El problema de la ciudadanía y la nacionalidad austriacas

Hoy ponemos los puntos sobre las íes en un debate, el de la ciudadanía austriaca y la doble nacionalidad, que nos afecta especialmente.

9 de Junio.- Nuestro amigo, el Bundespresi Van der Bellen (quiera Dios y Nuestra Seöora del Abrigo de Pana que renueve su presidencia) lanzó el otro día un debate que se repite con cierta periodicidad en Austria: el debate de la ciudadanía y/o de la doble nacionalidad.

Como quizá recuerden los lectores de Viena Directo, las fuerzas progresistas y (algo sospechosamente) las de la economía, acogieron la propuesta de Van der Bellen de facilitar esos trámites para la obtención de la ciudadanía, con notable entusiasmo. En tanto que el canciller Nehammer dijo que facilitar la obtención de la nacionalidad austriaca “devaluaría” la noción de ciudadanía.

En estos días, han aparecido en la prensa austriaca algunos comentarios relacionados con el tema, particularmente en el periódico Der Standard.

Para quien quiera leerlos en alemán, aquí dejo los enlaces:

Staatsbürgerschaft: Wieso ist euch meine Stimme “wuascht”? – Kommentare der anderen – derStandard.at › Diskurs

Einbürgerungen: Fast so strikt wie die Saudis – Kommentare der anderen – derStandard.at › Diskurs

Einbürgerungen: Vereinfachen und besser informieren – Kommentare der anderen – derStandard.at › Diskurs

Para quienes no quieran tomarse la molestia, resumiré los puntos más importantes y, naturalmente, daré mi opinión.

El tema, en mi opinión, es muy importante, porque Austria, junto con Luxemburgo, tiene el segundo porcentaje de ciudadanos extranjeros más alto de toda la Unión Europea. En la ciudad de Viena, por ejemplo, somos un tercio de la población quienes no tenemos voz ni voto. Un alto porcentaje de nosotros (un 60%), los extranjeros, llevamos más de cinco años viviendo aquí. Un 40% lleva viviendo más de una década y un 14% nacieron aquí. Surge inmediatamente la pregunta de qué clase de democracia sería la española si, por ejemplo, no se permitiese votar a la comunidad autónoma de Andalucía (que tiene más o menos la población y la extensión de Austria).

TEORÍA Y REALIDAD

La doctrina oficial es, en este caso que, quien quiera, puede solicitar la ciudadanía austriaca (puede solicitarla, eso sí, si renuncia a la suya de origen, porque no existe la doble nacionalidad). Y puede hacerlo después de haber residido en Austria seis años de forma continuada.

Esto, que sobre el papel parece tan fácil, en la realidad es mucho más difícil de lo que parece.

En primer lugar porque cada interrupción del periodo de residencia pone los marcadores a cero y, en segundo lugar, y mucho más problemático, porque se exige un nivel de ingresos que el 30% de los trabajadores y el 60% de las trabajadoras en Austria no podría alcanzar.

Luego viene que solicitar la ciudadanía austriaca, el trámite en sí mismo, no es gratis. Ni gratis, ni barato, por cierto. Dependiendo del Bundesland, la broma puede salir por casi tresmil euros.

Luego está el asunto de la doble nacionalidad.

Aquí, queridos lectores, me abro en canal. Como todo el mundo sabe, nací en España y hasta los treinta viví en ese país de la Unión Europea. Si España es mi madre biológica, Austria es mi madre adoptiva. Y aunque yo me siento, más que español o austriaco, europeo con todas mis fuerzas, no tengo más remedio que reconocer que eso que se llama “sentimientos patrióticos”  (esa especie de amor cursi por tierras, ríos, gentes y maneras de ser) los tengo tanto por España como por Austria. En la misma medida. Vibro con las películas de Almodóvar pero es escuchar “I am from Austria” y que se me caigan unos lagrimones como puños.

Soy un ciudadano creo que ejemplar, que jamás he tenido ni un si ni un no con las autoridades austriacas. He trabajado aquí ya más años que en mi país de nacimiento. En concreto, el doble. Y, sin embargo, el país que amo tanto, con un amor cálido y luminoso, y que llevo en el corazón, me obliga a que mi amor por él sea exclusivo y excluyente.

Para mí, elegir entre ser austriaco o ser español,  es como si me obligasen a elegir que me cortasen entre el brazo derecho o que me cortasen el brazo izquierdo.

A nadie con un mínimo de sentido común se le alcanza el problema de que personas como yo tuviéramos la doble nacionalidad.

Sobre todo, teniendo en cuenta que “personajas” como Anna Netrebko la tienen y no saben ni pedir un café en alemán. Que hay que fastidiarse.

Y si, en el caso de los ciudadanos de la Unión esto es como es, en el caso de los ciudadanos de terceros países la cosa es sangrante. Al fin y al cabo, los ciudadanos de la Unión tenemos el premio de consolación de que “nos dejan” votar a los alcaldes de nuestros pueblos. Una persona de Perú o de Ecuador o de Argentina, no importa el tiempo que lleve viviendo aquí no tiene derecho a nada. A nada. Como si fuera un eterno turista.

La ley austriaca es una de las más estrictas del mundo y está claro que necesita mejorar. Es una cuestión de calidad democrática.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

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