitado sucesivamente a abandonar (porque a un hijo de familia noble no se le expulsa por su reiterada burricie, sino que se espera, noblesse oblige, que abandone por propia iniciativa) el Nicolai Gymnasium y más tarde la Academia Naval de San Petersburgo en 1904 por indisciplina y su pésimo rendimiento académico.

Primer callejón sin salida.

Pero Ungern halla una solución. Con 19 años, se alista como voluntario del ejército en la Guerra Rusojaponesa (1904-1905). Aunque no participa en ninguna batalla relevante, es condecorado y ascendido a cabo. Y aún más importante, entrevé las posibilidades que le ofrece la guerra (entiende al fin que la disciplina militar tiene un propósito en combate) y viaja por primera vez al para él exótico extremo oriente que tanto le interesa. No en vano está convencido de que su ancestro Otto von Ungern-Sternberg acabó sus días convertido al budismo, una religión que idealizaba, pero de la que poco sabía.

Sin embargo, su romántica Weltanschaaung, que puede seguir siendo romántica gracias a que la red de seguridad que le ofrece su familia le permite no tener que asumir las consecuencias de sus propios errores, se ve sacudida por la revolución rusa de 1905. Un ataque a sus más profundas convicciones políticas, la ruptura del orden natural de las cosas.

En Estonia, los campesinos, hartos de siglos de opresión, destruyeron propiedades de los alemanes del Báltico, incluyendo la finca familiar de Jerkawant donde había crecido Ungern. El Zar Nicolas II envió miles de tropas al Báltico para restaurar el orden (ejecutar a los líderes y enviar a otros tantos a Siberia) y auspició los pogromos de organizaciones antisemitas como la Legión del Arcangel Miguel y la Unión del Pueblo Ruso para ganar apoyo para la monarquía a costa de judíos y revolucionarios. Los “Protocolos de los Sabios de Sión,” un panfleto antisemita creado por la policía política zarista Orjana en 1903 y ampliamente circulado, hacía que lloviese sobre mojado.

Desde lejos, Ungern asiste atónito a esta rebelión. “Los campesinos eslavos son inferiores por naturaleza. Sin la guía de un pueblo superior, serían manipulados por los judíos,” dice anticipando una ideología a la que años más tarde se adherirán muchos alemanes del Báltico, incluyendo el ideólogo Alfred Rosenberg.

Regresa a San Petersburgo en 1906 y se inscribe en la Academia Militar Paul I. En una ciudad donde abundan los mitos sobre fantasmas y espíritus y donde a principios de siglo había registrados decenas de grupos ocultistas y reinaba entre la aristocracia la teosofía, Ungern desarrolla su interés por el esoterismo, el ocultismo, el budismo y el hinduismo, y la filosofía. En él todas estas lecturas e influencias se mezclan con sus prejuicios de clase, su desprecio por la intelectualidad y su antisemitismo. Se ve a si mismo en una guerra a gran escala entre el bien, la monarquía feudal, y el mal, los judíos y revolucionarios que quieren subvertir el orden natural de las cosas. Ungern no ve contradicción alguna entre su moral y la ultraviolencia de sus acciones, ya que para él la violencia es redentora y purifica al cuerpo social.

Contra todo pronóstico, se gradúa. Pide el traslado a un regimiento cosaco cerca de Manchuria. De nuevo su romántica imaginación. Los cosacos, la encarnación de la libertad. El culto al caballo y al arma de caballería al que, aunque estaba quedando obsoleto, guardará eterna fidelidad. Después llegarían las borracheras, los duelos y las expulsiones. Y, finalmente la guerra, donde su falta de escrúpulos ya no es un desdoro, sino una valorada cualidad.

 Ignacio Delgado es escritor y periodista, ha trabajado con diversas organizaciones no gubernamentales y, tras pasar por Austria, Egipto y Kurdistán, ahora reside en Colombia.

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